Todos en capilla VII

 

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Queridos hermanos, otro domingo que nos encuentra aquí reunidos ante la palabra del apóstol de los apóstoles. La enseñanza de hoy no por breve será menos certera y digna de llevarla a la práctica. Tampoco, por obvia (dirá alguno) es menos necesaria de ser expuesta en términos claros y sencillos, ya que si bien algo de obvio hay en ellas, no es menos cierto que pocos son quienes las ponen en práctica en la debida medida. Veamos, pues que nos dice el hermano en su Regla número 2:

«Evitar la envidia: numquam felix eris, dum te torquebit felicior «Nunca serás feliz si te atormenta que algún otro es más feliz que tú», Séneca, De ira, III, 30, 3. Cum cogitaveris quot te antecedant, respice quot sequantur «Cuando piensas cuántos se te adelantan, ten en cuenta cuántos te siguen», Séneca, Epistulae ad Lucilium, 15, 10».

«No hay nada más implacable y cruel que la envidia: y sin embargo, ¡nos esforzamos incesante y principalmente en suscitar envidia!».

Como dije más arriba, suena obvio; pero no lo es tanto si tomamos nota de cuántas veces nos asalta este sentimiento pernicioso y vano. Y no olvidemos prestar atención a la última sentencia del apóstol: no sólo no debemos sentir envidia sino tampoco debemos intentar provocarla en el otro. La paz se consigue trabajando en uno mismo pero, al mismo tiempo, debemos trabajar en el bien común, general, empático en toda su amplio sentido y alcance.

Vayamos en paz, entonces, y disfruten este domingo donde el sol ha salido para todos con igual fuerza e intención, sin fijarse en nuestras menudas diferencias.

Sobre los propósitos de año nuevo

 

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Una vez al año, generalmente un poco antes de esta fecha, comienzan a hacerse los famosos planes o proyectos para el año que comienza. Eso es un tópico común, el cual se olvida, en general, a los pocos días. Pero este fragmento que compartiré, es digno de ser considerado como un marco de referencia para poner en práctica no éste, sino todos los años; tanto el que comienza ahora como el que comienza el primero de febrero o el quince de agosto o cuando sea.

 

Con ocasión del año nuevo

Todavía vivo, todavía pienso: tengo que seguir viviendo, tengo que seguir pensando. Sum, ergo cogito: cogito, ergo sum. Hoy en día todo el mundo se permite expresar su deseo y su más querido pensamiento: pues bien, también yo quiero decir lo que hoy desearía de mí mismo y qué pensamiento fue el primero que me corrió este año por el corazón, ¡un pensamiento que será para mí fundamento, aval y dulzura de toda la vida ulterior! Quiero aprender cada vez más a ver lo necesario de las cosas como lo bello: así seré uno de los que hacen bellas las cosas. Amor fati: ¡sea este a partir de ahora mi amor! No quiero hacerle la guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero acusar ni tan solo a los acusadores. ¡Mirar a otro lado sea mi única negación! Y, en general y en definitiva: ¡quiero, algún día, ser solo alguien que dice que sí!

Friedrich Nietzsche. La ciencia jovial, Libro cuarto, parágrafo 276.

Amor fati significa literalmente «amar al destino», aunque personalmente prefiera decir «amar lo que sucede». Es necesario emanciparse de los tormentos que orbitan fuera de nuestro propio centro de gravedad, para poder afirmarse en un pie de voluntad y superación.
El «sí a la vida» es un No a la fealdad, a la culpa, a la acusación y al resentimiento. El «sí a la vida» es un sí al pensamiento, a la creación y a la superación. ¡Menudo propósito para comenzar cada día!

Leer, leer, leer, leer y, recién después, leer

Una serie de citas sobre el arte de la lectura. Sin más palabras ni explicaciones. Porque sí.

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Leer buenos libros es como mantener una conversación con las mentes más eminentes de los siglos pasados ​​y, además, una conversación estudiada en la que estos autores nos revelan solo lo mejor de sus pensamientos.

– René Descartes, Discurso sobre el método, 1637.

 

 

 

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Para él, los libros eran como amigos, y leer una extensión de compañerismo, una forma de expandirse más allá de la circunferencia del tiempo y colocar el círculo de conocidos entre los familiares.

– Michael Holroyd, hablando de Lytton Strachey, 1971.

