El otro valor de las palabras.

HugYou

Leer lo que se dice por las redes sociales puede ser un buen ejercicio; no digo leer sólo lo que se sube, sino leer el por qué se publican esas cosas. Si nos fijamos bien, la mayor parte de los mensajes tiene que ver con cuestiones sentimentales. En general a favor de esos sentimientos que siempre han sido parte integral de nuestro ser; pero también algunos en sentido inverso denostando, sobre todo, al sentimiento más fuerte en toda la historia de la humanidad: el amor. No está mal que éste sea puesto en una situación de análisis; después de todo, los tiempos cambian y es lógico que cambien nuestras percepciones, incluidas, claro está, aquellas sobre lo que sentimos por los otros y, en especial, por ése otro al que pretendemos con más fuerza que a los demás. En general me parece haber notado algo casi ubicuo en estos asuntos. Creo que el mensaje que subyace a todos estos otros de tono menor y que oscilan entre el lugar común y la broma torpe es que nuestra necesidad humana más profunda no es en absoluto material; sino que esta necesidad es la de ser vistos; ser observados y valorados por los otros. A pesar de toda esa palabrería que dice “somos seres completos, no necesitamos de nadie” todos estamos en el mismo barco: el de los que piden a gritos que no nos dejen solos. Nuestro constante deambular por una sociedad capitalista, mediocre y cada vez más estúpida nos dice que también necesitamos aventura, necesitamos significado, necesitamos identidad. En síntesis: necesitamos amor. Alguien que no nos ve a través de ojos amorosos no ha despertado de las filas de los entes muertos. La mayoría de las personas no soportan el estrés terminal de caminar por el mundo sin ser vistas, no se tolera por mucho tiempo el ser un simple número o uno de los dientes del engranaje en una máquina sin vida. El amor, cuando es una búsqueda madura y superadora (y no meramente una cuestión compensadora), es un espacio de creación y de reparación. Hace más que ayudarnos a sobrevivir en un mundo sin alma; nos ayuda a transformarnos.”

Flirteo estilo siglo XIX

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Si eres soltero y quieres salir con alguien, hoy las redes sociales te ayudan bastante. A través de sitios de citas en línea, Facebook, Whatsapp o de aplicaciones como Tinder, se puede invitar a salir a alguien o, al menos intentarlo. Pero en el Siglo XIX, los jóvenes solteros tenían que ser un poco más creativos con su juego de seducción; y así fue cómo se inventó la llamada “tarjeta de invitación” o de “acompañamiento”.

La alta sociedad no las usaba, pero sí hombres y mujeres menos formales. Caballeros que se encontraban en la búsqueda de mujeres solteras y que pretendían conocerlas entregándoles sus tarjetas, donde preguntaban discretamente si podían “acompañarlas a casa”. Alan Mays, coleccionista de estas tarjetas históricas dice que éstas eran “un medio común de introducción y nunca se tomaban demasiado en serio”. De todos modos resultan divertidas y hasta provocan cierta ternura al imaginar las serias expectativas de algunos de aquellos solitarios hombres que las usaban.

Una pequeña galería; para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

El cielo de Swedenborg

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Emanuel Swedenborg fue uno de esos hombres que suelen llamarse exponente de su época. Científico e inventor, vivió entre los siglos XVII y XVIII. Cierto día, Swedenborg tuvo una visita extraña: Dios le había enviado un ángel para que lo guiara en un paseo por el paraíso. El bueno de Emanuel fue, vio y al regresar comenzó a escribir sobre su experiencia. He tratado de ser breve y conciso porque quiero detenerme en un punto específico: Swedenborg descubrió que el cielo y el infierno no son sitios donde se nos premia o castiga. Según él, al morir vamos a una especie de limbo, un estado intermedio donde las almas vagan hasta que ellas eligen, libremente, dónde van a ir. El Reino de los Cielos es, para éste místico sueco, un estado del alma. La conclusión es brillante y no deja de maravillarnos: al cielo no entran los idiotas, los tontos, los que anulan su vida; y no entran porque no tienen el entendimiento ni la sabiduría para reconocer las virtudes de este lugar.

Quienes no creemos en un más allá físico podemos considerar a esta idea como una metáfora para el aquí y ahora: quien no está preparándose de manera constante para recibir las bondades del cielo, nunca podrá acceder a él. El Cielo está aquí; en una sinfonía, en un poema, en los ojos de nuestros hijos, en el abrazo de un amigo, en la piel de quien nos ama. Sí, en todo eso que los adustos caballeros de traje y corbata y en las elegantes señoras de la buena sociedad es motivo de burla y muecas de lado está el Cielo; pero, por sobre todas las cosas, es en nuestra mirada y en nuestra comprensión de esos hechos donde vamos a encontrarlo. Quien no tiene la capacidad para disfrutar el aquí y el ahora; para aceptar el abrazo que la fortuna nos pone delante a cada momento, no accede al cielo y, lo que es peor, nunca lo hará.

