Desde siempre

caracol

Hay un fragmento de un poema de Wislawa Szymborska que no puedo olvidar; lo leí hace veinte años, cuando le dieron el Nobel y comenzaron a traducirla al español. Esos versos son el inicio de un poema cuyo nombre nunca recuerdo, y dicen así:

En un sendero yace un escarabajo muerto.
Tres pares de patas cruzadas sobre el vientre con esmero.
En lugar del caos de la muerte, pulcritud y orden.

Recuerdo mi sorpresa ante esos versos, recuerdo que me llamó la atención, sobre todo, que partiendo de algo tan pequeño e insustancial como es ver a un escarabajo muerto a un costado del camino se pudiera derivar toda una metáfora de la muerte. Hay que saber ver, sin duda alguna; y es allí donde los poetas se destacan: ven los que otros no. Miran lo mismo que la persona que tienen al lado, pero ellos ven un poco más allá. Como dijo Oscar Wilde: “Algunos sienten la lluvia, otros simplemente se mojan”.
Otro que sabía mirar muy bien y que sabía exponerlo mejor que casi todos, fue Alejo Carpentier. Con respecto al tema de hoy, Carpentier nos deja una cita que aúna el tema y el estilo, sintetizando todo en una amalgama perfecta:

Un día los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema“.

Guerra del tiempo. Alejo Carpentier

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En materia de lecturas, están quienes prefieren una historia bien contada y nada más; están, también, quien gusta de cierta originalidad en la forma, cierta riqueza expresiva. Por mi parte, aunque a veces formo parte del primer grupo, debo declarar mi especial predilección por autores que se destacan por cuestiones de estilo antes que por cuestiones temáticas. Por supuesto, el ideal sería una buena historia y además, que esté narrada en un estilo personal y rico en matices. Esos libros, por fortuna, existen, pero es casi una ley invariable que los “estilistas”, por llamarlos de alguna manera, se aboquen más a historias mínimas que a grandes épicas (y que nadie se enoje por esto, ya lo dije: existen las excepciones).

Uno de ellos es Alejo Carpentier, quien despliega en cada página de sus novelas o de sus cuentos una maravilla estilísca. En este libro en particular pude encontrar desde el delirio surrealista de “El Estudiante” hasta esa rareza que es “Viaje a la semilla”, cuento en que la historia se narra hacia atrás (temporalmente hablando). Pero es imposible elegir un cuento por sobre los demás, ya que el estilo está en todos ellos haciendo que la historia quede en un segundo plano. Y como veo que estoy tratando de explicar lo inexplicable; mejor les dejo, como muestra, el capítulo VI de “Oficio de Tinieblas”.

“El 20 de agosto, cuando apenas se entonaba en Agnus Dei de la misa de diez, las dos torres de la catedral se unieron en ángulo recto, arrojando las campanas sobre la cruz del ábside. En un segundo se contrariaron todas las perspectivas dela ciudad. Los aleros se embestían en medio de las calles. Tomando rumbos diversos, las paredes de las casas dejaban los tejados suspendidos en el aire, antes de estrellarlos con un tremendo molinete de vigas rotas. Las mulas rodaban por las calles empinadas, envueltas en nubes de carbón, con un casco cogido debajo de la cincha y gurupela azotándoles la crin. Las rosas del parque alzaron el vuelo, cayendo en zanjas y arroyos que habían extraviado el cauce. Y luego, aquella inestabilidad de la tierra, aquel temblor de anca exasperada por una avispa, aquel desajuste de las aceras, aquel cerrarse de lo abierto y abrirse de lo cerrado. Aún corriendo, dando gritos, llamando a la Virgen del Cobre, se advertía que una calleno tenía ya más salida que una alcoba de doncella o un archivo de notaría. A la tercera sacudida, los muebles también entraron en la danza. Pasando por encima de los barandales, los armarios se dieron a la fuga, largando por los vientres abiertos sus entrañas de sábana y mantel. Todas las vajillas explotaron a un tiempo. Los cristales se encajaron en las persianas. Anchas grietas, llenas de peines, camafeos, almanaques y daguerrotipos, dividían la ciudad en islas, ya que el agua de los aljibes, rotos los brocales, corría hacia el puerto. 
Cuando la sangre comenzó a ensancharse en las telas, rasos y fieltros, todo había terminado. Un reloj de bolsillo, colgado aún de su leontina, marcó el adelanto de un minuto corto sobre los relojes muertos. Fuen entonces cuando los hombres, al verse todavía en pie, comprendieron que habían conocido un terremoto. Las moscas, salidas de no se sabía dónde, volaron a ras del suelo, más numerosas”.