Una clase magistral sobre cómo magnificar el ridículo

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Comienzo aclarando que los premios Oscars, al igual que la mayoría de los premios que se otorgan a lo largo y ancho del mundo, me tienen sin cuidado. Me importan tanto como los dientes de Ronaldo, la cienciología o el régimen de lluvia de ácido sulfúrico en Venus. Pero a veces la realidad es tan graciosa (tan estúpidamente graciosa, incluso) que no podemos dejar pasar la oportunidad. Además, como de todo puede extraerse una enseñanza, también de este caso que traigo hoy a colación podremos extendernos a temas realmente importantes. Yo hoy voy a ceñirme (creo) sólo a lo estúpido, lo otro o dejo para otro día, para el diálogo con ustedes o para pensar en alguno de mis caminatas.

Hace unas semanas se dieron a conocer las nuevas normativas que la Academia de Hollywood impondrá a aquellas películas que pretendan ser candidatas al galardón a mejor película a partir del 2022 y que serán obligatorias (repito: obligatorias) a partir del 2024. Esas normativas indican que: «Los nuevos estándares requieren que al menos «uno de los protagonistas o intérpretes secundarios de cierta relevancia» pertenezcan a un grupo minoritario, una lista en la que están hispanos, negros, asiáticos e indígenas, entre otras etnias. Otra opción es que la trama del filme gire en torno a mujeres, grupos poco representados, personas LGBTI+ o personas con discapacidades. Si no cumple con eso, debe tener al menos un 30% de actores secundarios o con papeles menores que sean para mujeres, miembros de una minoría, discapacitados o LGBTI+. Eso delante de las cámaras, ya que las normativas también afectarán a la parte técnica: desde el director hasta el resto de posiciones clave de la producción».

Por minoría racial la Academia cita:

Asiático,
Latino/hispano,
Negro/afroamericano,
Indígena,
Persona de medio oriente,
Nativo de Hawái o del Pacífico
“Otras etnias o razas poco representadas”.


Por colectivos poco representados en pantalla se entiende:

Mujeres,
Minorías raciales,
Colectivo LGBTQ+
Personas con capacidad diversa.

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Remarco el hecho de que aquellas películas que no cumplan con estos requisitos no podrán acceder a la competencia por mejor película más allá de su calidad artística. Y claro, aquí es donde comienza el ridículo (el cual fue señalado por actores varios, aunque muchos debieron borrar sus comentarios ante las críticas recibidas. Ya se sabe, hay que ser inclusivos pero hasta cierto punto. Las críticas en contra no se aceptan bajo ningún concepto).

¿Se imaginan a El Padrino con un mienbro de la comunidad LGBTQ+ o con un hawaiano como capomaffia? ¿Cómo sería una película como 1917 en donde un tercio de los actores fuesen mujeres, asiáticos, afroamericanos o Drag Queens aún cuando se trate del ejército inglés en plena primera guerra mundial? ¿Y una película como Castaway donde un solitario Tom Hanks ocupa el noventa por ciento del tiempo en la pantalla? ¿Y qué hacemos con Parásitos la última gran ganadora que, por ser una película coreana está llena de… coreanos, precisamente? ¿Le quitamos su premio porque no hay ningún latino en ella o ningún nativo de Alaska? Podríamos seguir por un buen rato y estoy seguro de que ustedes tienen sus propios ejemplos; pero dejemos esto aquí y sigamos.

Está claro que nadie está en contra de ninguna forma de discriminación, eso no haría falta aclararlo; pero lo que la corrección política parece olvidar es que por medio de un decreto lo único que se consigue es, precisamente, más discriminación. Recuerdo un caso sintomático, ocurrido a comienzos de la década del noventa. Seguramente todos recordarán una película como El silencio de los corderos; en ella un estupendo Anthony Hopkins nos regaló una actuación que quedará para la historia; pero ese papel fue pensado, en un primer momento para Louis Gosset Junior, actor hoy bastante olvidado. El papel no se le dio a él porque era afroamericano y la decisión no fue un acto racista, sino un acto de protección que el director y los productores debieron tomar para evitar conflictos con la comunidad negra (de todos modos la tuvieron con la comunidad gay, la cual se manifestó frente a las salas donde se exhibía la película quejándose porque uno de los personajes asesinos era, precisamente, gay). Es decir que la comunidad negra consiguió que un papel histórico y que cualquier actor querría para sí (lo reconoció el mismo Anthony Hopkins en una entrevista para el Actor´s Studio) le fuese dado a un blanco heterosexual de mediana edad (los cuales, por otra parte, parece que no pueden quejarse de que el noventa por ciento de los asesinos, violadores, estúpidos o lo que sea, les sea atribuido. Y está bien ¿por qué deberían hacerlo? Es sólo ficción ¿cómo es que nadie más parece notarlo?).

