El verdugo constante

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 “Homo sum, humani nihil a me alienum puto” escribió Publio Terencio Africano en su comedia “Heautontimorumenos” («El enemigo de sí mismo» o «El verdugo de sí mismo»), del año 165 a.e.c. La frase latina puede traducirse como “Hombre soy; nada humano me es ajeno”, la cual, sin duda, será reconocida por muchos de ustedes.

El título de esa obra de Terencio luego sería retomado por Charles Baudelaire para el poema LXXXIII de Las flores del mal. Allí, Baudelaire comienza diciendo: “Te golpearé sin cólera alguna / y sin odio, como un carnicero” o “¡Yo soy el puñal y la herida! / ¡Soy el cachetazo y la mejilla! / ¡Los miembros y el tormento, / el verdugo y el atormentado!”

Ayer hablé de la realidad dual que nos constituye como esos seres complejos que somos. Hoy, continúo con esa idea en mente y, como corolario, trabajo estas dos ideas: “Hombre soy; nada humano me es ajeno” ¿Pero qué significa ser un «ser humano?» ¿Tal vez ese verdugo y ese atormentado que es uno solo, como señala Baudelaire? Creo que sí; creo que eso somos a lo largo de toda nuestra vida e, incluso, varias veces a lo largo de un solo día. El problema está en que no lo reconocemos; en que creemos ser una unicidad que la realidad se empeña en mostrarnos una y otra vez que no es tal a pesar de nuestra ceguera.

Por cierto, Baudelaire cierra su poema con esta cuarteta lapidaria: “Soy vampiro de mi existir / -uno de esos abandonados, / a risa eterna condenados- / ¡que no puede ya sonreír!”.

Algunas notas sobre el mar.

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Nací y viví casi toda mi vida a orillas del mar. Es inevitable que aquellas cosas que vivimos en la infancia nos marquen de manera definitiva (La patria es la infancia, dijo alguna vez Rainer Maria Rilke) y es por eso que el mar será siempre un compañero inevitable allí donde me encuentre aunque esté rodeado de montañas, como sucede en este mismo momento. Todo esto viene a cuento porque hoy iré a visitarlo, aunque no sea el mar frío de mi Atlántico Sur, sino el cálido Océano Pacífico. Sé que voy a disfrutarlo tal como lo disfruta un niño o tal vez sea precisamente eso: que jamás podré estar frente al mar si no es sintiéndome como un niño; como el niño que fui o como el niño al que nos vemos convertidos al estar frente a él. No hay modo de escapar de esa sensación; frente al mar todos nos sentimos pequeños, diminutos, insignificantes, nulos. Recuerdo también algunas palabras sobre el mar desde ese otro mar que es la literatura:

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Mar: No tiene fondo. Imagen del infinito. Provoca grandes pensamientos. A la orilla del mar, siempre hay que tener buena vista. Cuando se lo contempla, siempre hay que decir: “¡Cuánta agua! ¡Cuánta agua!”. (Gustave Flaubert. Diccionario de lugares comunes).

O también:

«¡Hombre libre, siempre adorarás el mar!
El mar es tu espejo; contemplas tu alma
En el desarrollo infinito de su oleaje,
Y tu espíritu no es un abismo menos amargo».

(Las flores del mal, Charles Baudelaire)

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Por último, un modesto aporte personal:

Mar

El mar no es el mar
El mar no es hombre
No es dios ni espejo del cielo

El mar es la mar
Es diosa, mujer
Mujer con voz de murmullo constante
Que en cada ola dice una sílaba
Única e irrepetible
Sílabas todas que hablan para mí
Único caminante de la orilla de sus costas
Que busca y buscará hasta encontrar
La espuma blanca de sus muslos
O la caracola dormida de su boca.

Horizonte de arena
Silencio nocturno, Mar
Quiero yacer en ti
Vivir en ti
Morir en ti
Que tus brazos me acunen en mi último sueño
Y me dejen ir, ya para siempre,
A habitar la calidez de tus profundidades.

