Relación íntima

hanabusa-itcho

Cuadro y materiales de trabajo de Anabutsa  Itcho

La pintura, en el antiguo Japón, estaba estrechamente relacionada con la caligrafía. No se podía ser un buen pintor si no se era, al mismo tiempo, un buen calígrafo; pero también se consideraba lo contrario; es decir que no se podía ser un buen calígrafo si no se era, al mismo tiempo, un buen pintor. Esto, claro está, es comprensible ante la delicadeza que requería un trazo como un ideograma; el cual debe transmitir, desde su misma imagen, una idea conceptual de lo que designa.

Pero hay un paso más que puede darse: los poetas tenían por costumbre ilustrar sus versos con dibujos, lo cual hace que el poeta sea, a su vez, calígrafo y pintor.

Durante muchos siglos fue costumbre que el poeta y calígrafo escribieran primero una estrofa y luego, en torno a ella, compusieran un cuadro. Las tres disciplinas debían ser, entonces, una única cosa; una única forma de arte. Me pregunto qué pasaría por la mente de uno de estos artistas; cómo verían su entorno y cómo lo sentirían dentro de sí. Una imagen que evoca un verso, un trazo que despierta una imagen, un sonido que se inscribe en el papel como un dibujo y al mismo tiempo como una idea… Se me hace imposible llegar siquiera a acercarme a ese pensar o a ese sentir (como ven ni siquiera sé cómo denominar a esa capacidad).

Ante tanta torpeza expositiva de quien esto escribe, es mejor un ejemplo; en este caso, un haiku de Matsuo Basho ilustrado por él mismo:

Amarillos pétalos de rosa
trueno—
una cascada…

matsuo-basho

 

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