La soledad del puercoespín

 

Puercoespines

 

En invierno los puercoespines se encuentran aquejados por dos sufrimientos. O bien se alejan unos de otros y padecen frío, o bien se juntan unos con otros para mantener el calor y se clavan las espinas que les destrozan las carnes. Buscan, pues, una situación intermedia aceptable entre la soledad helada y la proximidad hiriente. Mediante esta fábula, Arthur Schopenhauer resume de una manera sencilla uno de los aspectos importantes de su pensamiento. Como los puercoespines en invierno, los hombres se encuentran, según él, empujados los unos a los otros por «la necesidad de la sociedad surgida del vacío y de la monotonía de su propio interior (…) pero sus numerosas cualidades repulsivas y sus insoportables defectos los dispersan de nuevo. La distancia intermedia que terminan por descubrir y en la cual la vida en común se hace posible, consiste en la cortesía y las buenas maneras».

«Como regla general», escribe, «se puede decir que la sociabilidad de un hombre se encuentra casi en relación inversa con su valor intelectual: decir que “es muy insociable”, equivale casi a decir que él es un hombre de gran capacidad». ¿Estamos condenados a la fría soledad, a las ilusiones sociales o a la mediocre «cortesía»? No, porque existe una alternativa que aparece al final de la parábola: «el que posee en sí mismo una gran dosis de calor interior, prefiere alejarse de la sociedad para no causar contrariedades ni sufrirlas».

Como siempre, la soledad buscada es la respuesta a lo que nos ofrece la sociedad.

Aprender a leer

Escalera al cielo

Todos los que estamos aquí coincidimos en la importancia de la lectura y del valor de los libros; pero pocas veces nos hemos detenido a pensar qué significa, realmente, leer. Recuerdo que en los noventa leí un manual de escritura que aconsejaba paradójicamente, no leer tanto; cosa que en aquel momento me sorprendió un poco, ya que yo leía todo lo que estaba a mi alcance casi de manera indiscriminada (fue tanto lo que me llamó la atención que aún tengo grabadas esas palabras: “Leer mucho, paraliza”).

A este respecto comparto una reflexión de Arthur Schopenhauer sobre la lectura, su utilidad y, más específicamente, una forma muy singular de incorporarla a nuestra vida. El fragmento proviene del tomo Pensamiento, palabras y música publicado por la editorial Edaf:

“Cuando leemos, otro piensa por nosotros; repetimos simplemente su proceso mental. Algo así como el alumno que está aprendiendo a escribir y con la pluma copia los caracteres que el maestro ha diseñado antes con lápiz. La lectura nos libera, sentimos un gran alivio cuando dejamos la ocupación con nuestros propios pensamientos para entregarnos a la lectura. Mientras estamos leyendo, nuestra cabeza es, en realidad, un Shopenahuer - Pensamiento, palabras y músicacampo de juego de pensamientos ajenos. Y cuando éstos se retiran, ¿qué es lo que queda? Por esta razón, sucede que quien lee mucho y durante casi todo el día, y en los intervalos se ocupa de actividades que no requieren reflexión, gradualmente pierde la capacidad de pensar por sí mismo. Tal es el caso de muchas personas muy cultas. Acaban siendo incultas de tanto leer. […] Así no se llega a rumiar, y tan sólo rumiando se asimila lo que se ha leído; del mismo modo que los alimentos nos nutren, no porque los comemos, sino porque los digerimos. Si se lee de continuo, sin pensar después en ello, las cosas leídas no echan raíces y se pierden en gran medida. El proceso de alimentación mental no es distinto del corporal: apenas se asimila la quincuagésima parte de lo que se absorbe. El resto se elimina por evaporación, respiración, etcétera”.

Para finalizar con:

“A esto hay que añadir que los pensamientos depositados en el papel no son más que las huellas de un caminante sobre la arena: podemos ver la ruta que siguió, pero, para saber lo que vio en su camino, tenemos que usar nuestros propios ojos”.

La lectura es indispensable, estamos todos de acuerdo; pero antes que eso debemos aprender a leer, lo cual no siempre hacemos del todo bien y, muy importante, en general también olvidamos de enseñarle a los que vienen detrás.

