El laberinto veneciano.

En la ciudad de Monteverdi, Nietzsche y Gast -el amigo del filósofo, músico, autor de una ópera cuyo título es Los Leones de Venecia- ponen a punto el manuscrito de Aurora, libro genovés en su factura, pero que durante mucho tiempo se tituló Ombra di Venezia. Luego piensan, juntos, un libro sobre Federico Chopin. Nietzsche lee a George Sand, Gast estudia las partituras. Tocan las obras en el piano. Me gusta imaginar, bajo los dedos del filósofo, el Estudio n° 12 en do menor, un allegro con fuoco, expresión musical del genio nietzscheano, de su calidad y de su destino. Brío, potencia, fuerza y desesperación: esta obra del opus 10 es una tempestad que prefigura el final de los viajes de Nietzsche. La mano izquierda expresa el eterno retomo de lo trágico, el carácter implacable del fondo negro sobre el cual se inscriben nuestros actos y nuestros gestos: es una trama nocturna; la mano derecha es la voluntad: realiza intentos para arrancar del sopor, tentativas para escapar al destino. La línea se quiebra por una ruptura del ritmo, relámpagos de esperanza y un poco de paz. Otra vez amenazas en el registro grave, antes de la caída que recuerda las frustraciones de lo inacabado. Dionisios triunfa absolutamente sobre Apolo, totalmente, hasta en las consecuencias más dramáticas. La cita del filósofo con la locura ya está próxima, y se encamina hacia la insania: el estudio de Chopin muestra lo que le queda por recorrer y qué abismo se abre al final del sendero. Nietzsche no sabe que está escuchando la prefiguración de su derrumbe. Mientras tanto, regresa a su pensión, en casa Fumagalli, cerca de la Fenice, o en el Albergo San Marco, un cuarto que da a la Piazza San Marco. Siempre solitario, habitado por los sueños y preocupado por los aforismos que está escribiendo, va tras las almas muertas que también transitaron el laberinto veneciano.

Michel Onfray. La construcción de uno mismo. Obertura