 

 

leer 04«No hay nada como los libros». De todas las cosas que se venden, no hay nada que se les compare. Son las más baratos de todos los placeres, los que menos se cansan, ocupan poco espacio, guardan silencio cuando no los quieren y, cuando los recogen, nos enfrentan cara a cara con los hombres más selectos que hayan vivido, en sus momentos más selectos.

Como compañero de caminatas por el país, prefiero llevar en mi bolsillo a Milton (al que he llevado durante veinte años), en lugar del para nada adorable bull terrier Trimmer, que me acompañó durante cinco años. Milton nunca se inquietó, ni asustó a los caballos, ni corrió tras las ovejas o fue atropellado por una furgoneta de mercancías.

 Samuel Palmer, carta a Charles West Cape, 31 de enero de 1880.

Y mi cita favorita (al menos de las de hoy):

leer 03En un sentido muy real, entonces, las personas que han leído buena literatura han vivido más que las personas que no pueden o no quieren leer. … No es cierto que solo tengamos una vida por vivir; si podemos leer, podemos vivir tantas vidas más y tantos tipos de vidas como deseemos.

– S.I. Hayakawa, El lenguaje en el pensamiento y la acción, 1952.

Amigos así

 

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En estos tiempos donde opinar diferente (a quien sea y por lo que sea) puede ser motivo de ruptura permanente; donde la paciencia es una bomba que tiene la mecha corta; donde la diferencia es señalada como defecto o falencia; donde la discusión ha vencido al debate y la opinión al argumento, bien vendría leer a menudo este fragmento de Friedrich Nietzsche que dejaré a continuación. Hago la aclaración de que no sé de quién está hablando el filósofo alemán (la cita la tomé de una fotografía de una página que me pasaron, pero he perdido los datos; sólo recuerdo que se encuentra en el primer volumen de las Obras completas, editadas por Gredos); pero tampoco importa demasiado; lo que importa es lo que se señala en ella:

«No trabajábamos mucho, al menos en el significado práctico de la palabra, y sin embargo, cada día que pasábamos juntos suponía para nosotros un día de enriquecimiento. Por primera vez aprendí que una amistad en vías de formación podía tener una base ético-filosófica. […] Discutíamos a menudo porque había una cantidad enorme de cosas en la que no estábamos de acuerdo. Pero en cuanto la conversación se hacía más profunda, las diferencias de opiniones desaparecían y sólo percibíamos una armonía plena y serena […]. Pienso con deleite en las horas que pasamos como artistas, alejados por un momento de la desazón y de la ansiedad de la voluntad de vivir, abandonados a la contemplación pura».

 

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Primera reacción: decir ¡Qué tiempos aquellos! Segunda reacción: volver a poner los pies en la tierra y reconocer que Nietzsche y quien haya sido su amigo forjaron esa relación y que eso también puede hacerse hoy también. Yo he tenido la suerte de encontrar amigos así, pero noto, no sin cierta tristeza, que esto es cada vez más difícil. De todos modos, si estamos de acuerdo en que puede hacerse, deberíamos poner manos a la obra y dejar de quejarnos. A debatir se aprender, a aceptar las diferencias, también.

 

Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.

Elogio de la soledad. Elogio del silencio.

 

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Escribir, leer, pensar. En esa ecuación pueden intercambiarse dos términos sin que se modifique su esencia. Podríamos decir, también: leer, escribir, pensar. Los dos primeros términos van de la mano y los aprendemos juntos; el tercero es la consecuencia, el logro final. Luego tenemos dos accesorios fundamentales para lograr un buen resultado; dos accesorios que tienen peso y valor por sí mismos, pero que aquí se aplican como auxiliares: la soledad y el silencio. Sin ellos no hay pensamiento posible ni tampoco, siquiera, la posibilidad de conseguirlo. Víctor Bravo, en su leer el mundo, lo dice de manera impecable:

«La lectura, tal como la conocemos, está ligada a la soledad y al silencio. En un texto juvenil y muy bello, María Zambrano dice algunas cosas sobre la escritura que pueden aplicarse, punto por punto, a la lectura. Escribir, dice Zambrano, «es defender la soledad en que se está». Leer, podríamos añadir nosotros, como un eco, también es defender la soledad en que se está. Una soledad, sin embargo, que es compañía, una cierta forma de la compañía, una extraña modalidad de la amistad. Y leer es también defender un cierto silencio. Pero un silencio que es comunicación, una cierta forma de comunicación. Esa que se da cuando cambia nuestra relación cotidiana con las palabras, cuando pasamos de hablar demasiado y de escuchar sin atención, a atender al lenguaje mismo en su máxima pureza y en toda su gratuidad».