Los rasgos de un gran sueño

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Arthur Schopenahuer

Muchos saben que Arthur Schopenahuer es uno de mis filósofos centrales o «de cabecera», como suele decirse. Creo que el autor alemán es uno de los que ha creado un sistema tan fuerte y sólido que muy pocos podrían llegar a igualar. ¿Por qué no se lo enseña más o no se habla de él con mayor asiduidad? La verdad es que creo que ello es porque Schopenhauer dejaría sin trabajo al noventa por ciento de los filósofos de la actualidad y al cien por ciento de los pseudofilósofos y adalides de la autoayuda. Es decir, que no es negocio.

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Joseph Campbell en diálogo con Bill Moyers

Otro de mis grandes referentes (pero en este caso es más específico, más acotado en sus alcances) es Joseph Campbell, mitólogo, escritor y profesor estadounidense. Encontrarme a ambos en un mismo texto, entonces, es un placer más que compartible. Por eso dejo aquí este fragmento de la charla que Joseph Campbell sostuvo con Bill Moyers en 1986, en el rancho propiedad de George Lucas y que se publicó con el título de El poder del mito; porque allí el mitólogo sintetiza a Schopenhauer y nos abre la puerta a su lectura, a profundizar en esa filosofía que no necesita nada más para ser lo que es: la estructura filosófica más sólida que se haya creado.

“Schopenhauer –dice Campbell–, en su espléndido ensayo llamado “Sobre una intención aparente en el destino de los individuos”, señala que cuando llegas a una edad avanzada y miras atrás en tu vida, puede parecerte que ésta ha tenido un orden y plan downloadconsistentes, como si la hubiera compuesto un novelista. Hechos que cuando tuvieron lugar parecieron accidentales y de poca importancia resultan ser factores indispensables en la composición del argumento. ¿Quién compuso ese argumento? Schopenhauer sugiere que así como tus sueños están compuestos por un aspecto de ti mismo del que tu conciencia no sabe nada, así también tu vida entera está compuesta por la voluntad que hay dentro de ti. Y así como personas que has conocido aparentemente por puro azar se convierten en agentes principales en la estructuración de tu vida, así también habrás servido tú como agente, sin saberlo, dando significado a las vidas de otros. Toda la trama marcha al unísono como una gran sinfonía, y cada uno inconscientemente está estructurando todo lo demás. Schopenhauer concluye que es como si nuestras vidas fueran los rasgos de un gran sueño de un solo soñador en el que todos los personajes del sueño también sueñan; de modo que todo se enlaza con todo, movido por la voluntad única de la vida que es la voluntad universal de la naturaleza.

Es una idea magnífica, una idea que aparece en la India en la imagen mítica de la red de Indra, que es una red de gemas, donde en cada cruce de un hilo con otro hay una gema que refleja a todas las demás. Todo sucede en mutua relación con todo lo demás, por lo que no puedes culpar a nadie de nada. Es, incluso, como si hubiera una única intención detrás de todo, que le diera un cierto sentido, aunque ninguno de nosotros sepa cuál puede ser ese sentido, ni haya vivido del todo la vida que se propuso vivir”.

 

Empezar a pensar

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Venimos de una semana de crueldad exacerbada y expuesta en sus formas más básicas. Desde los ataques varios y variados en Siria hasta el atentado religioso en Egipto. Podríamos intentar un análisis que nos ayudara a comprender la situación; podríamos banalizar lo que sentimos diciendo solamente “qué terrible…” antes de pasar a otro asunto; o podríamos al menos intentar pensar un instante en las razones íntimas de este actuar de ciertos grupos de personas. Ya que es bien poco lo que podemos hacer desde nosotros mismos, pensar no es algo que sea trivial. Para quien esto escribe, la razón la tiene, como casi siempre, Schopenhauer, de quien comparto un texto que es la síntesis perfecta de ese diagnóstico:
Arthur_Schopenhauer_by_J_Schäfer,_1859b“Cuando la punta del velo de Maya —la ilusión de la vida individual— se ha levantado ante los ojos de un hombre, de tal suerte que ya no hace diferencia egoísta entre su persona y los demás hombres, toma tanto interés por los sufrimientos extraños como por los propios, llegando a ser caritativo hasta la abnegación, pronto a sacrificarse por la salud de los demás.
Ese hombre, que ha llegado hasta el punto de reconocerse a sí mismo en todos los seres, considera como suyos los infinitos sufrimientos de todo lo que vive, y debe apropiarse el dolor del mundo. Ninguna angustia le es extraña. Todos los tormentos que ve y raras veces puede dulcificar, todos los dolores que oye referir, hasta los mismos que él concibe, hieren su alma como si fuese él la propia víctima de ello”.

