El arduo acto de leer

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¿Se puede leer sin conocimiento? Esta pregunta la he planteado en varias ocasiones y aunque por mi parte doy una respuesta casi terminante (afirmo que no, que no es posible tal cosa) no quiero ser tan cerrado como para no aceptar la respuesta contraria si esta se encuentra bien fundamentada.

Al decir «conocimiento» me refiero a aspectos específicos de datos que rodean a la factura de tal o cual obra. Esta discusión, que nos viene del siglo pasado y que nace gracias a la llegada de esa debacle que fue el posmodernismo, dice que no importan los datos biográficos del autor, por ejemplo, ni tampoco las circunstancias en las que escribió, sino que la obra debe valerse por sí misma. Puedo aceptar estos argumentos, pero sólo en parte. Cuando alguna discusión de este tenor se presenta, siempre pongo como ejemplo la primera cuarteta de El Golem, de Borges:

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.

Si no se sabe que el griego es Platón, que el Cratilo es uno de sus diálogos, donde trata el tema del lenguaje, y que el arquetipo es el patrón ejemplar del cual se derivan otros objetos, ideas o conceptos; mal podemos entender los versos tercero y cuarto. Así que en este caso podemos decir que el conocimiento previo es fundamental para la comprensión del texto. Habrá otros muchos, por supuesto, que no necesitan ningún tipo de información adicional, aunque esto no invalida mi punto, ya que en ese caso el conocimiento lo tenemos, de alguna manera, internalizado.

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Veamos un ejemplo que acaba de sucederme y que me ha obligado a volver a pensar en estos asuntos. Lo voy a plantear de forma inversa a como me ha sucedido a mí. Veamos este poema, también de Borges:

En memoria de Angélica

¡Cuántas posibles vidas se habrán ido
en esta pobre y diminuta muerte,
cuántas posibles vidas que la suerte
daría a la memoria o al olvido!
Cuando yo muera morirá un pasado;
con esta flor un porvenir ha muerto;
en las aguas que ignoran, un abierto
porvenir por los astros arrasado.
Yo, como ella, muero de infinitos
destinos que el azar no me depara;
busca mi sombra los gastados mitos
de una patria que siempre dio la cara.
Un breve mármol cuida su memoria;
sobre nosotros crece, atroz, la historia.

El sentido del poema no es demasiado complejo (de hecho, se haya a una enorme distancia del comienzo de El Golem, por ejemplo). Pero ahora, terminando el grueso volumen de los diarios de Bioy Casares sobre Borges, encuentro esta entrada, la correspondiente al 24 de noviembre de 1974 (Casares, Adolfo Bioy, Borges, p.1492):

«Come en casa Borges. Murió Angélica, una hijita de su sobrino Luis, de cinco años, ahogada en una piscina». Luego a pie de página: «Para ella escribió Borges En memoria de Angélica».

Ahora el poema es otro. Aunque la lectura inicial no era imposible de comprender, se ha corrido un velo sutil que nos permite una mayor comprensión de cada verso y del sentido total del poema. Volver a leerlo ahora hace que cada idea cobre otra dimensión. En lo personal, el verso «con esta flor un porvenir ha muerto» me parece de una tristeza tan profunda que no puedo recordar otro que se le acerque en precisión y dolor.

Volviendo al tema con que inicié esta entrada, la pregunta permanece: ¿Se puede leer sin conocimiento? Siguiendo diciendo que no; pero acepto dejar la puerta levemente entornada con un ligero tal vez; aunque creo que a quien piense distinto le va a costar trabajo convencerme de lo contrario.

Entender al otro y otros lenguajes.