 

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Me voy con una nota final (no hay nada que quiera agregar a la cita de Bravo; creo que ella es por demás sintética): me pasa muy a menudo que, al trasladar las citas a la computadora, veo que el mismo acto de escribirla con mis propias manos hace que las diferentes oraciones cobren un sentido más profundo, más sensible. En este caso particular, donde la cita habla de la lectura y de la escritura (los dos actos que debo poner en marcha para trasladar el texto aquí) tuve la sensación de ingresar en un círculo cerrado de sentido y comprensión. Una especie de metaliteratura o, si se quiere, una especie de literatura fractal, si se me permite el neologismo. Pero eso es secundario; lo importante es que la soledad y el silencio en el que estaba inmerso cuando trasladé la cita me hicieron ver —sin necesidad de palabras— que lo que dice Víctor Bravo es cierto en un cien por ciento.

 

Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.

Breve ensayo sobre el sentido de la vida (Parte V)

 

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Para finalizar con esta serie; sólo dejaré una última cita porque es tan poderosa que cualquier añadido sería un exceso. Pertenece a Richard Dawkins y se encuentra en su libro Destejiendo el arco iris:

 «Nosotros vamos a morir y eso nos convierte en los afortunados. Mucha gente nunca va a morir porque ellos nunca nacerán. Las posibles personas que podrían haber estado aquí en mi lugar pero que de hecho nunca verán la luz del día excede en número a los granos de arena del desierto del Sahara. Por supuesto aquellos fantasmas sin nacer incluyen poetas más importantes que Keats y científicos más importantes que Newton. Nosotros sabemos esto porque el conjunto de posibles personas permitidas por nuestro ADN excede  masivamente al conjunto de personas reales. A pesar de estas asombrosas posibilidades, somos TÚ y YO, en nuestra normalidad, los que estamos aquí. Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de la vida en contra de todas las probabilidades ¿Cómo nos atrevemos a lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado anterior del cual la inmensa mayoría nunca ha despertado?»

Breve ensayo sobre el sentido de la vida (Parte IV)

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No sé quién es el autor de la siguiente cita, pero debemos agradecerle la lección de humildad:

«Antes de juzgar a otros o de pretender ser el dueño de la verdad, considera lo siguiente: puedes ver menos del 1% del espectro electromagnético y oír menos del 1% del espectro acústico, Mientras lees esto, estas viajando a 220 kilómetros por segundo a través de la galaxia. El 90% de las células de tu cuerpo poseen su propio ADN microbiano; por lo tanto no son «tú». Los átomos en tu cuerpo son 99.9999999999999999% espacio vacío y ninguno de ellos es el mismo que con los que naciste, pero todos ellos se formaron dentro de la misma estrella. Como ser humano, tienes 46 cromosomas, dos menos que un orangután o un gorila y apenas dos más que un antílope. La existencia del arcoíris depende de fotorreceptores cónicos en tus ojos, para los animales sin conos, el arcoíris no existe; por lo tanto, cuando ves un arcoíris, en realidad lo estás creando. Esto es bastante sorprendente, especialmente si consideramos que toda la belleza de los colores que puedes ver representan menos del 1% del espectro electromagnético».

Lo que me atrae del texto anterior es, como dije, la lección de humildad, ya que nos pone en nuestro sitio; pero, al mismo tiempo deja la puerta abierta para que no nos olvidemos de un detalle importante: esa nimiedad que nos conforma incluye cierta grandeza, cierta posibilidad de ser más. Como dijo Pascal, en sus Pensamientos: «El hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero es un junco que piensa».

Finitud, infinitud; sencillez, complejidad; sentido, absurdo; vida, muerte. Tal vez el sistema solar no sea más que un átomo de un ser inconmensurable; tal vez un átomo de nuestro cuerpo contenga toda una civilización que se hace las mismas preguntas que nosotros. Todo cabe en nuestra manos: la nada y el universo.

