Sobre los propósitos de año nuevo

 

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Una vez al año, generalmente un poco antes de esta fecha, comienzan a hacerse los famosos planes o proyectos para el año que comienza. Eso es un tópico común, el cual se olvida, en general, a los pocos días. Pero este fragmento que compartiré, es digno de ser considerado como un marco de referencia para poner en práctica no éste, sino todos los años; tanto el que comienza ahora como el que comienza el primero de febrero o el quince de agosto o cuando sea.

 

Con ocasión del año nuevo

Todavía vivo, todavía pienso: tengo que seguir viviendo, tengo que seguir pensando. Sum, ergo cogito: cogito, ergo sum. Hoy en día todo el mundo se permite expresar su deseo y su más querido pensamiento: pues bien, también yo quiero decir lo que hoy desearía de mí mismo y qué pensamiento fue el primero que me corrió este año por el corazón, ¡un pensamiento que será para mí fundamento, aval y dulzura de toda la vida ulterior! Quiero aprender cada vez más a ver lo necesario de las cosas como lo bello: así seré uno de los que hacen bellas las cosas. Amor fati: ¡sea este a partir de ahora mi amor! No quiero hacerle la guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero acusar ni tan solo a los acusadores. ¡Mirar a otro lado sea mi única negación! Y, en general y en definitiva: ¡quiero, algún día, ser solo alguien que dice que sí!

Friedrich Nietzsche. La ciencia jovial, Libro cuarto, parágrafo 276.

Amor fati significa literalmente «amar al destino», aunque personalmente prefiera decir «amar lo que sucede». Es necesario emanciparse de los tormentos que orbitan fuera de nuestro propio centro de gravedad, para poder afirmarse en un pie de voluntad y superación.
El «sí a la vida» es un No a la fealdad, a la culpa, a la acusación y al resentimiento. El «sí a la vida» es un sí al pensamiento, a la creación y a la superación. ¡Menudo propósito para comenzar cada día!

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La felicidad es una muñeca rusa.

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Feliz año. A Todos.

Y hablando de eso, todos, lo queramos o no, somos seres sociales; todos vivimos inmersos en una serie de usos y costumbres que no siempre compartimos pero que aceptamos en pos de un beneficio general; es por eso que no me gusta mucho esa postura de negarse a los buenos deseos de fin de año o de comienzo del siguiente. Un abrazo, una cena compartida en familia, un deseo de bienestar, un brindis, son cosas que no deben ser subestimadas y, mucho menos, evitadas; así que aunque seamos conscientes de que esto es una costumbre que se repetirá dentro de doce meses de la misma manera, no la dejemos pasar como si fuese mera rutina. Feliz año, entonces, a todos.

Por cierto, muchos saben que me gusta considerar distintos tipos de “años”. Ya he dicho aquí que suelo pensar que un año comienza cualquier día y para ello no hace falta más que un hecho puntual que me permita jugar a romper la rutina; además, claro, de que realmente un año es un período que dura lo mismo ya sea que comience el primero de enero, el dos, el tres, el ocho de abril o el quince de octubre. Podemos jugar a que cada día es un nuevo comienzo de año, por ejemplo; y así cada año contendría a trescientos sesenta y cinco años potenciales. Y del mismo modo, entonces, en que nosotros somos seres individuales que vivimos inmersos en una sociedad a la que nos adaptamos, el primero de enero es sólo una marca que, a su vez, no es más que un sistema de posibilidades abiertas a nuestra creatividad, a nuestras decisiones y a nuestra vida toda.

Así que permitámonos caer en lugares comunes, sobre todo cuando estos son bienintencionados. Feliz año, a todos. Feliz año o felices trescientos sesenta y cinco años; como sea, o como ustedes quieran que sea.

Lugares comunes

Destesto los lugares comunes. Y estas fechas parecen haber sido creadas para eso. Todo el mundo se saluda cortésmente, se dicen feliz navidad unos a otros sin saber qué diablos es la navidad —incluso varios cristianos desconocen lo que se celebra en esta fecha y casi todos desconocen que en realidad están celebrando un rito pagano— y se desean lo mejor, así, como si de un medicamento genérico se tratara. Habría que ser honestos de una vez por todas (después de todo ¿hay alguien que no lo sea?) y desearle lo mejor a quienes en nuestro interior le deseamos lo mejor —más allá de la época del año en que nos encontremos— y deberíamos mandar a la mierda a quienes queremos ver debajo de un transporte público cada vez que nos los cruzamos.

Seríamos tildados de antisociales, eso es casi seguro; y también estaríamos bastante más solos, pero vaya, qué aire más fresco respiraríamos en la cima de esa montaña…