Suicidio asistido.

Suicidio inducido

Estaba inseguro de escribir esta entrada. Lo estaba y lo estoy, a tal punto de que escribo esto casi como un ejercicio introspectivo y no sé si al finalizar irá a la papelera o me animaré a subirlo al blog.

¿Cómo escribir desde la tristeza, desde la desazón, desde el miedo? Sólo con la esperanza de estar equivocado. Y espero estarlo, con todas mis fuerzas espero equivocarme y que el próximo presidente argentino sea el mejor de toda la historia de mi país. No por él, que es sólo un funcionario que está allí para hacer precisamente eso; sino por la gente, por los viejos, por los niños, por todos los que allí viven. Ojalá yo me equivoque y me equivoque por mucho; les doy mi palabra que seré el primero en reconocerlo.

Es muy común decir, cuando un grupo social toma una decisión determinada, que ese grupo social es «ignorante» o algo así. Yo hoy lo digo con toda la seguridad de las pruebas que ellos mismos nos han brindado ayer: la clase media argentina no sólo es ignorante, sino que es algo mucho peor: es una clase pretenciosa, envidiosa, mediocre, inculta, soberbia y sí, profunda y gozosamente ignorante. Sólo así se entiende que alguien vote para presidente a un tipo que nadie en su sano juicio (ni siquiera los que lo votaron, lo sé porque conozco a varios) lo dejaría dormir en su casa. Quien será el nuevo presidente, junto a sus «colaboradores» ya avisó que viene por todo; lo dijo bien clarito y sin ningún prurito. Mintió descaradamente una y otra vez pero eso a la clase media no le importa; porque esa clase media argentina está presa del odio más visceral por sus semejantes, ellos son los típicos hijos de los Mass Media y de la religión más obtusa, esa religión que habla de amor pero que enseña el odio a los pobres o a los diferentes. La clase media argentina después de una crisis como pocos países han vivido puede comprar una TV, una computadora y un pequeño auto y ya se cree oligarquía y así termina votando a un tipo que tiene 214 causas judiciales y que está procesado en otras dos causas penales.

Alguna vez bromée diciendo que si ganaba este individuo no volvería a mi país. Hoy, a pesar de que no puedo asegurar que esas palabras sean cien por ciento ciertas, la sensación profunda que me embarga es ésa: la de no querer volver. Tal vez México me acepte, tal vez sea Colombia o tal vez, emulando a aquella leyenda del judío errante me convierta en el ateo errante que deambule por latinoamérica sin detenerse nunca.

Tengo tanto para decir. Tanto. Pero sólo quiero decirme otra vez a mí mismo: ojalá te equivoques. Ojalá me equivoque al pensar que Argentina acaba de suicidarse.

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