Breve ensayo sobre el sentido de la vida (Parte II)

RV-AA248_MAHLER_DV_20101005223550Caer no es el problema, el problema es no querer levantarse. No poder levantarse es otro asunto, lo que digo es que muchos no quieren levantarse y prefieren quedarse allí dando lástima o pretendiendo la conmiseración ajena por un raspón en la rodilla. Gustav  Mahler, quien por lo visto sabía de estas cosas, dijo:

«Cuando la abominable tiranía de nuestra moderna hipocresía y falsedad me ha llevado hasta el punto de deshonrarme a mí mismo, cuando la inextricable red de condiciones en el arte y en la vida ha llenado mi corazón de asco por todo lo que es sagrado —el arte, el amor, la religión—, ¿qué salida hay sino la autoaniquilación? Lucho como un salvaje para romper los lazos que me encadenan al repugnante e insípido pantano de esta vida, y con toda la fuerza de la desesperación me aferro a la tristeza, mi único consuelo. Entonces, de repente, el sol vuelve a sonreírme y desaparece el hielo que me aprisionaba el corazón; vuelvo a ver el cielo azul y las flores columpiándose al viento, y mi risa burlona se deshace en lágrimas de amor. Por eso tengo que amar este mundo con todo su engaño y frivolidad y su eterna risa». Gustav Mahler (tomado del libro ¿Por qué Mahler? De Norman Lebrecht).

¡Ajá! ¡Justo en el clavo! «Por eso tengo que amar este mundo con todo su engaño y frivolidad y su eterna risa». Precisamente por absurdo y ridículo, pero también, y al mismo tiempo (la madre de todas las paradojas) por bello e inigualable. La construcción de sentido no puede realizarse sin esfuerzo, sin perseverancia y sin saber reírse, cada vez que sea necesario, de la mayor parte de nuestras caídas y, hay que ser sinceros, también de quienes lloran en el piso sin atinar a levantarse por sus propios medios.

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Thoreau, interpelándonos

ThoreauHay autores que se nos vuelven imprescindibles. Cada uno tendrá los suyos, claro está; cada cual obtendrá lo que busca de diferentes fuentes e, incluso, de diferentes maneras. Lo bueno de esto, también, es que si no nos quedamos quietos, esos autores nuevos aparecerán en el horizonte y nos acompañarán a lo largo de este nuevo camino. Otra cosa interesante es que esos autores imprescindibles en realidad sólo lo son por un rato y eso no está mal; eso significa que crecemos con ellos y que luego nos sueltan la mano para que sigamos camino solos. Ésa es la idea de todo buen maestro, después de todo.

Henry David Thoreau es uno de los últimos que ha llegado a casa y que se ha instalado cómodamente, con la intención aparente de quedarse por un buen tiempo. Ha sido más que bienvenido, claro está, y he aquí un par de citas —de las muchas, muchísimas que podría compartir— por las cuales se lo trata como a uno más de la familia.

 

«Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… Para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido». La primera de ellas es casi personal, aunque puede (y debería) ser considerada en un sentido general. Simple, directa y necesaria. Por supuesto, nadie dice que hay que abandonar todo para irse a vivir al bosque, no hay que  ser tan dogmático; pero aplicar este modo de vida a nuestra realidad actual sí es posible. digamos que podríamos intentar el camino opuesto: ¿Por qué no transformar nuestra realidad en un bosque?

 

 

Henry David Thoreau (9)

 

«La ley jamás hizo a los hombres un ápice más justos; y, en razón de su respeto por ellas, incluso los mejor dispuestos se convierten a diario en agentes de la injusticia». El mejor ejemplo de este tipo de actitud lo tenemos, por regla general, en la religiones, donde personas con un buen criterio moral terminan haciendo lo incorrecto porque «Así lo manda la ley». Pero no es el único ámbito, por supuesto, en todos lados se cuecen habas, como dice el dicho popular. Hace un par de días, una mujer arroja a un ciego fuera del vagón del metro porque éste era exclusivo para mujeres. Pueden ver el video de sólo quince segundos aquí, a modo ilustrativo de lo que la gente entiende por «ley» en lugar de por «moral».

«¿Es la democracia, tal como la conocemos, el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso más hacia el reconocimiento y organización de los derechos del hombre? Nunca podrá haber un Estado realmente libre e iluminado hasta que no reconozca al individuo como poder superior independiente del que derivan el que a él le cabe y su autoridad, y, en consecuencia, le dé el tratamiento correspondiente». Por último, una cita que nos viene bien a todos, independientemente del país en que vivamos. La democracia, hoy, es un sistema que ha dejado de funcionar de manera adecuada, por lo tanto, es necesario modificarlo o, directamente, cambiarlo. Si Thoreau sabía esto hace ciento setenta años ¿Cuál es nuestra excusa ante nuestra ceguera?