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Eso es todo: la violencia se ejerce cuando no reconocemos en el otro a un ser equivalente a nosotros mismos (Schopenhauer incluye a todos los seres vivos en esa comparación. De allí su famosa frase: “Puede reconocerse el grado de civilización de un pueblo por cómo trata a los animales”). Ahora podemos seguir pensando en este problema. Ya sabemos por dónde podemos empezar: reconociendo a quienes se consideran por encima de los demás. En síntesis: todo fascismo, toda xenofobia, todo racismo, toda religión.

Si un hombre quiere leer buenos libros…

Yuko Shimizu

Refiriéndonos a la lectura, requerir que un hombre conserve todo lo que ha leído alguna vez es como pedirle que lleve consigo todo lo que ha comido. Hay un tipo de comida corporal y otro mental y es a través de estos dos medios que ha crecido y se ha alimentado hasta ser lo que es. El cuerpo asimila sólo lo que es semejante a él; y así un hombre conserva en su mente sólo lo que le interesa, es decir, aquello que se adapta a su sistema de pensamiento o de sus propósitos en la vida.

Si un hombre quiere leer buenos libros debe tener cuidado en evitar los malos; porque la vida es corta y el tiempo y la energía limitados.

Repetitio est mater studiorum. Cualquier libro que sea importante debe ser leído de dos veces; en parte porque en una segunda lectura las conexiones entre las diferentes partes del libro se comprenderán mejor, y el comienzo se comprenderá sólo cuando se conozca el final; y en parte porque no estamos en con el mismo temperamento y la misma disposición de ánimo en ambas lecturas. En la segunda lectura se obtiene una nueva vista de cada pasaje y también una impresión diferente de todo el libro que, así, aparece bajo otra luz.

Las obras de un hombre son la quintaesencia de su mente, y aunque éste pueda poseer una gran capacidad, siempre será incomparablemente más valiosa su obra que su conversación. Los escritos, incluso de un hombre de genio moderado, pueden ser edificantes y vale la pena leerlos e instruirse con ellos, porque son su quintaesencia, el resultado y el fruto de todo su pensamiento y estudio; mientras que una conversación con él podría ser insatisfactoria. Así es que podemos leer los libros de aquellos hombres en cuya compañía no encontraríamos nada que nos pudiera complacer.

De El arte de la literatura, de Arthur Schopenhauer.

Petulantes

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Luego de poner en duda el genio de Aristóteles, Schopenhauer, en su Fragmentos sobre la Historia de la Filosofía, dice:

La misma duda existe respecto a las altas facultades intelectuales de todos aquellos que no han escrito, inclusive Pitágoras. Un gran espíritu debe reconocer gradualmente su vocación y su situación frente a la humanidad, y llegar, por consiguiente, a la convicción de que no forma parte del rebaño. sino de los pastores, es decir de los educadores de la raza humana. Y entonces se le impone el deber de no limitar su acción inmediata y cierta al pequeño número de hombres que la casualidad le acerca, sino extenderla a toda la humanidad. Pero el único órgano por el que se dirige a la humanidad es la escritura. […] Además, cada espíritu que piensa con profundidad tiene, necesariamente, la tendencia, para su propia satisfacción, de retener sus pensamientos y llevarlos con la mayor claridad y concreción posibles; es decir, a encarnarlos en palabras. […] De acuerdo con lo que acabamos de decir, sería una petulancia rara en un pensador no querer aprovechar la invención más importante del género humano. Por esta razón se me hace difícil creer en la inteligencia realmente grande de quienes no han escrito.”

La escritura como la invención más importante del género humano. No está mal. Seamos, entonces, petulantes en el sentido opuesto al que habla Schopenhauer en el parágrafo transcrito: escribamos todos los días. Tal vez no seamos los pensadores más profundos de la actualidad, pero quién sabe, tal vez de tanto escribir un día descubramos que tenemos una gran verdad para decir y una bomba de palabras y significados salga de nuestras pantallas. Y si no es así, al menos tendremos el consuelo de no haber sido siempre parte del rebaño…