Arenas blancas.

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Bocas del Toro es una pequeña ciudad ubicada en la Isla Colón, al norte de Panamá, en el océano Atlántico. Llegué allí por azar, ya que en el viaje a ese país encontré a una pareja argentina que iba a ese sitio y, como yo no tenía ningún plan trazado con anterioridad, decidí acompañarlos. No hay mucho para hacer en ese sitio, el cual está totalmente construido con casas de madera y algún edificio que, a lo sumo tiene dos plantas; no hay mucho para hacer allí, decía, sólo disfrutar de las interminables playas de aguas transparentes y arenas blancas. Y eso fue lo que hice, ir cada día a una playa diferente, temprano, y volver al atardecer a ducharme y salir a caminar por la única calle comercial, la que tiene la mitad de sus locales construidos sobre el agua y desde donde llegan y parten las innumerables lanchas que van a cualquiera de las otras islas que rodean a Isla Colón (la mayor) y también al continente. Una de estas islas pequeñas tiene una de las playas más bonitas que he podido visitar; un sitio casi virgen, donde uno puede caminar durante mucho tiempo antes de ver a otra persona y donde si tiene sed toma un coco de los que se encuentran tirados en la arena y bebe de él. Cruzando la Isla Colón, lo cual lleva unos cuarenta minutos en automóvil, se llega a Draco Beach; otra playa casi virgen; y es una pena este casi, ya que si no fuese por los extensos puestos de comidas a lo largo de la más bella de las playas, ese sitio bien podría ser catalogado bajo el clásico término de «paraíso». Algunos de los puestos tiene, incluso, un generador eléctrico, lo cual rompe el silencio que uno, en general, busca. Parece ser que cierta gente no puede vivir sin atiborrarse de cerveza y enormes platos de lo que sea. Me voy, sigo caminando hasta que encuentro un sitio donde no hay nadie, donde el silencio es absoluto, y allí me quedo casi toda la tarde. A unos diez metros de la costa veo, cerca de mi pie, una estrella de mar descansando sobre el lecho de arena. Con una madera la saco con cuidado, la fotografío y la devuelvo con cuidado. Cuando regreso paso por delante de los puestos de comida donde se oye, como si hiciera falta, música de salsa. Sigo caminando por veinte minutos entre palmeras salvajes y lenguas de mar que entran en la isla, cruzo por un improvisado puente construido con dos delgados troncos, parcelas de césped que parece recién cortado y, por supuesto, la inagotable arena. El camino de regreso parece un sueño, y el cansancio, una bendición.

Para ver las fotos en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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Los nuevos crucificados.

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A veces latinoamérica duele. No todo es bellos paisajes, anécdotas graciosas, encuentros fortuitos que nos dejan nombres y buenos recuerdos; no todo es visitas a museos, paseos al azar o comidas extrañas. Uno no es tonto y sabe que la realidad de gran parte de nuestro continente es dura, pero uno a veces lo olvida prendado de tanto color local, como se dice habitualmente. Sentado en un colectivo de esos a los que habitualmente se los llama gallineros, todo parece pasajero: es divertido ver cómo el compañero de asiento come algo que uno no sabe siquiera cómo puede llegar a llamarse y que está envuelto en lo que parece ser hojas de plátano; uno se olvida del mal estado de las rutas o no les presta demasiada atención; todo es parte del divertimento. Hasta que el gallinero se detiene en algún pequeño pueblo al costado del camino y la realidad inunda el transporte para que no nos olvidemos dónde estamos y cómo son las cosas allí. Mujeres de todas las edades, adolescentes con sus panzas de futura mamá, hombres viejos que apenas pueden caminar y muchos, muchos niños nos ofrecen cualquier cosa comestible o, siquiera, vendible. Uno sabe, de algún modo, que no es culpable de nada de eso y sabe que nada puede hacer para cambiar esa realidad —no, al menos, de la forma en que debería ser cambiada; es decir, de manera radical y absoluta—; sabe, también, que la palabra culpa no sirve para nada, pero que nada puede hacerse para dejar de sentirla.

De los dos primeros niños no sé nada. Tomé las fotos desde el colectivo, en algún sitio ahora impreciso de Honduras. El tercero se llama Jesús y así, descalzo y con su carita pintada y sus apenas siete años a cuestas hace malabares en una esquina de Villahermosa, México.

Verde y negro.

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Tikal, Guatemala

Desde que tengo uso de memoria he dicho que mi color preferido era el negro; pero hoy me siento tentado a decir que mi color es el verde. He visto tanto verde en estos últimos meses que cuando miro hacia atrás —ya sea gracias a una foto o a un simple recuerdo de esos que aparecen con voluntad propia minutos antes de dormir— este color siempre esta ocupando una parte importante del paisaje. Por relación transitiva podría decir que esa elección cromática también obedece a ciertos cambios en mí mismo; ciertos cambios profundos que se han producido en estos últimos dos años y que siguen produciéndose. Jugando con cierta libertad —porque todo esto no pasa de ser un juego, tal vez—, podría decir que hoy mi bandera tiene esos dos colores como base principal: por un lado me niego a abandonar al negro, con su toque pesimista y dramático; pero ahora le sumo también el verde, que aporta luz y olor a aire limpio. Tal vez me volví dual; tal vez crecí, o tal vez no y sólo estoy jugando como un niño con crayolas en un papel.

