Como Ambrosio

 

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Es el año 380. En una sala fría, apenas iluminada por algunas velas dispersas, un hombre de larga barbas y cabellos blancos, lee en silencio. Esa imagen dejó pasmado a un tal Agustín, ya que mientras leía, «sus ojos corrían por encima de las páginas, cuyo sentido era percibido por su espíritu; pero su voz y su lengua descansaban». Eso fue lo que escribió Agustín de Hipona acerca de la primera vez que vio a Ambrosio de Milán leer en silencio. Antes era común leer oralmente, casi siempre para ser escuchado por quienes lo rodeaban pero también para escucharse a sí mismo, ya que, aunque hoy nos parezca extraño, no había en aquella época, separación alguna entre las palabras escritas; entonces leer en voz alta permitía la mejor comprensión del texto. ¿Qué llevó a Ambrosio, entonces, a cambiar esa costumbre? Agustín supone un problema en la voz del Obispo de Milán, la cual solía ponerse ronca al poco de tiempo de iniciada la lectura. Sea como fuere, el hecho es que no sabremos nunca la verdadera razón por la cual Ambrosio comenzó a leer en silencio, pero lo que sí sabemos es que ese acto cambió radicalmente el curso de la historia.

 

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Hoy leemos en silencio y damos por descontado que es así como debe hacerse; pero a veces es necesario volver a esas costumbres ya olvidadas hace tiempo porque algo de valor aún reside en ellas. Desde hace mucho tiempo he notado que la poesía, en general, se aprecia mejor cuando se la lee en voz alta (esto que parece una perogrullada no lo es tanto; no todo el mundo coincide en esta apreciación, supongo que porque no todo el mundo sabe leer poesía. He visto que muchos lo hacen corriendo, como si la separación en versos se tratara de prosa cortada por capricho del escritor). Pero esto no es sólo válido para la poesía. Me he encontrado que la leerle a mi pareja un pasaje determinado, éste cobra otro sentido que el que tuvo unos minutos antes, cuando lo leí en silencio. Eso sucede, incluso, con textos propios, los cuales uno supone que los conoce al derecho y al revés y que nada nuevo pueden decirnos, sin embargo, al leerlos en voz alta nos señalan con el dedo, a veces acusador, a veces con un guiño cómplice.

 

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José Saramago solía aconsejar lo mismo a aquellos que le decían que su prosa era difícil de leer o que sus diálogos incluidos dentro del mismo cuerpo del texto eran confusos: «La solución es sencilla: ¡Léanlos en voz alta!». Eso siempre dio resultado. Antes y ahora. Leer es un placer, no cabe duda de ello; pero a veces hay que acrecentar ese placer paladeando las palabras como si fuesen seres corpóreos; que es lo que son cuando les brindamos la solidez de la voz.