El precio a pagar.

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«Me doy cuenta de que si fuera estable, prudente y estático, viviría en la muerte. Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, porque ése es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante», dice Carl Rogers y aunque la mayoría asiente como se hace frente a las verdades evidentes, pocos son los que se animan a poner en práctica esas mismas verdades que acaban de aceptar al menos en las palabras. También, como dijo Michel de Montaigne con esa lógica impecable que lo caracterizó: «El valor de la vida no está en la duración de los días, sino en el uso que hacemos de ellos; un hombre puede vivir mucho y muy poco».