Todos en capilla V

 

Humildad

 

Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para compartir y esparcir la palabra divina (háganlo como ustedes quieran, compartiendo, practicando, meditando, haciendo estallar cada una de estas palabras, si es que las consideran válidas en algún punto). Hoy compartiremos la enseñanza de nuestra hermana Virginia Woolf, quien de entre sus muchas enseñanzas extraemos ésta (y quiero hacer constar que pocas veces este azaroso sermón dominical se verá engalanado con palabras  mejores que estas. Seré sincero, tal vez un poco más de lo habitual: creo que estas palabras deberían estar grabadas en piedra como aquellas otras que permanecen del hermano Epicuro en algún muro derruido de Atenas); dice la hermana Virginia: «No hay prisa. No hay necesidad de brillar. No es necesario ser nadie salvo uno mismo».

¡Cerrad las puertas del templo, hermanos! ¡Ya está todo dicho! ¡No hay nada que agregar! ¿Cómo puede decirse tanto con tan poco? Pues siendo como la hermana Virginia, supongo. Releo esas palabras con la intención de agregar algo y veo, noto, comprendo, que eso no me será posible ni ahora ni nunca. Esas palabras me golpearon en el rostro como un puño de acero y cuando me levanto de este nock out técnico sólo atino a asentir en silencio y a agradecer a la hermana Virginia su iluminación. ¿Qué es la vida, después de todo? No lo sé; sólo sé que «No hay prisa. No hay necesidad de brillar. No es necesario ser nadie salvo uno mismo».

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Todos en capilla IV

 

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Queridos hermanos, nos encontramos otra vez aquí, luego de tanto tiempo, para compartir la palabra divina; esa que siempre deberíamos tener presente y pasar a nuestra posteridad, la que se está en manos de nuestro pequeños, sean hijos, nietos o lo que la vida nos haya regalado y puesto frente a nosotros.

Hoy nos adentramos en el capítulo altruismo y leemos al hermano Albert Einstein, ese alemán más citado que leído, quien nos recuerda que «Comienza a manifestarse la madurez cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros mismos». ¡Qué sencillez de pensamiento y de exposición, hermanos! Lo que nos dice el apóstol Albert es que mientras estamos pendientes de nuestro ombligo, de nuestra imagen, de nuestro pequeño, diminuto, inconsistente yo, en realidad no hemos superado aún la etapa infantil de nuestras vidas. De allí la importancia del reconocimiento del otro y de la necesidad de comprender al otro y, sobre todo, de ayudar al otro. Nada más y nada menos que el despojarse del egoísmo improducente y banal y comprender que todos somos uno y lo mismo.

Alguno habrá (lo hay, puedo probarlo) que dirá que cuando somos altruistas en realidad estamos buscando el propio placer, ya que el actuar desinteresadamente en beneficio de otro sentimos en nuestro interior una sensación de paz y bienestar pocas veces igualadas y que en realidad es eso lo que estamos buscando; es decir, entonces, que no ayudamos de manera desinteresada. Más yo les digo ¡Y eso qué importa! ¡Seamos egoístas, entonces, si esa es la forma de expresar esa faceta nuestra! ¡Qué importa si buscamos el placer propio o no! Darle la mano al que la necesita no debería ser objeto de tanto análisis ni de tanto trabajo intelectual. Ante el sufrimiento de los demás, recordemos (mejor aún: sintamos) las palabras del hermano Albert y seamos adultos, bien adultos y seguros  en nuestro proceder.

Ahora, nos damos las manos, sentimos a cada hermano en ese contacto y nos vamos en paz llevándonos un pedacito de cada uno (de cada otro) con nosotros mismos. Hasta el próximo domingo.

Todos en capilla

 

key placed on an 18st century vintage book, isolated on white

 

Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para compartir la palabra de nuestros apóstoles y esparcir la buena nueva a los cuatro puntos cardinales. Abramos nuestros libros y leamos el versículo de nuestro apóstol Friedrich Nietzsche, quien nos dice:

«No es la falta de amor, sino la falta de amistad lo que hace a los matrimonios infelices».

¿Qué es lo que nos dicen estas palabras, hermanos míos? Hoy el amor es considerado como un sentimiento maravilloso y mágico que se encuentra de forma azarosa cuando dos personas se encuentran y algo inexplicable ocurre entre ellos. Esa tonta idea es hija de Hollywood y de sus fantasías más que de la realidad. Así las personas olvidan que el amor es un sentimiento que se construye con base en diversos ingredientes y que debe hacerse día a día, momento a momento. Respeto, amistad, paciencia, diálogo, lealtad son algunos de ellos y si alguno falla no habrá guión ni Hollywood que salve al matrimonio del desastre.
El apóstol, en otro versículo notable, también nos dice:

«La esencia de todo bello arte, todo gran arte, es la gratitud».

 

Ruth

 

El significado etimológico de amistad no ha podido ser determinado de manera fehaciente; pero se cree que proviene del latín amicus (amigo) y éste de amore (amar). Por su parte, gratitud proviene de la cualidad de gratus (agradable, bien recibido, agradecido). Como se ve, todos estos términos están estrechamente relacionados y se solapan y enriquecen los unos a los otros.
Ahora, si unimos ambas ideas podemos decir que un buen matrimonio es aquel que se construye día a día, tal como se hace como con toda buena obra de arte. Se construye con el objetivo consciente de lograr una obra bella y sólida de la que se puede estar plena y orgullosamente agradecido.
No olvidemos que también el término matrimonio significa algo más que la unión de una pareja tradicional; también el término incluye a toda unión sentimental honesta: familiar, amistosa y, hasta podríamos decir, laboral. El amor, hermanos, se construye, no se encuentra a la vuelta de la esquina.

Que la paz esté con vosotros.