Áporo, Michoacán

SAM_7811

Otra semana de talleres en la Caravana Cultural, otra semana recorriendo el maravilloso interior de México y sus localidades pequeñas, sencillas, humildes, abiertas, tranquilas. En Áporo, por cuestiones logísticas, dictamos los talleres para niños en lugar de hacerlo para adultos de la tercera edad y fue algo maravilloso poder trabajar con niñas, niñas que sólo querían cantar y tocar música. Cada día estaban en la biblioteca pública antes que nosotros y saltaban de alegría al vernos llegar. Como añadido a las clases de música tuve que enseñarles imágenes de mi ciudad, Mar del Plata, y también del recorrido que realicé al tiempo que respondía las preguntas que se amontonaban en las bocas de todas ellas. Tengo todavía prendidos los abracitos que me dieron al despedirse y su pedido de que volviéramos, así les enseñábamos más canciones para cantar a coro.

Áporo viene después, pero sólo porque es tan tranquilo, limpio y lo mantienen tan prolijo y cuidado que parece más bien un pequeño decorado. El reloj de la iglesia toca, a las seis de la madrugada, las mañanitas; al mediodía, el Ave María; y a las seis el Gloria. Alrededor de la plaza se encuentran los inevitables puestos de comidas y de verduras, pero aquí son pocos y no hay pregones ni restos tirados en las calles.

Nos alojamos en un rancho en las afueras del pueblo. El Rancho Arcoiris está ubicado en la ladera de una montaña boscosa y tiene, además de una tranquilidad infinita, unas enormes piscinas donde se crían truchas y sembrados de maíz desde la parte de detrás de las cabañas hasta la ruta. En este sitio llueve todos los días por la tarde de manera inevitable y precisa. Algunos días llueve mucho y otros llueve más. De todos modos, con paciencia pude, una tarde y entre dos lluvias, salir a caminar por los bosques circundantes. A lo largo de una hora de caminata sólo me crucé con dos automóviles y nada más. Ni un animal, ni una persona, nada. Sólo un viento ligero y la lluvia que se acercaba. Volví a tiempo a la cabaña para la segunda sesión de agua y truenos. Al caer la noche encendí el fuego de la chimenea y cenamos conversando, como suele hacerse cuando no hay TV ni internet ni señal de teléfono. De Áporo me llevo el verde omnipresente, el sonido de la lluvia casi constante y las voces de las niñas cantando. ¿Qué más?

Para ver las fotos en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Sahuayo, Michoacán.

pano 02

Comenzamos la segunda semana en Sahuayo, una ciudad de ochenta mil habitantes donde aún se mantienen las costumbres de un pueblo pequeño. Es una regla casi invariable que a mayor tamaño y población de una ciudad más reservados o indolentes son sus habitantes. Sahuayo parece ser la excepción a la regla: la gente aquí parece no tener prisa alguna y siempre están dispuestos a ayudar con una sonrisa e infinita paciencia. Por la tarde suelen verse los infaltables vecinos sentados en las veredas, compartiendo la charla entre ellos o con los vecinos; pero aquí también hay una diferencia, ya que he podido ver a familias enteras compartiendo esos momentos, algo que no había visto en ningún otro sitio. La plaza es otro punto de reunión ineludible. Es tanto el volumen de gente que la visita desde las nueve de la mañana que hay dispuestas dos hileras de bancos en todo su contorno y, aún así, al atardecer hay grupos en donde algunas personas deben permanecer de pie. El México profundo no deja de asombrarme, de enamorarme (no saben cuántas ganas tengo de sentarme con una de esas familias para simplemente charlar al atardecer), de fascinarme. Será cuestión de dejarme ir y de seguir recorriéndolo.

Ixtlán de lo Hervores

SAM_6932

Hace poco tiempo me invitaron a participar en una caravana cultural para impartir clases de música; la caravana se presentará en once locaciones del estado de Michoacán y los talleristas debemos permanecer en esas localidades por cuestiones prácticas y de logística. El pasado lunes 8 comenzamos a impartir esas clases (son cinco disciplinas: literatura, plástica, teatro, danza y música) en un localidad llamada Ixtlán de los Hervores, la cual queda a unas tres horas de Morelia. Ixtlán cuenta con unos cinco mil habitantes y está enclavado como todas las ciudades o pueblos de esta parte del estado: entre montañas. El hotel donde nos alojamos se encontraba en los límites del pueblo, y uno de sus encantos radicaba en abrir la puerta de la habitación y encontrarse con las laderas de esas montañas cubiertas de verde o a veces vestidas con los hilos de nubes bajas que dibujaban sus contornos. El hotel era sencillo y pintoresco, no tenía servicio de internet (y casi ningún otro tipo de servicio), pero sí tenía patos y gansos que vagaban libremente por los parques, incluida una pata con su hilera de retoños amarillos que la seguían donde fuera, también había un gallo (el que, como todo gallo que se precie nos despertaba temprano en la mañana) y varias golondrinas que habían construido sus nidos en los plafones de las luces de los pasillos o en los ángulos de las paredes. El pueblo se mueve lento, con infinita paciencia. Una camioneta dobla en una esquina y se detiene en seco porque en sentido contrario viene un campesino arreando unas cuarenta chivas; el conductor espera sin decir una palabra y, por supuesto, sin tocar el claxon; cuando pasa el último animal, sigue su camino. La plaza, como siempre, es el centro social. Jóvenes estudiantes ríen sentados en los bancos de hierro mientras los ancianos hablan de sus cosas en voz baja. Alrededor los comercios o los puestos venden helados, pan, ropa, enchiladas, aguas frescas; y el carnicero expone los embutidos prolijamente bajo los rayos del sol. Es tanta la tranquilidad que es muy común que los dependientes salgan a hacer sus cosas, así que uno a veces entra a un comercio y debe esperar varios minutos a que alguien venga, vaya uno a saber de dónde. Un día en que estaba dando una de las clases en La Casa de la Cultura, oigo que me llaman Maestro… maestro… Me acerco y me inclino hacia el hombre, que me dice: Mire, acá ya no queda nadie. Hágame un favor, cuando se vaya, tránqueme la puerta bien fuerte ¿Sí? Así es Ixtlán de los Hervores; un pueblo donde el sol cae con fuerza y donde el aire parece consistente (y donde esto parece darle sentido a su nombre). Valió la pena estar una semana sin internet. Hacía mucho que no compartía noches y noches de charla pura bajo las estrellas, en este caso con los compañeros de enseñanza; sólo charlar por charlar, de reír y compartir nuestro día. Aún quedan diez locaciones por delante. Se va a poner linda la caravana…

Para ver las fotos en tamaño mayor, hacer clic sobre una de ellas.