Cinco citas sobre el cielo.

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“Es curioso que todos los credos prometen un paraíso que será absolutamente inhabitable para cualquier persona de gusto civilizado”. Evelyn Waugh.

“He leído descripciones del paraíso que harían que cualquier persona sensata dejara de querer ir allí”. Montesquieu.

“En el cielo falta toda la gente interesante”. Friedrich Nietzsche.

“De los placeres de este mundo el hombre por el que más se preocupa es de las relaciones sexuales, sin embargo, éstas se han dejado fuera de su cielo”. Mark Twain.

“No quisiera ningún paraíso donde no se tuviere el derecho a preferir el infierno”. Jean Rostand.

Ojo en el cielo.

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La rueda creada por Horace-Bénédict de Saussure

 

¿Cuál es el cielo más azul que has visto en tu vida? Es una excelente pregunta aunque, como todo color, sujeta a los espejismos de la percepción. De cualquier manera, algunos naturalistas han intentado responderla. En 1789 el físico y alpinista Horace-Bénédict de Saussure invento el cianómetro —tal vez el instrumento de medición más poético que se haya inventado—, utilizando un despliegue circular de 53 secciones tonales armado con papeles teñidos que abarcaban todo el espectro del azul, el cual fue probado en experimentos en las montañas de Suiza. Las secciones iban desde el blanco hasta el negro, con cada una teñida por variaciones de azul prusiano. Con este aparato lograron determinar que la «azulidad» del cielo es una medida de transparencia causada por la cantidad de vapor de agua en la atmósfera. Humboldt luego usó este instrumento en sus expediciones.

Saussure sabía que el azul del cielo era un efecto óptico y sostuvo que, ya que el color se desvanecía sutilmente en el blanco de las nubes, ello debía de ser un indicador de su contenido de humedad. El momento definitivo que había inspirado la conclusión de este aparato ocurrió en 1787, cuando Saussure subió al Mont Blanc y observó el que creía era el cielo más azul que había visto jamás y al cual midió en 39 grados de dicha tonalidad,sea  lo que fuere que eso signifique.

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Tarjeta postal con las gradaciones de cyan. ¿Alguien sabe dónde puedo conseguir una?

 

El cielo de Swedenborg

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Emanuel Swedenborg fue uno de esos hombres que suelen llamarse exponente de su época. Científico e inventor, vivió entre los siglos XVII y XVIII. Cierto día, Swedenborg tuvo una visita extraña: Dios le había enviado un ángel para que lo guiara en un paseo por el paraíso. El bueno de Emanuel fue, vio y al regresar comenzó a escribir sobre su experiencia. He tratado de ser breve y conciso porque quiero detenerme en un punto específico: Swedenborg descubrió que el cielo y el infierno no son sitios donde se nos premia o castiga. Según él, al morir vamos a una especie de limbo, un estado intermedio donde las almas vagan hasta que ellas eligen, libremente, dónde van a ir. El Reino de los Cielos es, para éste místico sueco, un estado del alma. La conclusión es brillante y no deja de maravillarnos: al cielo no entran los idiotas, los tontos, los que anulan su vida; y no entran porque no tienen el entendimiento ni la sabiduría para reconocer las virtudes de este lugar.

Quienes no creemos en un más allá físico podemos considerar a esta idea como una metáfora para el aquí y ahora: quien no está preparándose de manera constante para recibir las bondades del cielo, nunca podrá acceder a él. El Cielo está aquí; en una sinfonía, en un poema, en los ojos de nuestros hijos, en el abrazo de un amigo, en la piel de quien nos ama. Sí, en todo eso que los adustos caballeros de traje y corbata y en las elegantes señoras de la buena sociedad es motivo de burla y muecas de lado está el Cielo; pero, por sobre todas las cosas, es en nuestra mirada y en nuestra comprensión de esos hechos donde vamos a encontrarlo. Quien no tiene la capacidad para disfrutar el aquí y el ahora; para aceptar el abrazo que la fortuna nos pone delante a cada momento, no accede al cielo y, lo que es peor, nunca lo hará.

Gracias, entonces, por el cielo de hoy.