De la imposibilidad de detenerse

 

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Tengo un libro a punto de ser terminado que tiene como tema central al viaje; al viaje en sí mismo, como punto de partida reflexivo y filosófico, y al viaje como experiencia personal, es decir que contiene algunos capítulos donde matizo la temática central con algunos textos personales que he escrito a lo largo del camino. Les dejo aquí, a modo de ejemplo (y mientras busco ese centro del que hablé hace unos días y que aún no aparece), el breve capítulo titulado De la imposibilidad de detenerse.

 

¡Débiles son mis piernas!
pero está en flor
el monte Yoshino.

Matsuo Basho es el maestro absoluto del haiku y tal vez también lo sea del arte de caminar. Lejos de estas páginas el querer resumir la biografía del gran maestro japonés; basta con saber que atravesó el Japón caminando en una época donde este último detalle era considerado como un acto alocado por lo peligroso del camino y que viajaba con el único objetivo de observar a la naturaleza. Podía caminar kilómetros sólo para observar el paisaje desde la cima de una montaña o a la luna desde la orilla de un lago. Como bien sabemos, todo haiku es más que la conocida tríada de 5-7-5 sílabas; el haiku es una gema que debe ser pulida con exquisito detalle y precisión y es por eso que siempre nos dice más de lo que incluyen sus pocas palabras. El que inicia este capítulo me sabe a la quintaesencia del viajero; de aquel que no puede detenerse ni quiere, siquiera, pensar en hacerlo. El deseo de viajar es más fuerte que los impedimentos temporales, ese deseo siempre se impone de una u otra manera a los accidentes de la vida diaria del mismo modo que se imponen, sorteándolos sin dudar un segundo, a los accidentes del camino. El deseo del viajero —el deseo del viaje, tan intrincados están estos dos conceptos que es difícil, sino imposible, diferenciarlos— es tan fuerte que aun si se sabe de serias dificultades en el camino que se va a iniciar, éste será recorrido de igual manera. Citando nuevamente a Basho, el viajero podría recitar:

Hoy el rocío
borrará la divisa
de mi sombrero.

Y aun así nada detendrá su viaje ni su andar.

Permiso para existir.

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Estoy leyendo Andar, una filosofía, de Frederic Gros. Más bien debería decir que lo estoy saboreando, degustando, paladeando, disfrutando con placer casi infantil. El ensayo, como queda bien en claro desde su título, es una loa al simple acto de caminar. Al simple andar como filosofía de vida, nada menos. Los capítulos se alternan entre las notas sobre la libertad, la soledad o la lentitud y capítulos dedicados a reconocidos caminantes como Nietzsche, Henry David Thoreau o Jaques Rousseau. Copio un fragmento, el cual bien podemos aplicar a nosotros mismos, en cuanto regla general: “[El acto de pasear] por el contrario, tiene la inmensa dulzura del desapego. Quiero decir: ya no hay nada que esperar, nada que aguardar. Vivir solamente, permitirse existir. Porque ya no hay que ser alguien, basta dejarse atravesar por una corriente, o más bien por ese arroyuelo insistente de existencia.

Todo ello da a los recuerdos que vuelven a asomar un aire fraterno: son para nosotros como viejos hermanos desgastados. Nos convertimos para nosotros mismos en ese viejo hermano: aquel al que amamos por la sola razón de que ha vivido. De esta manera, con estas caminatas nos encariñamos con nosotros mismos. Nos perdonamos, en lugar de justificarnos. Ya no hay nada que perder, solo queda caminar. Y todo a nuestro alrededor asume un nuevo semblante: consideramos con indulgencia el pájaro temeroso que acecha, con indulgencia la flor frágil que se dobla, con indulgencia la vegetación tupida. Pues en el momento en que ya no se espera nada del mundo, en esas caminatas inútiles y tranquilas, este se entrega, se da, se abandona. Cuando ya no se espera nada. Todo se da entonces como un regalo, gracia gratuita de la presencia. Hemos muerto ya al mundo del trabajo, al éxito, los proyectos y las esperanzas. Pero ese sol, esos colores, ese humo azul que a lo lejos dibuja sus volutas, elevándose despacio, el movimiento de los árboles: todo se nos da por añadidura”.