 

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Más que nunca

 

Albert Camus

 

Albert Camus dijo, en una conferencia dictada en 1957: «Cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea acaso sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga». Esta frase podríamos retomarla hoy con la certeza total de que deberíamos aplicarla con plena justicia. Sé que cuando Camus dijo lo anterior venía de la mayor guerra en la que el hombre se había visto envuelto y eso podría hacernos pensar que querer aplicar hoy sus palabras podría parecer exagerado; así que me adelanto a tales críticas y digo que acepto el punto, pero que de todos modos, hay algo en esa frase que sigue siendo válido, ya que una nueva costumbre ha hecho que, en la práctica, ciertos aspectos de nuestro mundo parezcan estar desmoronándose rápidamente. Esa costumbre nos viene de fines del siglo pasado, pero nunca como ahora se está haciendo carne en la sociedad toda, y no es otra que la de considerar a cualquier idiota como figura central en cualquier tema (también podríamos decir: la costumbre de considerar que cualquier tontería es válida porque alguien la dijo y criticar a ese alguien es incorrecto sólo porque sí).

Hace un par de días encontré este cartón que lo ilustra a la perfección:

 

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Estos pilotos presumidos han perdido contacto con pasajeros regulares como nosotros. ¿Quién piensa que yo debería volar el avión?

 

Lo peor de la ilustración anterior es que expone el verdadero problema, el cual no es que un idiota delire y que lo haga público; sino que los demás lo siguen en ese delirio bajo la premisa del nosotros como entidad conjunta de incomprendidos y, por lo tanto, discriminados (ésa es la palabra clave: discriminidados. Se usa para cualquier cosa y en cualquier circunstancia).

Creo que hoy nuestra batalla corre por ese camino y que, sin exagerar, el mundo se está desmoronando porque dejamos las cosas en manos de quien no tiene la capacidad para enfrentar los problemas como corresponde. ¿Cómo vamos a solucionar los problemas sociales si seguimos votando a gente como Trump o Macri? ¿Cómo vamos a encontrar la paz interior si seguimos dejando nuestra espiritualidad en manos de curas, ancianos, rabinos o imanes? ¿Cómo vamos a avanzar en salud si seguimos creyendo en horóscopos o sanadores milagrosos? ¿Cómo vamos a avanzar en educación si seguimos pensando que los maestros ganan demasiado y que no tienen derecho a quejarse?

Sí, soy consciente de que los problemas son muchos y variados; pero creo que todos ellos comenzarán a solucionarse cuando comencemos a darle a cada uno el lugar y el papel que le corresponde. Termino con Camus, otra vez: «Sabemos que acaso sea imposible nuestra salvación, pero esa no es razón para dejar de intentarlo. No está permitido calificarla de imposible antes de haber hecho lo posible para demostrar que no lo era. Más que nunca, hay razones para luchar». Lo bueno de nuestros problemas es que no son tan terribles como para calificarlos de imposibles. En ese sentido, vivimos en unos tiempos mejores que los del buen Albert; pero, de todos modos, no por eso tenemos permiso para bajar la guardia.

La amenaza del despertar

 

Hermann Hesse

 

Editorial Losada ha editado dos libros con fragmentos (casi a modo de sentencias, me atrevería decir, aunque son más que eso, por fortuna) de Hermann Hesse. Del primero de esos volúmenes rescato esta magnífica cita que emparenta al autor alemán con lo mejor de la corriente humanista propia de su tiempo, pero que se extiende hasta nosotros en la medida en que esa escuela aún sigue siendo válida en la mayor parte de sus postulados. Dice Hesse: «Cada hombre es el centro del mundo, alrededor de cada uno parece girar voluntariamente, y cada hombre y cada día de su vida es el punto final y la culminación de la Historia: tras él, los siglos y los pueblos están hundidos y marchitados, y ante él no hay nada, sólo el momento, todo el gigantesco aparato de la Historia parece estar al servicio del apogeo del presente. El hombre primitivo considera como una amenaza cualquier cosa que perturbe este sentimiento de ser el centro, de estar en la orilla mientras los otros son arrastrados por la corriente, se niega a que le despierten y le enseñen, le parece odioso y hostil el despertar y el verse rozado por la realidad y se aparta con instinto amargado de aquéllos a los que ve acometidos por el estado de alerta, de los visionarios, problemáticos, genios, profetas, posesos».