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Medellín, Colombia.

Somos el idioma

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Las diferencias entre el español de América y el de España se aumentan cada día. Cada día estamos más alejados nosotros de ellos. En general son diferencias de vocabulario y pronunciación. Como nosotros somos 21 países y ellos uno solo, diré que el español es el hispanoamericano y no el peninsular. España es una provincia anómala del idioma, de la que podemos olvidarnos, a ver si consumamos así nuestra independencia de ellos, que nunca ha sido completa.

La Real Academia y las asociaciones de la lengua de cada país no cuentan para nada, podrían no existir. En cuanto al Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, que va para la vigésima segunda edición, es acientífico, católico, monárquico, mezquino. Es un diccionario casi siempre equivocado de lo que es propio de los países hispanoamericanos. La palabra “americanismo” debe desaparecer porque nosotros somos el idioma. La que tenemos que introducir entonces es “españolismo” para designar lo que es propio de España, o sea lo anómalo.

Fernando Vallejo en la revista Ñ,  525.

Nada que festejar.

La historia en el continente al cual pertenecemos, sufrió cambios de magnitudes inimaginables a partir de un 12 de octubre de 1492. Y es que la llegada de las conocidas carabelas al mando de Cristóbal Colón, desencadenaría la ambición de apropiarse de las riquezas por parte de los países imperialistas.

El camino más fácil fue el de la tortura, la matanza y el sometimiento a los aborígenes nativos. En nuestro país, los españoles colonizaron gran parte del extenso territorio, pese a la resistencia de los pueblos indígenas que se negaban a cambiar de hábitos y luchaban contra este intento de someter su identidad.

La Sociedad Virreinal, encontró en el aborigen la posibilidad de llevarlo a la explotación y al trabajo forzoso. Asesinatos, saqueos, violaciones y todo tipo de atrocidades, eran las herramientas para inducir el miedo. Nuestra Nación no fue ajena a la causa, Julio A Roca y Nicolás Avellaneda, sostenían la importancia de la obtención de las tierras fértiles que poseían los aborígenes con la denominada Conquista del Desierto.

Si nos aproximamos en el tiempo, durante la presidencia de Hipólito Irigoyen, un 4 de octubre de 1917, se decretó al día 12 de Octubre como el Día de la Raza. La buena relación entre Argentina y España concluyó con este gesto festivo de agasajamiento, elogiando al hombre de raza blanca, con sus ideas, cultura y religión, y a sus guerreros que invadieron estas tierras.

Mulatos, negros, indios, mestizos, cabecita, blanco, gaucho, judío, chino, groncho, paragua, brasuca, pobre, bolita, yorugua y una infinidad de calificativos nos invaden a lo largo de la historia y en la actualidad.

Es que estamos hechos de una gran variedad cultural y, si bien los tiempos cambiaron, todavía existe una fuerte negación a la diversidad por gran parte de la población. Pero ¿cual es el titulo que poseen para referirse a las personas de forma despectiva? Esa es la pregunta que se deberían hacer aquellos que creen tener el poder de clasificar a los demás. Características étnicas que son relacionadas inmediatamente al nivel socio-económico.

Lamentablemente, estas reacciones por parte de sectores de la sociedad intentan quitarle dramatismo aludiendo a que sólo se trata de comportamientos inofensivos. Este flagelo se presenta a lo largo y ancho del territorio americano. Los pueblos indígenas no sólo cargan con el mote de ser indios, sino que también son marginados de la sociedad. Una lógica verdaderamente pobre.

Es nuestra obligación moral, la de llevar adelante la bandera de la igualdad de condiciones. La educación de nuestros hijos es una buena manera de empezar el cambio. Debemos ser el espejo a seguir con actitudes que denoten el respeto por los demás.

Pero para esto se necesita un compromiso firme y concreto.

Debemos modificar el rumbo que se estableció por años y años. El impulso de instituciones y el interés de parte gubernamental son piezas indispensables para lograr una concientización.

En 1995 se fundó en nuestro país el instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI). Si bien el proceso es lento, se comienzan a divisar cambios significativos dentro de nuestra sociedad.

Pero no debemos conformarnos, y el prejuicio de no poder cambiar a las personas debe ser abandonado. La cultura en la Argentina se ve modificada día a día. La interacción a nivel americano esta creciendo a pasos agigantados. La unión de los pueblos americanos está marcando un cambio del cual debemos ser partícipes.

El hecho de que el 12 de Octubre no sea más designado como Día de la Raza nos da un parámetro de la importancia de generar cambios a nivel humano.

Que este día, nos sirva para ponernos en el lugar de los que se sienten desplazados por el simple hecho de pertenecer a tal o cual etnia, adoptar tal o cual elección sexual, tener tal o cual color de piel. De nosotros depende aprovechar lo mejor de las demás culturas a partir del conocimiento y la interacción con los demás.

 

 

Nota: el texto no me pertenece, lo copié de una página de Terra del año pasado. No lleva nombre de autor alguno.