Breve ensayo sobre el sentido de la vida (Parte III)

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El dibujo era sencillo pero muy sugerente. Un hombre moría y caía a tierra. Con el paso del tiempo comenzó a descomponerse para terminar siendo nada más que un puñado de huesos; éstos, poco a poco, se convirtieron en colinas y sobre ellas aparecieron árboles, pájaros y más personas que caminan sobre ellas. Alguien que compartía ese momento dijo «¿No sería muy triste que eso fuera todo?», a lo que respondí con mi propia idea sobre el asunto, la cual no es otra que si después de la muerte vamos a vivir por siempre, entonces esta vida carecería de sentido, lo cual sí sería realmente triste. En síntesis: las dos viejas posturas opuestas e irreconciliables (las cuales no me alejaron de esa persona, por fortuna).

Arthur Schopenhauer dijo, en una frase que puede parecer naïv pero que condensa mucha más verdad y profundidad de lo que puede verse a simple vista (además, si alguien quiere ahorrarse la lectura de las 1600 páginas de El mundo como voluntad y representación y sus notas puede considerar esta cita como a la síntesis de la síntesis):

«Encontré una flor silvestre, me admiré de su belleza, su perfección en todas sus partes y exclamé: «Pero todo eso, en ella y en miles iguales, brilla y se marchita sin que nadie lo observe y a menudo sin ni siquiera ser contemplado por ojo alguno». Ella contestó: «¡Necio! ¿Piensas que florezco para ser vista? Florezco por mí y no por los demás, florezco porque me place: en eso, en que florezco y vivo, consisten mi alegría y mi placer».

La voluntad (voluntad como «impulso vital», no como «opción deliberada») que forma el trasfondo de toda vida debe ser el norte de nuestra existencia. Del mismo modo en que esa flor crece y florece por y para sí misma, así nosotros debemos plantarnos sobre nuestros pies con firmeza y convicción y vivir valorando esta vida y ninguna otra. Hay que aclarar que de ninguna manera se hace aquí una apología del egoísmo y de la individualidad más descarada, no; ese tipo de lecturas erróneas parte de tomar la parte por el todo (por eso hay que leer esas 1600 páginas, de un modo u otro) y quedarse, precisamente, con la apariencia en lugar de la sustancia.

Vivir es vivir el instante; ser conscientes del presente y valorar el inefable sentido de estar vivo. En una palabra: Ser. Ser con plena conciencia y a como dé lugar, superar cualquier escollo que se nos presente y aprender a despedirse de lo que deba o quiera quedar atrás. Vivir pendientes o presos de la mirada ajena no es vivir, sino delegar nuestra vida en las manos (o en los ojos, para seguir con la metáfora) del otro y eso nunca nos permitirá la independencia que necesitamos para poder decir «florezco porque me place: en eso, en que florezco y vivo, consisten mi alegría y mi placer».

 

Breve ensayo sobre el sentido de la vida (Parte II)

RV-AA248_MAHLER_DV_20101005223550Caer no es el problema, el problema es no querer levantarse. No poder levantarse es otro asunto, lo que digo es que muchos no quieren levantarse y prefieren quedarse allí dando lástima o pretendiendo la conmiseración ajena por un raspón en la rodilla. Gustav  Mahler, quien por lo visto sabía de estas cosas, dijo:

«Cuando la abominable tiranía de nuestra moderna hipocresía y falsedad me ha llevado hasta el punto de deshonrarme a mí mismo, cuando la inextricable red de condiciones en el arte y en la vida ha llenado mi corazón de asco por todo lo que es sagrado —el arte, el amor, la religión—, ¿qué salida hay sino la autoaniquilación? Lucho como un salvaje para romper los lazos que me encadenan al repugnante e insípido pantano de esta vida, y con toda la fuerza de la desesperación me aferro a la tristeza, mi único consuelo. Entonces, de repente, el sol vuelve a sonreírme y desaparece el hielo que me aprisionaba el corazón; vuelvo a ver el cielo azul y las flores columpiándose al viento, y mi risa burlona se deshace en lágrimas de amor. Por eso tengo que amar este mundo con todo su engaño y frivolidad y su eterna risa». Gustav Mahler (tomado del libro ¿Por qué Mahler? De Norman Lebrecht).

¡Ajá! ¡Justo en el clavo! «Por eso tengo que amar este mundo con todo su engaño y frivolidad y su eterna risa». Precisamente por absurdo y ridículo, pero también, y al mismo tiempo (la madre de todas las paradojas) por bello e inigualable. La construcción de sentido no puede realizarse sin esfuerzo, sin perseverancia y sin saber reírse, cada vez que sea necesario, de la mayor parte de nuestras caídas y, hay que ser sinceros, también de quienes lloran en el piso sin atinar a levantarse por sus propios medios.