El post heterogéneo.

Escribí y reescribí éste post unas tres veces, y nunca quedaba como quería; así que borré todo y cambié de rumbo. el post original se iba a llamar Vivaldi, el heavy metal y las voces femeninas, pero llevaba escritas unas quinientas palabras y todavía no había entrado en tema. Es un defecto que tengo y que no puedo quitármelo de encima: me gusta escribir y tiendo a irme por las ramas (perdón: son dos defectos).

Así que guardé el texto anterior para otro momento y me voy a ir por las ramas; una porque no puedo evitarlo (hoy estoy así), y otra porque me gusta, y como dijo alguien que no sé quién fue pero tenía razon: los gustos hay que dárselos en vida.

Como verán a la derecha, estoy leyendo El hombre sentimental, de Javier Marías; y me encontré con que en la página 57 habla de mí: «En estas páginas que he ido llenando reconozco una voz fría e invulnerable, como la de los pesimistas, que, lo mismo que no ven ninguna razón para vivir, tampoco ven ninguna para matarse o morir, ninguna para temer, ninguna para aguardar, ninguna para pensar; y sin embargo no hacen sino estas tres últimas cosas: temer, aguardar, pensar, pensar sin cesar».

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Síntesis del post que no pude escribir: amo la música clásica, amo el heavy metal y amo las voces femeninas. Las tres cosas se encuentran en el siguiente video. Siempre dije que toda la música ya está en la música clásica y este video es una prueba de ello. Música con trescientos años de antigüedad y que suena mejor -más heavy, de hecho- que las aburridas florituras de un Yngwie Malmsteen, por ejemplo; que para lo único que sirven es para sorprender a adolescentes que comienzan a asomarse al rock. así que ahí va Vivaldi, Bartoli y la prehistoria de Metallica.

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Y por si hiciera falta alguna otra prueba, les dejo esta obra maestra. Escuchen el primer minuto para que entiendan de lo que hablo. Eso es ser pesado. La letra (el texto original está en latín) es:

Rechazados ya los malditos,
y entregados a las crueles llamas,
llámame con los benditos.
Suplicante y humilde te ruego,
con el corazón casi hecho ceniza,
apiádate de mi última hora.

Así que ni siquiera en las letras los muchachos son originales.

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Sepan disculpar la dispersión; hay días en que uno necesita una dosis doble de café.