Árbol (II)

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Árbol, por Borgeano.

 Pues sí, me estoy volviendo recurrente; la cosa viene de árboles, por lo visto. En general suelo saltar de una cosa a otra, suelo unir conceptos disímiles o dejar que las sugerencias de un tema me lleven a otro que puede estar en las antípodas; pero en este caso un tema me llevó a otro similar y aquí estoy sin salir del tema arbóreo, tema del cual sé bastante poco, ya que no soy de los que puede distinguir un castaño de un ciruelo.

En este caso la relación lineal que me llevó de la selva al ginkgo termina hoy con la transcripción de un cuento de Gabriela Jauregui, incluido en su libro La memoria de las cosas; libro que —y esto sea dicho al margen—, ha recibido elogiosas críticas pero que en lo personal me ha parecido algo desparejo; con cuentos muy logrados y otros en los que siento que hay demasiada verborrea y bastante poca sustancia. Sea como fuere, aquí dejo este breve cuento y cierro, al menos por el momento, el tema botánico.

Árbol cosmonauta

Parados frente a un inmenso sauce, ella quiere llamarlo «sauce milenario», pero no sabe si lo es. Entonces permanece en silencio. Él le cuenta que a lo largo de su vida un árbol viaja largas distancias. Ella le pregunta cómo es posible.

Él le explica que éste árbol, más que otros, ha viajado cientos de miles de kilómetros durante su larga vida; su proyecto es trazar cuántos. Describe cómo mojará la punta de cada una de sus minúsculas hojas verde azulado con tinta china, pondrá rama por rama frente a grandes hojas de papel a que tracen sus rayas de movimiento, como una especie de electrocardiograma vegetal, y así medirá sus movimientos durante veinticuatro horas. La suma de todos esos pequeños recorridos dará la cantidad de metros alcanzados en un día, después de eso los cientos de años, ¿miles?, de edad del árbol para obtener la distancia que el árbol ha recorrido a lo largo de su vida. De la tierra a la luna, especula ella en silencio. Tal vez por eso tiene tantas figuras en su tronco: todo lo que ha ido coleccionando en sus viajes.

Árbol (I)

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Hace un par de días hablé sobre unas notas que había tomado en un bosque de Colombia. A raíz de eso encontré un dato curioso sobre un árbol muy particular: el Ginko: “El Ginkgo o también llamado el árbol de los 40 escudos es una especie de árbol considerado un fósil viviente, ya que, a pesar de todos los cambios climáticos drásticos, ha permanecido y sobrevivido por más de 200 millones de años. Viene directamente de la época en la que los dinosaurios gobernaban la tierra y es un árbol único en el mundo, ya que es el único sin parientes vivos”.

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En fotos se puede apreciar un árbol ginkgo de 1.400 años bañando de hojas doradas el suelo de un templo budista.

Creo que en mi lista de sitios-por-conocer agregaré al Ginkgo como si fuese un sitio o un país en sí mismo; una especie tan particular merece un sitio en ella, sin ninguna duda.

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Pájaros prohibidos

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Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.

Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel.

Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas.:

¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?

La niña lo hace callar:

Ssshhhh…

Y en secreto le explica:

Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.

Eduardo Galeano. Memoria del fuego III. Pg. 280