¡Y el artista ganador es… !

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 ¿Quiénes son los artistas más populares buscados en Google en los diferentes países del mundo? He encontrado este resumen de esas búsquedas, el cual fue realizado en la base de datos del buscador más usado a lo largo y ancho del globo terráqueo, por la revista Art Supplies, en febrero de este año.

Según el artículo, «La gente tiene que recurrir a Internet como la única forma de ver el trabajo de tantos artistas de fama mundial. Con esto en mente, queríamos saber qué artistas fueron los más buscados en 2020 y quién ha sido más popular en cada país durante la pandemia. Hemos creado un mapa mundial para mostrar a los artistas más populares del mundo de un vistazo y también un desglose de los ganadores en cada continente. El mejor artista se encontró utilizando los datos de búsqueda de 2020 en cada país para cada artista».

La idea me pareció interesante y es por eso que decidí que sería bueno compartirla; pero desde ya les digo que a mí no me digan nada del lenguaje utilizado en el artículo; eso de «artista ganador» o «El mejor artista» me sabe más a texto escrito por un periodista deportivo que cultural, pero bueno, es lo que hay.

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Entonces tenemos esas bonitas imágenes continentales con los artistas más buscados en cada país. Lo primero que me llamó la atención es que solo siete artistas ocupan más de noventa por ciento de las búsquedas. No es nada raro cuando pensamos en Leonardo da Vinci o Van Gogh; pero en otros casos algo no me cierra del todo. Que casi toda Sudamérica haya buscado a una artista como Artemisia Gentileschi no parece muy probable. Y no porque la artista en sí no tenga los valores necesarios como para ser apreciada; pero una artista del barroco italiano como ella no es, lo que se diga, tema de conversación demasiado habitual en las sobremesas… Otra cosa llamativa es que, con la excepción de México, no hay país que haya basado sus búsquedas en un artista local (Diego Velázquez aparece como el más buscado en Uganda y Nigeria, por ejemplo, y no en España).

Por supuesto que no se pueden sacar demasiadas conclusiones de estos mapas (serían necesarios muchos más datos para poder hacer un análisis más profundo); pero como que algo no cierra del todo… Salvo que lo que estemos viendo sea, precisamente, el modo en que trabaja el buscador de Google; el cual, como bien sabemos, más que buscar esto o aquello lo que hace es insinuar esto o aquello. Entonces sí se entendería que toda Sudamérica haya buscado solo a dos artistas y Oceanía solo a una (curiosamente, Artemisia Gentileschi). En fin, las conclusiones están abiertas; pero algo no huele bien en Dinamarca (donde se buscó a Frida Kahlo, por cierto).

Los cuatro continentes restantes, a continuación:

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El precio del divino fuego.

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“La vida del artista no puede ser de otra manera que una vida llena de conflictos por dos fuerzas que están en guerra dentro de él: por un lado, el anhelo humano común que lo impulsa a la felicidad, la satisfacción y la seguridad en la vida; y por el otro, una pasión implacable de creación que puede ir tan lejos como para anular cualquier deseo personal. Casi no hay excepciones a la regla de que una persona tiene que pagar un alto precio por el don divino de fuego creativo”.
La cita pertenece a al psicólogo suizo Carl Gustav Jung y me gustaría destacar aquí la referencia con que se cierra dicha cita; la nota al fuego divino. En la mitología griega, la figura de Prometeo está íntimamente ligada a la humanidad. Desafiando al dios supremo, el celestial e implacable Zeus, Prometeo intenta favorecer a los hombres entregándoles el fuego —robado a los dioses—; elemento esencial no sólo en el sentido material (como punto de partida fundamental para avances ulteriores en el desarrollo de la civilización) sino también en el orden espiritual, pues el fuego es el símbolo de la vida, de la energía, de la inteligencia que mueve a los humanos. En suma, el fuego representa la sustancia divina en el hombre, que lo diferencia del resto de los animales y lo acerca a los dioses. Es entonces que el alto precio que el artista debe pagar por poseer y poner en acto el don de la creatividad podría ser bien considerado como un acto de empatía hacia la humanidad toda. Sin artistas el mundo sería un lugar mucho, mucho más pobre y, tal vez, sería un sitio donde no valdría la pena hacer el menor esfuerzo; es decir, ni siquiera sería un sitio donde valiera la pena vivir.

No le falta el talento…

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Anna Dorothea Lisiewska-Therbusch. Autorretrato, 1777.  Óleo sobre tela. Staatliche Museen, Berlin.

 

“No le falta el talento para crear sensación en este país, sino la juventud, la belleza, la humildad, la coquetería; la mujer debe extasiarse ante los méritos de nuestros artistas, tomar lecciones de ellos, tener un buen pecho y nalgas y concederse a sus maestros”.  (Denis Diderot, citado en el Diccionario de mujeres artistas, de Delia Gaze, p. 99). La mirada cruda y descarnada de Diderot sobre su amiga Anna bien podría servir de acápite a una Historia Universal de la Mujer; historia que no dejaría muy bien parados a los hombres de casi todas las épocas. Éste estado de cosas, por fortuna, está cambiando. Poco a poco, lentamente, es cierto; pero aunque aun falta mucho por andar, pensemos que, como bien dijo Lao Tsé, hasta el viaje más largo empieza por el primer paso.  A continuación, algunos datos que, quienes lo deseen, bien pueden pasar por alto.

Nació el 23 de julio de 1721 en Berlín y allí moriría el 9-11-1782. Es otro caso de familia de artistas. Su padre, el retratista Georg Lisiewski, de origen polaco, enseñó pintura a Anna Dorothea, a su hija mayor, Anna Rosina, y a su hijo Christian Friedrich Reinfold Lisiewski. Se conservan al menos dos cuadros de Anna Dorothea (de fiestas galantes) anteriores a su matrimonio en 1745, con el también pintor Friedrich Therbusch. Tuvo 4 hijos y parece que dejó de pintar durante 15 años.

 Pero en 1760 aparece pintando con éxito y recibe encargos en la corte de Stuttgart, en la de Mannheim y la de Berlín en 1764. Ese éxito y su ambición la mueven a probar a instalarse en París en 1765, a sus 44 años. Allí conoce a Diderot (que por entonces hacía crónicas de las exposiciones anuales del Salón). Entra en la Acadèmie des Beaux Arts con la Pieza de recepción titulada El Bebedor, con luz de velas. Pero le rechazan una pintura mitológica. Es criticada y respetada por su profesionalidad pero no tiene encargos. Diderot le compra una Cleopatra y le encarga un retrato de sí mismo, en torso desnudo, que solo se conserva en grabado.