Andar por andar andando.

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Dice Enrique Vila-Matas: Andar, que es la forma más natural y primitiva de desplazarse, puede convertirse en la actividad más luminosa y la más creativa, porque tiene la velocidad humana; parece producir una sintaxis mental y una narrativa propia”.

Caminar es uno de los placeres más sencillos, simples y grandiosos que tenemos a nuestra disposición. Salir a caminar cada día un “rato” o si es posible un par de horas es algo para mí indispensable. Puedo llegar a ponerme de muy mal humor si por alguna razón no puedo hacerlo (no siempre, claro) y en general siempre encuentro un momento del día en que puedo salir a dar vueltas por la ciudad o donde sea que me encuentre en ese momento. El hábito tiene, entre sus ventajas, el de poner orden en mis pensamientos. En ese sentido funciona perfectamente como una forma de meditación, podría decirse. No por nada salir a caminar fue el pasatiempo favorito de casi todos los filósofos. Recuerdo a Fernado Savater, quien en la introducción de su Diccionario de filosofía, establece en la movilidad de los antiguos griegos el propio origen de la filosofía: Desde luego, la filosofía no la inventó gente que no se movía de casa ni sentía curiosidad por los extraños. Pío Baroja aseguró en cierta ocasión que el nacionalismo es una enfermedad que se quita viajando: por lo visto la filosofía es una enfermedad que se contrae viajando o conociendo a viajeros… De modo que las disquisiciones en que a veces aún se incurre sobre si existen filosofías nacionales […] siempre me han resultado particularmente insulsas. La filosofía es una actividad inventada por griegos viajeros, por griegos planetarios (recordemos que «planeta» en griego significa «vagabundo») y por tanto, en cierto sentido, toda filosofía es griega y, en otro, nunca puede dejar de ser cosmopolita.
Insisto en el carácter de viajeros o exiliados, en suma, desarraigados, de los primeros filósofos…”

Ya he hablado muchas veces sobre este tema, de una u otra manera. Desde aquella entrada titulada Turismo localhasta las diversas entradas en las que he contado algún aspecto de alguno de los sitios que he tenido la suerte de visitar, creo que el caminar siempre estuvo muy presente en este sitio. Tal vez porque como dice Vila-Matas, el caminar tiene una narrativa propia; y con eso es más que suficiente. 

Recuperando el andar

Morelia (1)

Desde hace dos días he recuperado una buena costumbre que, por circunstancias diversas había dejado de practicar: el simple acto de caminar, de caminar sin rumbo ni meta fija, dejándome ir por donde mis pasos quisieran llevarme, ir por una calle cualquiera y volver por otra. Perderme. Preguntar para dónde queda “el centro”, pero haciéndolo de manera general, sólo para que señalaran y dijeran “hacia allá”, nada más que eso, nada de direcciones exactas, cosa de perderme otra vez si era necesario. También he notado que ese deambular (jugar a ser aquel viejo flanneur del que hablé alguna vez) me es absolutamente necesario y que produce cambios notables en mí, y que había olvidado cuánta falta me hacían. Morelia, además, es una ciudad preciosa y caminar por sus calles es un placer añadido; cada calle, cada esquina, tiene su particular encanto y sus propios colores, sus ritmos que cambian de una a otra aunque estén a cien metros de distancia. Sus avenidas, sus edificios de piedra rosa, sus patios interiores, sus innumerables plazas, su gente, todo invita a andar y andar y andar sin querer detenerse. Por último, por diversas razones que no vienen al caso detallar, este deambular de estos últimos dos días me saben a despedida; aún a mi pesar. Creo que pronto volveré a otro deambular, uno que requiere pasos más largos y más constantes. Cuando comencé a viajar dije que dejaría mucho o todo librado al azar, y el azar manda. Será cuestión, entonces, de comenzar a andar.

Algunas fotos de Morelia. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.