Ciudadano del mundo

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En el arte de viajar, de Alain de Botton, entre las muchas ideas que el escritor suizo despliega a lo largo de todo el volumen, me quedo con una de Flaubert que me suena más que interesante:

“Diríase que la relación de Flaubert con Egipto, que se prolonga a lo largo de toda su vida, es una invitación a profundizar y a respetar la atracción que sentimos por ciertos países. Desde su adolescencia en adelante, Flaubert insistía en que no era francés. Su odio hacia su país y hacia su gente era tan profundo que ridiculizaba su propia condición civil. el-arte-de-viajar-alain-de-bottonDe hecho, llegó a proponer un nuevo modo de asignar la nacionalidad: no de acuerdo con el país en el que uno había nacido o al que pertenecía su familia, sino de acuerdo con los lugares por los que uno se sentía atraído. En este sentido, no podía por menos de ser lógica su pretensión de hacer extensiva al género y a la especie esta concepción más flexible de la identidad, hasta el extremo de declarar, llegado el caso, que, contra lo que pudiese parecer, él era en realidad una mujer, un camello y un oso: “Quiero comprarme un hermoso oso, un cuadro de uno que colgaré enmarcado en mi habitación con la leyenda Retrato de Gustave Flaubert, con el fin de sugerir mi talante moral y mis hábitos sociales.”

Me encanta la posibilidad de declararme hijo de tal o cual país, de tal o cual latitud (dejemos de lado los asuntos del género; ya todos saben para qué lado disparan). Me quedo, entonces, con esa idea de que podemos sentirnos más cercanos —por la razón que fuere—, a determinado lugar, independientemente de dónde hayamos nacido. Mi espíritu nómada saborea, también, la posibilidad de cambiar esa nacionalidad cada dos o tres meses. Me he sentido muy, muy a gusto en algunos países y no quisiera quedar mal con ninguno de ellos. ¡Además me falta tanto por conocer! ¿Quién sabe si mañana no querré sentirme español o egipcio o neozelandés?

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