En síntesis, lo de siempre: con este tipo de medidas lo único que se consigue es «emparejar para abajo» en lugar de hacerlo, como corresponde, «para arriba». Creo que estas medidas van en contra de todas esas minorías mal representadas en la pantalla porque, por un lado siempre se tendrá la válida duda de si tal o cual actor o actriz de esas minorías consiguió su papel gracias a su talento o gracias a una ley que obliga al director a incluirlos en ella; y por otra parte, tampoco lograrán que se les brinden los mejores papeles, ya que muchas veces estos no son, precisamente, el de personajes buenos y bonitos, y como darle esos papeles puede ser considerado ofensivo (llegamos a la palabrita infaltable) para esas minorías, éstas quedarán relegadas, en su mayor parte, a mero relleno, a ser uno más del montón que se encontrará detrás del protagonista (y del malo, que será, casi siempre, como Anthony Hopkins en los noventa: blanco, heterosexual y de mediana edad).

¿Y qué pasa con el arte? Bueno, estamos hablando de Hollywood y de los Oscars ¿Quién necesita arte en este lugar?

Cine y pintura, realimentación (parte I)

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El quinto elemento, Luc Besson (1997) – La columna rota, Frida Kahlo (1944)

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Las artes viven alimentándose unas de otras de manera más o menos perceptible. Así tenemos desde la influencia (voluntaria o involuntaria), la copia, la referencia, el plagio, el homenaje. De este último acabo de encontrar una serie de imágenes que ilustra cómo el cine se ha nutrido en varias ocasiones de la pintura (o de la plástica, si así lo prefieren) y qué tan precisos han sido en ello (supongo que todo tiene que ver con la necesidad propia de la película, además del deseo de homenajear a un artista determinado).  De las muchas imágenes que aquí dejaré (como son muchas las dividiré en dos entradas) prefiero aquellas que toman a las pintura como referencias para obras que nada tienen que ver con el artista. Las imágenes de Shirley. Visiones Of Reality, por ejemplo, aunque son perfectas en cuanto a la reproducción de la obra de Edward Hopper, me parecen menos interesantes porque la película se basa, precisamente, en la obra de este artista. en cambio la imagen de La ricota, de Passolini (cerrará la entrada próxima) me parece una maravilla en un todo.

Vamos a la galería (pueden ver las imágenes en mayor tamaño y la información sobre la película y la pintura, haciendo clic sobre una de ellas. Si colocan el cursor sobre una imagen verán parcialmente la información):

El nacimiento de la ciencia ficción y la inutilidad del arte

SciFiEn los cuadernos de anotaciones de H.G. Wells se encuentra, fechada en junio de 1943, la siguiente cita:
“El escritor de historias fantásticas debe ayudar al lector a jugar el juego correctamente, debe guiarlo de manera discreta para que el lector acepte la hipótesis imposible; debe engañarlo para que convierta una concesión imprudente en una suposición plausible y seguir adelante con su historia mientras la ilusión se sostiene. Y ahí es donde había una cierta ligera novedad en mis historias cuando aparecieron por primera vez. Hasta ahora, excepto en las fantasías de exploración, el elemento fantástico fue traído por la magia. Frankenstein incluso, usó alguna magia algo deshonesta para animar a su monstruo artificial; de hecho, había problemas en el alma de la cosa. Pero ya a finales del siglo pasado se había vuelto difícil exprimir incluso una creencia momentánea fuera de la magia por más tiempo; entonces se me ocurrió que en vez de la habitual entrevista con el diablo o un mago, un ingenioso uso de patrones científicos podría sustituirse con ventaja. Eso no fue un gran descubrimiento. Simplemente traje el material fetiche hasta la fecha, y lo hice tan cerca de la teoría real como era posible”.