señas

En El mundo taciturno, uno de esos estupendos ensayos o artículos de Fabio Morábito incluidos en El idioma materno (libro que voy degustando lentamente, tarde a tarde, almohada a almohada), se nos cuenta del error de un traductor que en lugar de «quedó anonadado» tradujo «enmudeció»; lo cual no está mal, salvo porque el personaje en cuestión era mudo de nacimiento. De todos modos, como bien señala Morábito, es una torpeza, mas no un error. Un mudo habla mediante señas y puede enmudecer por algún motivo particular. Recordé que los cartujos (o cartujanos) quienes habían hecho voto de silencio porque consideraban que la locuacidad era contraria a la divinidad, se comunicaban por señas o por escrito, lo cual es hacer trampa, ya que no se evitaba la comunicación, sino sólo la comunicación verbal. Se puede ser muy locuaz por escrito o a los manotazos también. Pero el asunto viene por otro lado. Otro recuerdo, éste, personal: uno de mis hermanos, quien nació con problemas visuales complejos, tuvo que realizar sus estudios primarios en una escuela para invidentes, por lo cual no era extraño que en mi casa hubiese ciegos de visita por aquella época (incluso uno de ellos llegó a ser mi primer profesor de inglés). Era habitual que, al despedirse, alguno de ellos saludara a mi hermano con un común “después nos vemos”. La primera vez, claro está, eso nos movió un poco a risa, lo cual no era nada extraño; uno no era más que un niño y aún andaba tropezando con el lenguaje y la experiencia. Pero luego uno comenzaba a notar que esas frases o expresiones estaban por todos lados, incluso en nuestra sabia boca de preadolescente sabelotodo: un vaso de agua, el sol sale o se pone, etc. Y ése es el punto central, ése es o debe ser el centro de nuestra comprensión. Cito el final del ensayo de Morábito, quien lo dice mucho mejor de lo que yo nunca podría hacerlo:
“El hecho de que en ellos la voz haya sido sustituida por ademanes, no la hace menos voz, y ellos no son ni un ápice menos hablantes que los que sí «hablan», y lo demuestran justamente al decir disparates, o sea hablando en sentido figurado, sin el cual no hay lenguaje humano entendible. Pero hay algo más, y es mientras los no mudos no logremos entender que algunos mudos son más «mudos» que otros, o sea que hay mudos de pocas palabras; mientras no podamos concebir a un mudo taciturno, o a un mudo que enmudece de golpe, o a un sordo que se tapa las orejas, no podremos entender a nadie que sea diferente de nosotros”.
Empatía, humildad, comprensión (y esfuerzo en la comprensión) es lo que necesitamos para comunicarnos un poco mejor. Ya bastante tenemos con los problemas de nuestro lenguaje adulto y maduro como para sumar la soberbia del “¡Pero si lo estoy diciendo muy claro!”

Elogio de la relectura

Tautología: releer es volver a leer lo ya leído. Lo que no es tan evidente es decir que esta práctica debería promoverse tanto como la lectura misma porque es la que nos permitirá sacar mayor provecho de un texto. Los lectores expertos lo recomiendan sobre todo para la etapa de la madurez.

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Ítalo Calvino, por ejemplo, en su ensayo Por qué leer a los clásicos, decía: «en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más importantes de la juventud». Y esto porque «las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida». Luego concluía: «Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera».

Jorge Luis Borges, en una clase en la Universidad de Belgrano (Argentina), sobre el libro, recogida en el cuarto volumen de sus obras completas, exclamaba: «Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído. Yo tengo ese culto del libro».

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Otro que se suma a la misma idea es Martín de Riquer (en conversación con Manuel Vázquez Montalbán): “Las relecturas tienen esas sorpresas, porque a veces una cosa que te a entusiasmado de joven te decepciona. Porque tú ya sabes que la relectura es mucho más importante que la lectura. El placer mayor es la relectura. Para mí, leer algunas de las novelas de Balzac, que he leído diez o doce veces, y volverlas a leer, aunque ya sé qué pasa y cómo acaba, es una maravilla.”

Una manera lúcida de comprender

“¿Qué poder tienen las grandes obras de arte en mi vida que me hacen sentir tan feliz?” No lo sé: Leemos en la ignorancia. Leemos en largos y lentos movimientos, como flotando en el espacio, ingrávidos. Leemos llenos de prejuicios, con malicia. Leemos con generosidad, llenando vacíos, corrigiendo errores. Y a veces, cuando las estrellas son favorables, leemos conteniendo el aliento, con un estremecimiento, como si alguien o algo hubiera “caminado sobre nuestra tumba”, como si, de repente, hubiéramos rescatado una memoria de un lugar profundo dentro de nosotros mismos; el reconocimiento de algo que no sabíamos que estaba allí, o de algo que se siente vagamente como un parpadeo o una sombra, cuya forma fantasmal sale y se instala en nosotros que no podemos ver lo que es, lo que nos deja más viejos y más sabios.

Holland House Library, London, after a German air raid in October 1940.

Holland House library, Londres, luego de un bombardeo alemán en octubre de 1940

Esta lectura tiene una imagen. Una fotografía tomada en 1940, durante los bombardeos de Londres en la Segunda Guerra Mundial, muestra los restos de una biblioteca medio derruida. A través del techo destrozado se ven edificios fantasmales, y en el centro del local hay un montón de vigas y piezas de mobiliario. Pero las estanterías en la pared se mantuvieron firmes y los libros parecen enteros. Tres hombres se encuentran entre los escombros: uno, como si dudara acerca de qué libro escoger, parece leer los títulos de los lomos; otro, con lentes, se dispone a sacar un volumen; el tercero está leyendo sosteniendo un libro abierto entre las manos. Ellos no le están dando la espalda a la guerra, ni haciendo caso omiso a la destrucción. No prefieren los libros a la vida exterior. Ellos están tratando de persistir ante la adversidad común; están afirmando el derecho de todos a preguntar; están tratando de encontrar otra vez —entre las ruinas, en medio de esa asombrosa percepción que la lectura a veces concede— una manera lúcida de comprender.

Una historia de la lectura. Alberto Manguel.