Pero no aún
Aún queda mucho por andar
Por caminar a tus pies
O sumergirme en tu abrazo de agua
Y seguir las corrientes eternas
Que recorren el mundo, mi mundo
De parte a parte
De día en día.

El mar no es el mar
El mar no es hombre
No es dios ni espejo del cielo
El mar es la mar
Es diosa, mujer
Mujer amante
Que me cobija, me calma
Me sugiere, atrapa, seduce
Me desvela
Me desnuda.

 

Relaciones II

¡Se va la segunda! (expresión propia de folclore argentino usada en música, con la cual se avisa a los músicos que se vuelve al tema original). No conocía a Fernand Cormon hasta hace dos días, y es posible que lo hubiese pasado por alto de no haber sido por la notable pintura que dejo aquí debajo. Caín vagando por el desierto seguido por sus descendientes es la imagen más triste y patética que he visto en los últimos tiempos. Leí a Baudelaire en mi adolescencia, lo que significa “hace mucho tiempo”; pero hace muy pocos días encontré un ejemplar de Las flores del mal en casa de una amiga y leí en voz alta algunos de mis poemas preferidos de ese libro; entre ellos Caín y Abel (y Letanías de Satán, otro altamente recomendable). Recordé también al Caín de Saramago y la Milonga de los hermanos, de Borges; pero  sobre todo éste último poema trata más del asesinato que de la maldición en sí, así que no era del todo adecuado para acompañar a esa pintura sorprendente. Entonces, aquí quedan Cormon y Baudelaire (ya lanzado con esto de las casualidades, voy a buscar información adicional y veo que ambos nacieron y murieron en París, Francia. Cuando Cormon nació Baudelaire contaba con veinticuatro años. No es imporbable que el segundo haya influido en el primero y que, incluso, se hayan encontrado en alguno de los tradicionales cafés parisinos de la época. Ya me picó la curiosidad, veré si encuentro algo más al respecto). Perdón, me repito: aquí quedan, entonces, Cormon y Baudelaire, espero que los disfruten tanto como lo hice yo. (Nota: para ver la imagen en mayor tamaño pueden abrirla en pestaña aparte o hacer clic sobre ella. Vale la pena. El poema está escrito originalmente en dísticos, pero no sé por qué el formato preestablecido no respeta los espacios. Debería leerse, para apreciarlo mejor, haciendo una breve pausa cada dos versos).

Cormon,_Fernand_-_Cain_flying_before_Jehovah's_Curse

Fernand Cormon, Cain Flying Before Jehovaa´s Curse

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Caín y Abel

I

Raza de Abel, traga y dormita;

Dios te sonríe complacido

Raza de Caín, en el fango

Cae y miserablemente muere.

Raza de Abel, tu sacrificio

¡Le huele bien al Serafín!

Raza de Caín, tu suplicio

¿Tendrá un final alguna vez?

Raza de Abel, mira tus siembras

y tus rebaños prosperar;

Raza de Caín, tus entrañas

Aúllan hambrientas como un can.

Raza de Abel, caldea tu vientre

Junto a la lumbre patriarcal;

Raza de Caín, en tu antro,

Pobre chacal, ¡tiembla de frío!

Raza de Abel, ¡ama y pulula!

Tu oro también produce hijos;

Raza de Caín, corazón ígneo,

Cuídate de esos apetitos.

Raza de Abel, creces y engordas

¡Como chinche en la madera!

Raza de Caín, por los caminos,

Lleva a tu gente temerosa.

II

¡Ah, raza de Abel, tu carroña

Abonará el humeante suelo!

Raza de Caín, tu tarea

Todavía no la cumpliste;

Raza de Abel, mira tu oprobio:

¡El chuzo al hierro venció!

Raza de Caín, sube al cielo,

¡Y arroja a Dios sobre la tierra!

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Caherles Baudelaire