Más que ridículo

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Versión Zen de ¿Dónde está Wally?

Como corolario de la ridícula entrada de ayer, vuelvo sobre el tema y dejo un par de consideraciones más al respecto. Si hablamos del absurdo de la vida podemos tomar como referencia a varios autores, pero quiero apuntar para el lado de la corriente filosófica que mejor capta esta verdad la cual es, sin duda, el budismo Zen. Parte importante del aprendizaje del iniciado se lleva a cabo mediante Koans, breves ejercicios que juegan con el absurdo y que pretenden destacar el sinsentido de la búsqueda consciente de la verdad. Una vez que renunciemos a ella, alcanzaremos la iluminación o Satori (en japonés). El humor derrumba las convenciones y los prejuicios, los hábitos mentales que nos separan de todo lo vivo. Muchísimos son los ejemplos de filosofía Zen que hacen hincapié en esta importante realidad. Sôkan escribió un haiku que decía:

Sé bien que tienes las nalgas heladas,
pero no te acerques demasiado al fuego,
oh, Buda de nieve.

La irreverencia de estas líneas se olvida ante la fuerza vital que expresan. Sentirse pequeño, cómico, ridículo, es quizás la manera más honrada de encontrar y expresar la propia dignidad.

Diógenes
Es por demás conocida la anécdota aquella que narra la historia de Alejandro Magno cuando se presentó ante el barril donde Diógenes vivía y le ofreció satisfacer cualquier deseo que tuviera, Diógenes sólo le dijo: “Apártate porque me tapas la luz del sol.” En otra ocasión, un cortesano le dijo que si hubiera aprendido a adular a los poderosos no tendría que comerse unas simples lentejas como las que el filósofo estaba saboreando en aquel momento. Diógenes le contestó: “Y si tú hubieras aprendido a comer lentejas no tendrías que adular a los poderosos.”
Somos poca cosa. Somos ridículos, risibles, diminutos, inconsistentes. Somos encantadoramente nada y saberlo, ser conscientes de ello, es la única sabiduría a la que podemos aspirar.

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