El mapa en la cabeza

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Leo a Lina María Vargas en La poética del peinado Afrocolombiano (2003) (Pueden encontrar el PDF aquí): «Leocadia recuerda a su abuela contándole de las tropas, esas trenzas delgadas pegadas al cuero cabelludo que usan hoy chicas y chicos afrocolombiano y no afrocolombianos. Muchos de ellos creen que Denis Rodman, Shaquille O´neil o Snoop Dog las han inventado, pues los han visto en afiches y carátulas de discos compactos. Si ellos viajaran al Baudó, al San Juan, o al Altrato y vieran los peinados de las abuelas y las niñas, se sorprenderían al encontrar los mismos diseños en la cabeza. ¿Globalización? No, Afroamérica siempre ha estado ahí».

 

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«Las tropas» eran las trenzas delgadas pegadas al cuero cabelludo, y son testigos de la resistencia que llevaron adelante las abuelas africanas para planear fugas de las haciendas y casas de sus amos esclavistas. Las mujeres se reunían en el patio para peinar a las más pequeñas, y gracias a la observación del monte, diseñaban en su cabeza un mapa lleno de caminitos y salidas de escape, en el que ubicaban los montes, ríos y árboles más altos. Los hombres al verlas sabían cuáles rutas tomar. Su código, desconocido para los amos, le permitía a los esclavizados huir.

 

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«Si el terreno era muy pantanoso, las tropas se tejían como surcos», dice Leocadia Mosquera, una maestra chocoana de 51 años a quien su abuela le enseñó el secreto de los peinados por considerarla la ananse de la familia, es decir, ese ser mítico representado en una araña, que con su astucia y poder, huye de la dominación.

 

La rebelión, la creatividad, la necesidad humana; todo aunado en un solo acto, en una sola historia. ¿Podremos ver de nuevo un peinado como estos sin saber —al menos en la intimidad de nuestro yo— que allí se encuentra dibujado lo peor y lo mejor de nosotros?

Santuario de Las Lajas

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Ipiales es una ciudad de poco más de 100.000 habitantes, en el sur de Colombia. Aunque llegamos al anochecer del día anterior, tuvimos que quedarnos y pasar la noche en Ecuador, ya que nos aconsejaron no cruzar la frontera a esas horas. Al día siguiente, ingresamos por fin a Colombia y, antes de seguir rumbo a Cali, un amigo de ruta me invita a conocer “un sitio particular” pregunto qué es, pero sólo me asegura que confíe, que nada puede decirme sin por ello romper con la sorpresa. Luego de media hora de viaje en taxi arribamos a un pueblo pequeño y colorido que me pareció igual que cualquier otro pueblo de esa zona del continente.

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Mi amigo sonrió y me dejo que lo siguiera. Rodeamos la montaña y ante nosotros apareció una basílica neogótica de piedra gris y blanca suspendida entre las laderas de dos montañas vecinas. Dos arcos sobre el cañón que forma el río Guáitara y una explanada inferior por la que se puede acceder a la parte baja del templo completan la construcción. La impresión que causa encontrarse repentinamente con ese templo en medio de la cordillera colombiana permanece inalterable y; sin duda, todo está así determinado desde un principio. De todos modos, hay que dejar por un momento cualquier preconcepto que uno lleve consigo y permitirse el placer de disfrutar de una maravilla arquitectónica como esta.

Las Lajas (8)Como  si la basílica en sí no fuese suficiente, El Santuario de Nuestra Señora de Las Lajas está rodeado por una belleza natural increíble: una delgada cascada, el río, formaciones rocosas expuestas y las montañas en sí, todo lo cual puede recorrerse gracias a los veredas que comunican todos los puntos importantes. Pasear luego por el pequeño pueblo, donde la gente sale de sus casas y conversa con los paseantes con una naturalidad y paciencia infinitas o almorzar, antes de regresar, en un pequeño restaurant entre taxistas que esperan el regreso de los turistas es un pequeño regalo extra.

Para ver las fotos en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Los colores de Julia

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Cartagena de Indias, Colombia. Por la mañana camino por la Ciudad Antigua (también conocida como Ciudad Vieja o Ciudad Amurallada); debo atravesarla para ir a la playa y lo hago todas los días siguiendo rutas diferentes. La Ciudad Antigua esconde belleza en cada una de sus calles, en cada uno de sus portales y en cada una de las personas que la habitan. Al cruzar por una de las tantas plazas veo a una mujer dormida; viste un traje típico, con los colores de la bandera de su país y, frente a ella, la fuente de frutas frescas que vende cortada y preparada en el momento. No puedo evitar sacar la cámara y tomar una foto que no salió como yo esperaba. Hay mucha gente susceptible en estos lugares y uno sabe que los turistas con sus cámaras no son bien vistos en muchos sitios. Lo que temo ocurre: la mujer despierta y me habla con tono imperioso. No entiendo lo que me dice pero me apresuro a disculparme y, no lo niego, le miento: «No te estaba tomando a ti» «Sí que me estabas tomando a mí —Me dice—. Y no me molesta; sólo que no quiero que me tomes dormida». No puedo más que reír. Enseguida quiere venderme un plato de frutas, lo cual agradezco pero a lo que me niego. Hablamos un par de minutos y sigo rumbo a la playa.

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Cuatro horas después vuelvo al hostal como siempre, paseando por alguna calle estrecha, con balcones de los que cuelgan flores y grandes portales adornados con magníficas aldabas de bronce. A lo lejos veo que viene caminado una de las tantas mujeres con uno de esos vestidos rojos, azules y amarillos. Preparo la cámara mientras nos acercamos; cuando la tengo a unos metros, ella me ve con la cámara en la mano y posa con esa gracia propia de las mujeres colombianas. Cuando nos reconocemos reímos abiertamente ante el hecho casual de habernos encontrado otra vez. Ahora sí, le compro un plato de frutas y lo como allí mismo mientras charlamos con la naturalidad propia de viejos conocidos. Julia tiene la espontaneidad y la seguridad de quien no tiene la necesidad de fingir nada. Vende sus frutas en la Plaza Majagua, todos los días, hasta las cuatro de la tarde. Y por allí paso cada mañana, camino de la playa, y mientras como un plato de frutas frescas charlamos de cualquier cosa; el tema ya no tenía ninguna importancia.

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