Es bueno ver “la cocina” de los grandes escritores; saber cómo accedieron a tal o cual idea; conocer de primera mano sus dudas y sus certezas. Todos esos datos totalmente accesorios a las historias que ellos escribieron, son las que les brindaron a esas historias su carácter único y son parte esencial por las que esas historias permanecen a través del tiempo. Lo que nos señala Wells en estas notas es nada más y nada menos que el nacimiento de la ciencia ficción como género. La magia deja paso a la ciencia; algo tan simple como eso pero que ha tenido una injerencia profunda en la sociedad en que vivimos.

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Hago un repaso mental de algunas películas de ciencia ficción y noto que esa idea plasmada por Wells en 1943 sigue tan sólida como cuando la escribió, aunque los fetiches hoy sean otros. La buena ciencia ficción contiene el elemento primordial del entretenimiento; pero también, como buena expresión artística, le suma elementos que exceden el mero pasatiempo: Avatar y su trasfondo ecológico; Blade Runner, que vuelve a poner en el tapete el tema de la moral aplicada a los animales; la archiconocida Matrix y los muchos problemas filosóficos que trata (el problema mente-cuerpo; la realidad, el mito del héroe, la alegoría de la caverna; etc.); Arrival y el problema del lenguaje (ya voy a hablar de esta maravillosa película) y muchas otras que podrían seguir la lista de ejemplos.

Wells, 1943; nosotros, hoy. La humanidad y sus problemas; el arte y su manejo estético de esos problemas. ¿Quién dijo que el arte no sirve para nada?

Tortura para todos (II)

7472886_origZero Dark Thirty, dirigida por Kathryn Bigelow

El cine, como la TV, la radio y los periódicos, sirve para entretener o informar tanto como herramienta propagandística (quien suponga que ando pensando en términos de conspiraciones paranoicas puede revisar la historia. Desde El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith hasta John Wayne, pasando por la propaganda alemana de Leni Riefenstahl o por los cortos animados de Disney, el cine contiene una larga lista de hacedores propagandísticos bien cercanos a los círculos de poder del momento). Pero al menos había, en estos filmes, ciertos códigos morales que incluso eran parte de la propaganda misma. Por ejemplo: los buenos eran muy buenos y los malos eran muy malos. Esto parece una tontería, pero no lo es en absoluto. Esa delimitación tan tajante hacía que el héroe de turno (digamos, John Wayne), jamás golpeara a un hombre caído o jamás le disparara a un hombre desarmado o lo hiciera cuando éste le daba la espalda. El héroe no sólo era bueno, también debía mostrar esa bondad.
Pero ahora resulta que el cine y las series de televisión comenzaron a mostrar otra cara de la situación y, que esto no nos llame la atención en lo más mínimo, de donde proviene esta nueva faceta “heroica” es de los Estados Unidos. Me refiero a que desde hace un tiempo vengo observando un fuerte discurso a favor de la tortura. La propaganda, afín a los tiempos que corren, es de las más estúpidas que he visto; generalmente hay una bomba atómica (o algo igual de malo) a punto de matar a un montón de niños (o algo igual de tierno) y el héroe debe hacer lo necesario para detener al malo en cuestión (el cual hoy es uno solo: un terrorista. El ejemplo no es descabellado, está tomado de la serie 24, protagonizada por Kiefer Sutherland).
La nombrada 24, Zero Dark Thirty, de Kathryn Bigelow (directora asociada directamente con el pentágono); The Blacklist, y Chicago PD (serie que no he visto pero que se promociona desde ese punto de vista: el héroe usará cualquier método para atrapar a los criminales. Punto.) entre otras que seguramente se me han escapado, hacen de la tortura una herramienta más, totalmente válida y lo que es peor: perfectamente moral.

tortura 2424, protagonizada por Kiefer Sutherland.

De allí que la entrada de ayer haya quedado casi sin terminar, con esas preguntas flotando en el aire para que cada cual las responda a su modo y buen entender. Por mi parte sigo pensando como siempre lo he hecho: considerando a la tortura como algo intrínsecamente inmoral. No admito su existencia por más propaganda que se haga a su favor y como miembro de una sociedad que se presume civilizada, no acepto que mi gobierno la use bajo ningún concepto. Sé que esto puede sonar naïv en los tiempos que corren, pero decir no es una prerrogativa de la democracia y cuando nosotros no decimos no, luego no podremos quejarnos cuando las cosas no funcionan.

Kurosawa, Ran y yo.

