El discreto encanto de la blasfemia

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Me encanta, no voy a negarlo. Me encanta porque detesto todo lo sagrado y porque quienes defienden estas ideas me parecen lo más cercano al pensamiento medieval que existe sobre la Tierra. No niego su derecho a ello, claro está; pero tampoco pueden negar mi derecho a lo que considero justo o bello o adecuado o lo que sea. Saber que los ídolos tienen los pies de barro (y no solamente creerlo; sino saberlo) debería ser la base lógica fundamental para pensar sobre todos estos asuntos; entonces es que no entiendo a la gente que cree que todos los ídolos tienen pies de barro menos uno. Y lo peor es que son capaces de partirle un palo en la cabeza a quien no acepte ese delirio personal y privado. Es por eso que me encanta la blasfemia. Molestarlos cuando vienen a molestarme (nunca al revés); burlarme cuando vienen a burlarse; reírme cuando vienen a reírse. Y, con infinita tristeza, verlos irse con su librito y sus ropas y su ídolo, todos manchados de barro de pies a cabeza, aunque ellos no lo vean.