Gracias, entonces, por el cielo de hoy.

Amar a través de las palabras (Amarte a través…)

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El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras. Lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación. (Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal vez una forma literaria de este coitus reservatus: es el galanteo).

Roland Barthes. Fragmento de un discurso amoroso.

Tus uñas en mi piel…

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«… te duermes descansando tu cabeza en mi pecho. Por unos segundos estás allí, en silencio, satisfecha, respirando con un ritmo preciso, pausado, lento. Pero algo sucede; un gemido trémulo como una indicación precisa de que algo ocurre en tu sueño (quizá fue una abeja o un sonido lejano, El contacto de tu pie desnudo con el agua fría, El saberte piedra, moneda o un pez atrapado en una red que asciende). Clavas tus uñas en mi pecho y me lastimas, dejas marcas precisas en mi piel que es tuya; pero nada digo,  nada hago, por el contrario,  sonrío. Mejor esto que nada, me digo y poso mi mano sobre la tuya y aprieto aun más. Quiero sentirte como nunca te sentí antes. Penétrame digo sin decirlo, sin articular una sola palabra. Quiero devorarte, unirte a mí, fundirnos, quiero que seamos uno definitivamente.

Mi gesto te obliga a moverte y recoges tu mano sobre ti. Pienso que esas marcas en mi pecho son el reflejo de aquellas que dejaste en mi espalda poco antes, y me parece bien. Busco tu boca por última vez esa noche y tú, aun dormida, me respondes…»

Arturo F. Silva. Punto de fuga.

Un pequeño punto en la nariz

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Alteración. Producción breve, en el campo amoroso, de una contraimagen del objeto amado. Al capricho de incidentes ínfimos o de rasgos tenues, el sujeto ve alterarse o invertirse repentinamente la buena Imagen.

1. Rusbrock (nota: Rusbrock es un personaje de Dostoievsky) está enterrado desde hace cinco años; lo desentierran; su cuerpo está intacto y puro (¡evidentemente!, si no se acabaría la historia); pero: «había solamente un pequeño punto de la nariz que llevaba una marca ligera, mas una clara marca de corrupción». Sobre la figura perfecta y como embalsamada del otro (tanto me fascina) percibo de repente un punto de corrupción. Ese punto es menudo: un gesto,, una palabra, un objeto, un traje, algo insólito que surge (que despunta) de una región que jamás imaginé, y que vincula bruscamente al objeto amado con un mundo simple. ¿Será vulgar el otro de quien yo alababa su elegancia y originalidad? De pronto hace un gesto por el cual se descubre en él otra raza. Estoy atónito: escucho un contrarritmo: algo como una síncopa en la bella frase del ser amado, el ruido de un desgarrón en la envoltura lisa de la Imagen.
(Como la gallina del jesuita Kircher, a la que se la libera de la hipnosis con una leve palmada, estoy provisionalmente defascinado, no sin dolor).
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Roland Barthes. Fragmentos de un discurso amoroso.
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Se me ocurre que a veces podemos marcar con precisión cuándo fue que notamos ese punto; mientras que en otras oportunidades lo que nos sorprende es el no haberlo notado antes y ser conscientes de que ya el ser que amábamos no está más ahí, a nuestro lado, que ésa persona es un completo extraño. Ahora, lo más importante, lo que nos compete como seres responsables y pensantes: ¿Hacemos nosotros lo necesario para que ese punto no aparezca en nuestra nariz, o nos abandonamos a la rutina de lo logrado y después culpamos al otro o al destino o la mala suerte?

El espejo del mundo

Oh, sol ¿qué sería de ti sin aquellos a quienes iluminas?