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Hace muchos años, caminaba por la avenida independencia, en Mar del Plata, cuando veo que en el cine Ópera se anunciaba el estreno de Ran, de Akira Kurosawa. Mi esposa (la primera de una larga lista de dos) no quiso ir porque se trataba de una película de un director japonés. De nada sirvieron mis argumentos ni mis explicaciones. Ese día no fuimos. Una semana después aceptó ir, pero cuando llegamos al cine ya la habían quitado de la cartelera. Al margen: el Ópera de Mar del Plata era uno de esos cines y teatros donde ir a ver un show, cualquiera fuese, implicaba un acontecimiento en sí mismo. Enorme, con una acústica estupenda, cómodo, elegante, “ir al Ópera” era saber que uno lo iba a pasar bien de alguna manera. Vuelvo: Pasaron algunos años. Estoy hablando de la época del videocassette, internet no existía ni en la mente de las personas comunes y corrientes, así que la posibilidad de ver la película era bastante pequeña. Un día cualquiera, un día que seguramente estaba buscando otra cosa, la veo. Allí, en un estante de un videoclub bastante nutrido, estaba Ran. La tomé de inmediato, como si alguien fuese a quitármela si la dejaba más tiempo allí (iluso de mí). La vimos con mi esposa de entonces (todavía es la misma del primer párrafo) y todavía recuerdo lo que dijo cuando terminamos de verla; simplemente me miró, bajó los ojos y dijo: “Ay, B. Perdón…” Eso fue todo y fue mucho (demasiado, teniendo en cuenta ciertas circunstancias que no voy a detallar aquí). En ese “perdón” estaba implícito el reconocimiento de que Ran era una película para ver en el cine, no es una TV; y que más aún hubiese ganado al verla en in cine como el Ópera. Ahora que ya pasaron muchos más años y que uno ha perdido cosas mucho más valiosas que la posibilidad de ver una película y que coloca esas pérdidas en el marco que les corresponde, me encuentro con esto (gracias al cielo por ciertos aspectos de internet): unos bocetos de Akira Kurosawa. El artículo de donde los tomo es breve y no hace referencia a la película; pero yo sé que son pinturas de Kurosawa referentes a Ran. Vuelvo a ver aquella enorme cartelera de la avenida Independencia e incluso puedo rememorar el viento frío que cruza por esa avenida como si fuese un vehículo más. Vuelvo a mi realidad mexicana de hoy y pienso que el azar nos mueve de manera extraña; que el tiempo en sí es raro y que nunca vamos a poder comprenderlo y que el arte nos encuentra o nos va a encontrar de una u otra manera.

Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

P.D.: Estoy teniendo ciertos problemas de conectividad, lo que significa que tardaré un poco en responderles; de todos modos, ya saben que no dejaré de hacerlo en cuanto pueda. Un abrazo general.

Historia de Cronopios y de Famas (la película)

Dentro del ciclo del actual Festival de Cine de Mar del Plata pude ver, ayer, Historia de Cronopios y de Famas, película basada, claro está, en el libro de Julio Cortázar. Desconocía la existencia de esta película y debo reconocer que pensé mucho en cómo se habría llevado a cabo tal adaptación, ya que ese libro de Cortázar no es, precisamente, un libro sencillo para ser traducido al lenguaje del cine (compré la entrada con bastante anticipación, ya que supuse que las localidades iban a agotarse, lo cual, obviamente, es lo que sucedió).Lo que me resultó atractivo desde el principio es que se trataba de una película animada basada en dibujos y pinturas de grandes artistas argentinos, es decir que prometía ser algo más que  una mera película de “dibujitos animados”. Esto último, sin duda, fue mi más certera predicción. Historia de Cronopios y de Famas no es una película común bajo ningún aspecto. Tan así es que me cuesta encontrar el punto de partida por el cual empezar a hablar de ella. Creo que lo mejor será desmenuzar lo que quiero decir en diferentes puntos. Por el momento les dejo el único video que encontré de la película y seguiré después.

· Historia de Cronopios y de Famas se basa tangencialmente en el texto homónimo de Cortázar. La película está dividida en diez secciones o capítulos y en algunos de ellos es difícil reconocer el texto que se ha tomado como referencia. En ese sentido tengo la sensación de que la película se basa más en las ideas o en la postura política de Cortázar que en el libro en sí (éste sirve, sin embargo, como nexo general, como eje narrativo; pero no mucho más).