¿No es esto lo que vemos a nuestro alrededor en todo momento, en los medios, en la red y por doquier (en este sentido la red sirve para que podamos observar de cerca lo que en otros momentos no era más que lejanía inaccesible). Para terminar con la idea, una página después Hesse nos dice, y esta vez sí, a modo de sentencia casi conminatoria: «Quienes no quieren responsabilidad ni pensar por cuenta propia necesitan y exigen caudillos».

Nuestra hora más humilde

J.M. Barrie

«La vida de cada hombre es un diario en el que quiere escribir una historia y escribe otra; y su hora más humilde es cuando compara el volumen tal como es con lo que prometió hacer», dijo James Matthew Barrie, el recordado autor de Peter Pan (quien escribió muchas otras cosas más, por cierto). También dijo, en consonancia con la cita anterior: «La vida es una larga lección de humildad»; frase que debería ser una verdad de Perogrullo pero, como suele suceder, no lo es en absoluto. Revisar ese diario nuestro y sumergirnos en esa lección de humildad al que el texto nos obliga es algo tan precioso que deberíamos obligarnos a hacerlo cada mañana, poco antes del desayuno. Creo que sería más beneficioso que cualquier alimento que pudiéramos tomar más adelante.

Destinos secretos

 

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Los seres humanos somos animales de costumbres, y una de ellas es la de manejarnos con ciclos, los cuales nos permiten ordenar un poco mejor las cosas. En el caso del ciclo anual, tal vez la más importante de estas cosas, sea esto dicho así, como algo general, sean los recuerdos, la memoria. Es entonces que nos volcamos a los abrazos y a los buenos deseos, sabedores que cada día es un principio y cada día un final. Esto último se parece mucho a un viaje. La estación de partida, la estación de llegada, un sello en el pasaporte, una espera en una estación de autobuses a la noche, un sándwich que se come parado en una esquina, una tarde de sol en un parque, como si fuésemos un jubilado antes de tiempo.

Quienes me conocen saben que el viaje, para mí significa varias cosas al mismo tiempo. Metáfora y substancia; idea, sueño, materialización de una necesidad. También dualidad: el viaje exterior, el viaje interior… Sea del modo que fuere, el viaje es, aunque muchos se nieguen a verlo o a vivirlo. Es por eso que dejaré aquí algunas citas sobre viajes, como síntesis de lo que quiero decir. O sea, como síntesis compartida con otros viajeros anteriores, más lúcidos que yo y que me enseñaron a seguir un camino determinado.

 

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«El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan. Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración. El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje». José Saramago.

«El mundo es un libro, y los que no viajan leen sólo una página». San Agustín.

«Viajamos para cambiar, no de lugar, sino de ideas». Hipólito Taine.

«El verdadero viaje de descubrimiento no es buscar nuevas tierras, sino mirarlas con nuevos ojos». Voltaire.

«Todos los viajes tienen destinos secretos sobre los que el viajero nada sabe». Martin Buber.

Y por último, de autor desconocido:

«Viajar es la única cosa que pagas y te hace más rico»”.

Que el tiempo les depare interminables singladuras, mis amigos.

Un mundo en un grano de arena

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A veces nos encontramos con personajes, artistas o escritores que sin tener una extensa obra (o sin que podamos acceder a ella por algún motivo) nos dicen un par de frases y nos dejan prendados de esas palabras, suponiendo que el resto es de la misma calidad. Geoffrey Spencer Madan, para mí, es uno de ellos. Madan fue un belleista inglés (el término belleista no tiene una traducción literal y podríamos tomarnos la libertad de traducirlo como amante de las bellas letras), coleccionista y creador de aforismos, muchos de los cuales están registrados en sus cuadernos, que son los que permanecen y que siguen dándonos algunas gemas como las tres que siguen:

 

«En el lenguaje, los ignorantes han prescrito leyes a los aprendidos».

«Nunca hagas un dios de tu religión».

«Vivo, en el sentido de que no puede ser enterrado legalmente».

 

Cualquiera de esas tres frases es suficiente como para escribir un breve ensayo o tratado ¿Qué más puede pedírsele a un amante de las bellas letras?