F. Nietzsche. Así habló Zarathustra.

Me tienen harto. Literalmente. Visceralmente. Soberanamente. Hablo de la gente que se queja por esto o por aquello. De la gente que se queja por todo. ¿Tanto trabajo cuesta vivir, disfrutar, no molestar, sonreír? Parece que sí. Parece que lo único que vale la pena ser observado y destacado es el alcance de la crisis, lo molesto que son los inmigrantes, el alto (siempre alto, altísimo) nivel de inseguridad, que nuestro equipo no juega como corresponde, que son todos corruptos, que llueve, o que no llueve, que el dinero no alcanza, que…

quejas 01Ejercicio: Pararse frente al espejo (si es posible un espejo de cuerpo entero, mejor). Pensar: ¿Cuáles son las probabilidades de que esa persona en particular exista? El resultado exacto no importa, basta con saber que el número es demasiado grande, roza casi la improbabilidad absoluta. Pero estamos aquí; eso es seguro, no hay más que mirar lo que refleja ese espejo. Siguiente pregunta: ¿Qué vas a hacer con ello?

Estoy aburrido. Decir eso es una estupidez. Vivimos en un mundo tan vasto, tan extenso, tan grande que ninguno de nosotros ha podido ver o conocer ni siquiera un mínimo porcentaje de una milésima parte. Incluso nuestra propia mente es un sitio infinito,quejas 03 que puede ser recorrida interminablemente. ¿Se entiende lo que quiero decir? El hecho de estar vivos es tan sorprendente, tan maravilloso que no tenemos derecho a decir estoy aburrido.

Y lo digo no sólo por la gente que me rodea a diario; sino por aquellos que escucho al pasar o que uno encuentra aquí, en la red. Porque si vamos a sincerarnos, la mitad de las cosas que uno lee trata de amores perdidos, de lágrimas por ésta o aquella. A veces las red parece un cementerio sembrado de nomeolvides. Sí, el bendito amor, el maldito amor, el eterno amor, el omnipresente amor.

Noticia (añeja): si no te quieren no te quieren. Punto. Por más que escribas páginas y páginas y más páginas llorando por él o ella el quejas 02asunto no tiene remedio: no te quiere. Ya está, es historia pasada. A todos nos ha pasado, aquí nadie está hecho de amianto, eso es seguro; pero llorar es una cosa y vivir llorando otra bien diferente. Lo primero es natural y lógico, lo segundo es una patología. Así que lo único que puede hacerse es pararse bien derecho y salir a buscar nuevas batallas. Hay que dejar de mirar hacia atrás y levar anclas. Uno no puede comprar un billete de lotería para el Gran Sorteo del año pasado; uno no puede jugar a la ruleta después que el croupier ya cantó el número. Las apuestas son siempre a futuro, y los riesgos son los dequejas 04 siempre: se gana o se pierde. 50/50. Por cierto, ésas son probabilidades mucho más tangibles que las de existir. Así que si ya ganamos uno de los mayores sorteos de la historia del universo ¿Por qué diablos lo desperdiciamos llorando o quejándonos constantemente?

Necesaria nota aclaratoria: Que nadie piense que hablo particularmente de él o de ella. Si digo que estoy cansado de la gente que se queja no me vengan con que me meto con Pedro o con Juana, No. Hablo de mí y desde mí. Hablo de todos y no hablo de nadie. Si a alguno le queda el saco que se lo ponga (si quiere); y si no, nos vemos en otro momento. ¿Capisce?

La latinidad según Carlos Fuentes

carlos fuentes

 

[…] Le pedí a un doctor español, un tal Miquis, mi g. p. habitual, que me hiciera la valona. Se resistió. Me pidió una explicación. Sólo le dije:

—Por amor.

—¿Amor?

—Tengo que conquistar a una muchacha.

Sonrió con complicidad amistosa. Me dio el certificado. En esto, los hispanos nos entendemos por completo. Oponerle obstáculos al amor es un delito superior a extender un falso certificado de enfermedad. La latinidad, cuando no es ejercicio que perfecciona la envidia, es complicidad nutrida por el sentimiento de que, siendo culturalmente superiores, recibimos trato de segundones en tierras imperiales.

Carlos Fuentes. El amante del teatro.

Historia de un desencuentro poético.

 

Mary Wortley Montagu

Mary Wortley Montagu (1689-1762) fue un miembro atípico de la aristocracia británica del siglo XVIII. Aunque su padre no tuvo ningún interés en educarla, ella procuró aprender por su cuenta en los libros de la biblioteca familiar (mes está gustando esta muchacha). Fue amiga de Mary Astell, considerada como “la primera feminista inglesa”.

Durante algún tiempo, Mary mantuvo una relación epistolar con Edward Wortley Montagu, que era hermano de una amiga suya llamada Anne, fallecida en 1709. Cuando Edward la pidió en matrimonio, el padre de Mary (un reverendo idiota, por lo visto) lo rechazó por razones de tipo económico y pretendió casarla con otro. Entonces Mary y Edward se fugaron. Los primeros años de su vida de casada transcurrieron en Inglaterra, ya que Edward Wortley Montagu era miembro del parlamento de Westminster.