· El trabajo plástico es desigual, aunque en líneas generales es de altísimo nivel. Para mí (ésta no es una palabra que me guste usar mucho, pero no tengo opciones), lo mejor de la película fueron los capítulos ilustrados por Antonio Seguí (el cual abre la película); el  abigarrado multicolor de Felipe Noé; los casi monocromáticos pasteles de Crist, y el excelente capítulo final, a cargo del enorme Carlos Alonso.

· Retomo el primer punto (lo cual demuestra que aun sigo sin encontrarle la punta al ovillo de lo que quiero decir). El capítulo décimo, ilustrado por Carlos Alonso, es el que mejor expone la mixtura de textos cortazarianos. Las referencias a la última dictadura militar argentina –en particular a los secuestros y a las torturas– son directas e inequívocas. Cuando uno piensa en Historia de… (es decir, en el libro) no encuentra nada que se le parezca; salvo está que se lea ese texto como una fábula o como un símbolo, lo cual no creo que haya sido la idea original de Cortázar (a este respecto hablaré dentro de poco. Hace un par de semanas terminé de leer Lecciones de literatura, el último libro publicado de Julio Cortázar, y lo que recuerdo que él mismo dice sobre Historia de… es algo bien diferente. De todos modos, releeré esas páginas otra vez antes de escribir el post en cuestión).

· Aun así, rever un texto de un autor y ampliarlo con la misma mirada de ese mismo autor no es algo que esté intrínsecamente mal; simplemente creo que habría que ser más certeros y decir que la película se basa en textos de Cortázar o especificar que se extienden las referencias más allá de ese texto, etc. A lo que apunto es que Historia de Cronopios y de Famas es uno de los libros más divertidos y livianos de Cortázar; sin embargo la película por momentos es demasiado oscura, densa, hasta un poco cruel por momentos. Repito: esto no es un demérito en sí mismo, simplemente me parece poco exacto.

· Dos puntos en contra: a) El doblaje. En líneas generales está bastante bien, pero hay momentos en que los parlamentos suenan terribles, falsos, fuera de tono. En ese sentido creo que hay que aprender de los muchachos del norte, cuyos parlamentos en las películas de animación es perfecto. Si se contrataron a los mejores artistas plásticos para realizar la película ¿por qué no contratar a los mejores actores para las voces? b) La extensión de algunos capítulos o su falta de un final más “redondo”, más acabado.

· Y ya voy terminando que esto se está haciendo demasiado largo para ser sólo un post. Historia de Cronopios y de Famas no es una película fácil de digerir. Por un lado no es una animación tradicional, a lo que hay que sumarle ciertas referencias locales (no pocas veces casi ocultas dentro de un trabajo estético denso u oscuro), también, por supuesto, es necesario conocer el texto original pero, además, es necesario conocer la otra faceta de Cortázar, aquella que se encuentra en algunas de sus novelas o de sus cuentos, pero que mayormente está en los ensayos y en los reportajes. Ésto último no deja de ser un escollo, ya que limita mucho el espectro de posibles espectadores.

 

Todas las mañanas

todas las mañanas del mundo

Hace algunos años, cuando el VHS era novedad, trabajé en un videoclub. El propietario que viésemos las novedades del mes, para así poder recomendar con más acierto a los clientes; pero en seguida me cansé de tal costumbre. La razón fue que gran parte de las llamadas novedades eran malas películas de acción, sobre todo de esas a las que llamo de chinitos voladores. Ustedes ya saben de qué hablo: el héroe en cuestión derriba sólo con sus puños y pies a todo un ejército de maleantes hasta que, al final, se enfrenta a otro como él pero más grande, más malo, más feo, más fuerte… y lo vence tras varios minutos de cruenta batalla donde todo a su alrededor termina destrozado. Bien, paso de ello, aunque alguna película buena hay, obviamente.

El punto es que en aquel lugar me dediqué a ver todo el cine europeo que pude, y allí tomé contacto con una película francesa llamada Tous les matins du monde, es decir, Todas las mañanas del mundo. Lenta, delicada, cuidada hasta el menor detalle, Todas las mañanas… cuenta la historia de Marin Marais y su relación con su maestro, Monsieur de Sainte-Colombe y es el reverso exacto de ese cine pochoclero del que hablé al principio.

El encuadre de cada fotograma recrea la pintura del siglo XVIII. más abajo les dejaré algunas capturas (me disculpo de antemano por la calidad de algunos de ellos, se hace lo que se puede).

