Canción negra, el último (primer) libro de Wislawa Szymborska

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Canción negra, el último libro publicado de Wislawa Szymborska, tiene una historia curiosa, aunque no demasiado extraña. Se trata, como dije, del último libro publicado de la poeta polaca, aunque ella nunca quiso publicarlo en vida (y que yo sepa, tampoco dejó dicho que se publicara después de su muerte, pero ya se sabe cómo son los herederos de los escritores y otros artistas). Allá por los años setenta, su ex esposo, con quien mantenía una relación amistosa muy fuerte, buscó en viejas revistas y periódicos locales y recopiló los primeros textos que Wislawa había publicado en sus primeros pasos en la poesía; de allí el nacimiento de este pequeño volumen que ella guardaría por siempre pero que nunca daría a la imprenta. Luego de su muerte el libro sería encontrado junto a otros papeles y, al final, publicado hace algunos años en Polonia y, ahora, en español.

Al leerlo uno comprende las razones por las cuales Szymborska prefirió no darlo a la imprenta. No es que haya mala calidad aquí, ni mucho menos (hay escritores que parece que nunca escribieron mal ni que pudieran haberlo hecho, aunque sea adrede); pero la mayoría de estos poemas están fechados en la época inmediatamente posterior a la segunda guerra mundial y el peso de esa pesadilla está siempre presente, de manera inevitable (¿Y es que alguien que hubiese pasado por esa experiencia podría escribir sobre alguna otra cosa, al menos durante un buen tiempo de maduración y transformación?). Canción negra es el título perfecto para este conjunto de poemas que ahora son un libro y que se hacen imprescindibles para comprender el desarrollo artístico de la que tal vez sea la mejor poeta del siglo XX. Si el libro debió ser publicado o no es algo que hablaremos en otra ocasión; por ahora, les dejo un par de poemas de este último/primer libro de la mejor de todas (ahora sí, sin «tal vez» alguno).

BUSCO LA PALABRA

Quiero definirlos con una sola voz:
¿cómo eran?
Tomo palabras corrientes, robo en los diccionarios,
las mido, sopeso y examino:
Con ninguna
atino.

Las más valientes, siguen siendo miedosas,
las más despectivas, pecan aún de inocentes.
Las más despiadadas, en exceso indulgentes,
las más encarnizadas, poco irrespetuosas.

Esa palabra debe ser como un volcán,
¡golpear, arrasar, arrancar de sopetón,
como la terrible cólera de Dios,
como el odio en ebullición!

Quiero que esa sola palabra
esté empapada en sangre,
que como los muros de un penal
acoja en su interior cualquier fosa común imaginada.
Que describa de forma fiel y clara
quiénes fueron ellos, qué hizo aquella
gente.

Porque lo que oigo,
o lo que se escribe
resulta insuficiente.
Es insuficiente.

Impotente esta lengua,
repentinamente pobres sus sonidos.
Me devano los sesos
buscando esa palabra
pero no lo consigo.
No lo consigo.

          1945

LA CRUZADA DE LOS NIÑOS

En la más ardiente de nuestras ciudades,
hunden el rostro en sangre coagulada
cadáveres de niños,

Primera vez que juegan a la guerra:
ya sin bromas, la primera e intrépida refriega.
Alguien mostró cómo. Él probó. Es coser
y cantar.
Disparar. Da en el blanco. Qué fácil
disparar.
La primera aventura. Adulta, verdadera.
Agarra una botella de gasóleo -tenaz y
concentrado
Ayer serían tres los tanques y hoy llegará
el cuarto.
Se adelantan a la orden unas manos
inquietas.

… a través de una ciudad que cae a
pedazos,
pasto de unas llamas que ya nadie es
capaz de dominar,
armada de unos puños contenidos,
petrificada en un grito,
se abre paso bajo el denso y ardiente
granizo de las balas,
la cruzada callejera de los niños.

Nuestros ojos con los últimos recuerdos
ya cansados:
las manos, saben, creen, en cambio.
Manos con las que habremos de levantar el peso de esta tierra,
que saben que el mundo renacerá sin los fantasmas de la guerra,
que pagará, sin vueltas, por los años abatidos,
y creen en un nuevo orden y un nuevo
ritmo.

… y quizá también por eso
nos ahoga día y noche
ese tristísimo por qué,
ese callado para qué
los cadáveres de los niños caídos.