A principios de 1716 Edward fue nombrado embajador en Turquía y Mary lo acompañó a Constantinopla, donde permanecieron hasta 1718. La historia de este viaje y sus observaciones sobre la vida en oriente las cuenta Lady Mary en las cartas conocidas como Turkish Embassy Letters, de excelente prosa, con contenido muy descriptivo y en las que, dejando de lado todo prejuicio, profundiza en las interioridades de la sociedad turca, en especial de sus mujeres. Estas cartas se consideran a menudo como fuente de inspiración de posteriores escritoras viajeras, así como muy influyentes en el arte europeo de aire orientalista. Al perecer, Ingres se inspiró en ellas para su célebre cuadro El baño turco.

Mientras se encontraba en Constantinopla, Lady Montagu comenzó a recibir una serie de cartas extravagantes de parte del poeta Alexander Pope, a quien había conocido antes de su partida. Esa correspondencia fue considerada, esencialmente, ejercicios de epistolar de arte erótico, sin contenido real. El problema surgió cuando la colección manuscrita de estas cartas fue divulgada entre un círculo considerable de lectores, y Pope pudo haberse sentido ofendido por tal circulación de la sátira de la que era objeto. Pero Lady Louisa Stuart contó que Pope había hecho a Lady Mary una declaración de amor, y que ésta la había recibido con un estallido de risa.

Alexander Pope y Mary Montagu continuaron atacándose constantemente de manera indirecta, a través de diversas obras, pero Pope lo haría con especial violencia en un pareado de grueso lenguaje en su imitación de la Primera Sátira del Segundo Libro de Horacio, en la que aparece Lady Mary en la figura de Safo. Mary solicitó a una tercera persona que se quejara ante él, y recibió la obvia respuesta de que Pope no podía haber previsto que ella o cualquier otra persona se considerarían aludidas con semejante insulto aplicado a sí misma. Verses addressed to an Imitator of Horace by a Lady («Versos dirigidos a un imitador de Horacio», por una dama, 1733), una réplica difamatoria a estos ataques, se atribuye generalmente al trabajo conjunto de Lady Mary y su aliado declarado, Lord Hervey.

Pope

El rechazado poeta Alexander Pope y Lady Mary Wortley Montagu en 1863. William Powell Frith (Inglaterra, 1819-1909). Óleo sobre tela.

De esta obra de Powell Frith me ha gustado la ironía del artista al colocar en medio de los poetas, sólo como fondo decorativo, una estatua de dos amantes inseparables. La que abre esta entrada es obra de Charles Jervas (ca 1675-1739) (óleo sobre tela, datada como posterior a  1716).

Ana duerme sola.

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Ana y Miguel comenzaron a salir al año de haberse conocido. Trabajaban juntos, pero hasta ese momento sólo habían mantenido charlas casuales, triviales en su mayor parte.
Se sentían bien juntos. Disfrutaban la compañía del otro de ese modo casi adolescente que acompaña siempre los primeros tiempos de encuentros; los primeros besos, los primeros paseos tomados de la mano. Ambos coincidían en un punto central, el cual fue puesto en palabras, por vez primera, por Ana: «Los años pasan, los hijos se van… y ya estoy cansada de dormir sola». Miguel asintió y reconoció que sentía exactamente lo mismo. Sólo había un punto de discrepancia entre ellos, el cual estuvieron de acuerdo en evitar: Ana es una ferviente seguidora de la iglesia evangélica mientras que Miguel no cree en nada. Absolutamente en nada.
De todos modos, eran tantas las cosas buenas que tenían en común que eso no parecía un problema insoluble, aunque al final lo fue. Una tarde Ana le dijo a Miguel que todo había sido un error y sus razones –se dio cuenta Miguel– eran un cúmulo de lugares comunes: «Yo necesito a un hombre de Dios»; «Un hombre que me acompañe en mi camino» y otras frases por el estilo. Miguel lo supo de inmediato y Ana lo reconoció: ella le había pedido consejo al Pastor de su congregación. Éste, haciendo gala de cristianos sentimientos no solo juzgó a un hombre que no conocía, sino que lo condenó como si fuese un hijo directo del mismo demonio. También la condenó a Ana, pero eso ya venía haciéndolo desde hacía tiempo; desde que comenzó a adoctrinarla en el miedo al infierno y en que solo él sabía lo que era bueno para ella.

Nada sabe Miguel qué es lo que siente Ana hoy; pero está seguro de que no es feliz, al igual que él, durmiendo sola.