Lo reconozco: me enamoré de esta película y, como nadie la alquilaba («es muy lenta» era el argumento más usado para no llevarla), la compré y pasó a formar parte de mi videoteca de entonces. De poco me valió, en algún momento, durante los seis años que viví en EE.UU. alguna mano mágica la hizo desaparecer junto a varias cosas más. Cuando regresé, los videoclubes ya alquilaban el formato DVD, lo cual hizo mucho más difícil encontrar películas como Todas las mañanas… y similares. También la busqué en la red, pero nada. por un momento tuve la sensación de haber pasado a un universo paralelo; no solo no encontraba la película, tampoco encontraba a nadie que la hubiera visto (de esto último me salvó un sobrino, a quien se la había prestado y quien también quedó prendado de ella). Hasta que cierto día (¡Loado sea el Señor de la Red!) alguien, un buen samaritano, un amigo del alma (esos que pululan por el mundo pero que no conocemos físicamente), un compañero de aventuras neuronales (y que se llama Hernán Sandoval), la subió completita y subtitulada a Youtube.

Por supuesto, tardé en descargarla lo que tarda el programa en hacerlo y, por una hora y cincuenta minutos fui el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra, en compañía del eterno Gerard Depardieu, la exquisita Anne Brochet y el increíble Jean-Pierre Marielle. Éste último logra una actuación que roza la perfección. ¿Cómo logra decir tanto con tan poco? Un personaje casi inmóvil a lo largo de toda la película nos transmite cada sensación a través, tan solo, de unos precisos gestos faciales.

Y después le dan el Oscar a cualquier salame cuya única virtud es la de haber participado en una mega-superproducción. Pero eso sí: de Hollywood.

Elogio de la (bella) maldad

Desde niño me he sentido atraído por una clase diferente de belleza. Soy de la época en que Disney nos presentaba sus luego clásicas Blancanieves La bella durmiente. Recuerdo mis fascinación por las malas de la película, nunca por las heroínas. También recuerdo mi desazón cuando el “bien” vencía al “mal” (coloco estos términos entre comillas porque algún día escribiré al respecto: en Disney los términos “bien” y “mal” son bastante ambiguos, cuando no equívocos). Tuve que esperar mucho tiempo antes de que en las películas comenzaran a ganar –a veces– los malos (las primeras que recuerdo son El juego de Hollywood, de Robert Altman y una con Liam Nesson; quizá sea Suspect, aunque no estoy muy seguro. De todos modos, ése es otro tema).

A lo que apunto es a esto: en el primer caso tenemos a Maleficent y la Bella durmiente. ¿Quién podía sentirse atraído por esa rubia con cara de ama de casa  aburrida?  Luego tenemos a La Reina (sin nombre propio) y a Blancanieves. Éste caso, aún en mi infancia, fue y sigue siendo, peor. Blancanieves, con esa cara de pastel mal decorado siempre me resultó patética.

Todo esto viene a cuento porque, hace unos días, fui al cine. La película en vi fue Total Recall, es decir, una de esas cintas aptas para pasar un buen rato de entretenimiento y poco más. La cuestión es que allí trabaja la bellísima Kate Beckinsale, pero por primera vez (creo) le toca el papel de la villana de la película. Y eso fue lo que me llevó a recordar mi infancia y mi comercio con la “belleza maligna”.  Kate endurece sus rasgos perfectos y hace lo suyo: pega y dispara y persigue y vuelve a disparar y a pegar y a perseguir. nada nuevo para una película de acción, pero nunca la maldad fue tan atractiva.

Pido disculpas por mi ignorancia, pero desconozco cómo se colocan dos galerías separadas en este bendito WordPress (estuve buscando información al respecto, pero no pude lograr nada). Hagan de cuenta que las cuatro fotos inferiores van en este lugar.

Sigo y termino. Todo esto no ha hecho más que abrir una serie de interrogantes en mí a los que, por suerte, aún no he terminado de responder. Y quizá nunca lo haga, eso es lo bueno, ¡Viva la filosofía! Interrogantes como: ¿Qué me lleva a sentirme atraído por esas máscaras de maldad? Siendo de carácter más bien pacífico, ¿Qué me lleva a desear –en la ficción, siempre– el triunfo del mal?

Cuando logre responder a algunas de estas preguntas es casi seguro que tendré tema para un nuevo post.