Esos atorrantes II

 

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La mesa estaba llena de objetos, vasos, libros, papeles, botellas. Corrimos las cosas para comenzar la partida. Neil empezó a repartir las fichas mientras Darío mezclaba el mazo con pericia y, sobre todo, con la intención de que los otros tres viéramos que lo hacía de esa manera. No sólo hay que ser honestos, ya lo sabemos, sino también hay que parecerlo. Federico no hacía nada; sólo se tusaba el espeso bigote y nos miraba de esa forma como sólo él sabe hacerlo; de esa forma que uno no sabe si abrazarlo o tenerle miedo.

Las primeras manos fueron silenciosas, pero poco a poco la conversación fue tomando forma. Federico dijo algo sobre el amor y Darío no lo dejó terminar:

—El amor no existe. Es una construcción que inventamos para paliar el dolor de la soledad. —Luego, como si una cosa fuese consecuencia de la otra, dobló la apuesta.

—Si vamos a hablar de cosas que no existen prefiero algo más tangible. —dijo Neil mientras arrojaba con desgano las fichas correspondientes sobre la mesa—. Por ejemplo, los colores. ¡Los colores no existen! Son sólo representaciones mentales de cierto tipo de ondas electromagnéticas. Ésa es la verdad.

—No hay verdad, sólo interpretaciones. —Dijo Federico antes de empujar todas sus fichas al centro de la mesa y empezar a reír como loco.

—Bueno —dije yo al ver que todos miraban en mi dirección y sin saber si lo hacían porque tenía que decir algo o sólo subir la apuesta—, si bien es cierto que el amor, los colores y la verdad no existen como tales, tenemos que hacer de cuenta de que sí son reales; de otro modo no veo cómo podríamos vivir en este mundo que nos ha tocado en suerte…

Y como vi que el asunto no iba por ahí hice una inútil pausa de dos segundos y arrojando las cartas sobre la mesa dije «Me voy; mejor en esta, paso».

Nota: las citas pertenecen, en orden, a Darío Sztajnszrajber (filósofo argentino), Neil deGrasse Tyson (astrofísico) y Friedrich Nietzsche (habitué de la casa).

La mediocridad perenne

 

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Ustedes me permitirán evitar exponer aquí los detalles que me llevaron a querer citar a José Ingenieros, cosa que haré a continuación más como una forma de terapia que como una forma de explicarme (sin contarles mi anécdota no tendría sentido ese «explicarme» de esta manera). Digamos, tan solo, que toparse con un mediocre convencido de su genio o de su derecho al genio es algo que uno puede tolerar hasta cierto punto; pero si nos encontramos con uno de ellos en un sitio de donde no podemos escapar por unas horas (una cena por un casamiento, por ejemplo) creo que entenderán mi necesidad de decir esto, aunque lo haga por boca de otra persona. En este caso, como dije, de José Ingenieros:

«Siempre hay mediocres. Son perennes. Lo que varía es su prestigio y su influencia. En las épocas de exaltación renovadora se muestran humildes, son tolerados; nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza a contar con ellos. Se aperciben entonces de su número, se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. Crece su influencia en la justa medida en que el clima se atempera; el sabio es igualado al analfabeto, el rebelde al lacayo, el poeta al prestamista. La mediocridad se condensa, se convierte en sistema, es incontrastable».

Ante la ley

 

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William Blake – Newton

 

«Cuando un león come a un hombre, y un hombre come un buey, ¿por qué el buey está más hecho para el hombre que el hombre para el león?» Es una pregunta que se hizo ya en 1656 Thomas Hobbes en Questions Concerning Liberty, Necessity, and Chance. Esa pregunta que coloca en el centro del debate cuál es el lugar que los hombres tenemos dentro de nicho ecológico conocido como Tierra, recién está comenzando a plantearse seriamente ahora, trescientos cincuenta años después de que fuera formulada por el filósofo inglés.

La frase de Hobbes me recordó de manera inmediata a otra de William Blake que ya he citado aquí un par de veces; pero sólo lo hizo de manera tangencial, ya que sólo poseen en común las referencias zoológicas. Dijo Blake en su Proverbios del infierno: «La misma ley para el buey y el león es opresión».

En sentido estricto, son diametralmente opuestas. De todos modos, la unión de ambas frases sirve para pensar el tema de la ecología y de nuestro lugar dentro de la comunidad animal. Por un lado tenemos a Hobbes, quien nos recuerda que no somos más que un tipo específico de animal; en muchos casos no mejor ni peor que muchos otros. Blake, en cambio, nos recuerda que si bien estaría de acuerdo con su coterráneo, tampoco debemos exagerar en los asuntos de la igualdad animal. La moral es un imperativo que, cuando se exagera en sus límites, pasa a ser bastante dañina, así que hay que tener mucho cuidado con dónde trazamos el límite.