Ay, caramba…

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Los blogs cumplen 25 años de existencia y por aquí andamos muchos, todavía dando vueltas por estos lares. Algo de bueno tienen los blogs, sin duda; además de darnos espacios para que hablemos de nuestras boludeces (tonterías, cosas sin importancia) también nos permiten contactarnos con aquellos que tienen nuestras mismas inquietudes, por ejemplo, cosa que parece trivial pero que no lo es tanto porque, como todos sabemos, es en este ámbito que podemos hablar y compartir muchas cosas que no podríamos hacer en nuestro ámbito privado. ¿Cuánto tiempo seguirán los blogs en actividad? Quién lo sabe; por lo pronto, por aquí andamos y andaremos, al menos mientras se sigan dando esos maravillosos encuentros personales que cruzan toda frontera y anulan toda distancia.

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El Test de Rorschach bloguero

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Ayer, mientras dejaba un comentario en el blog de Ana Fernández; alguien requirió mi atención por unos minutos y, al regresar, me di cuenta de que lo que iba a decir había desaparecido de mi mente. Volví a leer su texto y, con otras palabras, completé mi comentario. Hace un par de días, Xabier Novella subió una entrada que sólo consistía en una imagen, sin embargo no pude menos que dejar un comentario tangencial medianamente extenso. Lo curioso del caso es que ambos comentarios fueron diametralmente opuestos porque, más allá de la entrada de estos amigos, mi estado anímico había cambiado de un día para el otro de manera tajante. Se lo dije a Ana ayer: “¿Ves? Hay que analizar cada poema. Por un lado podemos ver con mayor profundidad dentro de él, por otro lado, sacamos de nosotros algo que a veces ni siquiera sabemos que está allí”. Y ése es el punto: noto que, al menos en lo personal, leer los textos amigos hace que este deambular se convierta en una especie de Test de Rorschach literario, donde lo que termino diciendo señala más hacia mí mismo (o saca más de mí mismo) que lo que supuestamente quise decir. Claro, todo esto tiene sus límites. Como sabe quién pasa a menudo por aquí, me encuentro bien lejos de toda la tontería psicoanalítica; así que esto del Rorschach literario hay que tomarlo con pinzas. También es parte de un juego mayor que pocas veces comprendemos (¿quién puede decir con seguridad que lo que dice es lo que quiere decir o que las palabras son la herramienta adecuada para expresarnos con la debida propiedad?) pero que debemos seguir jugando con placer mientras estemos por aquí, rodando por las dos vidas que nos han tocado en suerte: la real y la virtual.

Invitación.

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Fotografía de Scianna. Borges en el jardín de Villa Palagonia. (fuente: magnumphotos.com; via Los colores de la memoria).

Vuelvo luego de una semana de intermitentes acercamientos a la red. Vuelvo y recorro algunos blogs amigos, de esos que disfruto con abierto e incontenido placer (y que no se moleste quien todavía no me vio pasar por el suyo; son varios y todo no se puede en un solo día) y me encuentro con dos entradas magníficas en ese magnífico blog que es Los colores de la memoria; blog altamente destacable y que recomiendo sin la menor vacilación. las dos entradas en cuestión en realidad son las dos partes de una sola entrada deliciosa por donde se la mire: estética, informativa y técnica. Mónica López Soler es quien administra este sitio y nunca, desde que he tenido el gusto de conocerla, ha dejado una página que no sea digna de ser leída y compartida. En este caso en particular Mónica se ha superado a sí misma al compartirnos su visita a Villa Palagonia, Sicilia, donde se dedicó a recorrer el sitio bajo la compañía de Jorge Luis Borges. Dejo los enlaces a ambas entradas recomendando, nuevamente, el blog en sí mismo; una verdadera fuente de lecturas más que placenteras.

Borges y los seres imaginarios de Villa Palagonia (Primera parte).

Borges y los espejos de Villa Palagonia (Segunda parte).

¿Quién grita en el El grito?

Edvard Munch es uno de esos artistas que, más allá del valor que poseen como tales, son popularmente conocidos por una sola de sus obras. Tan así es que, en muchos casos, hay gente que conoce a la obra pero desconoce el nombre del autor (no es infrecuente el caso en que la obra supera a la mano que la creó). Hablo, claro está, de El grito, y estoy seguro de que ya la han visto antes:

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(Para ver más grande, clic sobre la imagen)

La pregunta que encabeza este post parece hueca, sin sentido; es obvio que quien grita es el hombre que se encuentra en el centro de la pintura, en un primer plano, con sus manos cubriéndose los oídos y su boca que parece emitir un sonido que llega hasta nosotros.

Pero esto no es así. Eso es lo que decimos la primera vez que nos encontramos con esta obra, pero la verdad es algo diferente. En el propio diario de Edvard Munch encontramos la respuesta: “Caminaba yo con dos amigos por la carretera, entonces se puso el sol; de repente, el cielo se volvió rojo como la sangre. Me detuve, me apoyé en la valla, inexplicablemente cansado. Lenguas de fuego y sangre se extendían sobre el fiordo negro azulado. Mis amigos siguieron caminando, mientras yo me quedaba atrás temblando de miedo, y sentí el grito enorme, infinito, de la naturaleza”. Lo que grita, entonces, es el entorno, todo aquello que rodea al hombre en medio del puente.

Ésa es una de las razones por las cuales El grito significa algo especial para mí. ¿Quién no ha sentido algo así alguna vez? ¿Quién no se ha sentido perdido en medio de una vorágine incesante en medio de su entorno? Creo que, en mayor o menor medida, todos los que damos vueltas por este mundo de los blogs tenemos mucho en común con Munch. El acto, la necesidad de expresarnos, la busca constante del diálogo con iguales (que no siempre se encuentran, pero cuando tenemos la fortuna de hallarlos son el mejor motivo para volver aquí una y otra vez), nos hace ser partes de esa obra; la cual, para muchos, más que una pintura parece ser un espejo.