Algunas razones por las cuales el capitalismo (desgraciadamente) no morirá

Nota previa: el siguiente texto contiene una pequeña, muy pequeña dosis de humor negro. Si el lector carece de tolerancia a él, tal como otros carecen de tolerancia a la lactosa o al gluten, será mejor que pase de largo. De lo contrario, se ruega no molestar.

Creo que el primer atisbo de que el capitalismo es algo genético lo tuve cuando vi a ese tipo, correctamente protegido por el inevitable pasamontañas, vendiendo ladrillos para así poder manifestarse mejor. ¿Será una ironía? Me pregunté, y tal vez lo fuera, pero no quise acercarme a preguntarle porque, sinceramente, temí la respuesta, además de que él tenía los ladrillos y yo ninguno. Comprarle uno antes no hubiese servido para nada, él seguía estando ―maldita sea la carrera armamentista― con el mayor poder bélico. Sin demasiadas opciones, seguí caminando. Más adelante, debajo de unos portales de piedra caliza, una adivina le leía las cartas a un iluso. Hija de los tiempos, ella había acondicionado el lugar con una mampara divisoria y estaba bien protegida por su cubrebocas y sus anteojos (¿y era eso una peluca o así tenía realmente el pelo?). Me dije que no estaría muy segura de sus capacidades anticipatorias si no podía prever el estado de salud de quien tenía adelante; pero quién sabe, tal vez, como dice el refrán «En casa de herrero, cuchillo de palo» y ella, tan sagaz para ver el futuro ajeno, no era capaz de ver el propio. Yo no lo sé y tampoco aquí pude preguntar nada. Ella estaba ocupada en lo suyo yo preferí salir de largo.

Un ladrillo pasó volando a centímetros de mi nariz y se estrelló, haciéndola mil pedazos de diamantes diminutos, contra una vidriera enorme de una tienda que no sé cómo se llama. Un muchacho y una muchacha pasaron corriendo por delante de mí, en la misma dirección en que lo había hecho el ladrillo unos segundos antes y, pidiéndome disculpas por el casi golpe, se metieron rápidos en el local. Me pareció bien que se disculparan. Revolucionarios, pero educados. Iba a decirles que todo estaba bien cuando veo salir a la chica con una botella de Coca Cola en la mano. Pensé en decirle que era demasiado romper una vidriera por una Coca Cola y, de paso, explicarle que la revolución es otra cosa, que ella implica un cambio radical de… pero no pude, ser fueron corriendo delante de un policía que los siguió unos metros, pero que pensó que una Coca Cola no valía la pena (o tal vez sí, porque volvió sobre sus pasos y también se metió en el local para tomar un par, una para él y otra para su compañero. A mí nadie me convidó ninguna. Ni el revolucionario ni el antirrevolucionario. Mejor así. El azúcar no me sienta bien).

Las ciudades están transformándose en centros turísticos locales, sin duda. Hay un millón de cosas que nunca había visto antes. Por ejemplo, un árbol parece sacado de una copia modesta y de mal gusto de una película de Tim Burton. Sus ramas están llenas de púas en la parte superior. ¿Estarán por filmar alguna película? Pregunto, sin darme cuenta, en voz alta, y me dicen que no; que esas púas fueron colocadas allí por la gente adinerada del lugar, así los pájaros no pueden posarse y, por ende, no ensuciar sus autos con esa mala costumbre que tienen algunos pájaros de comer y cagar, con perdón de la expresión. Y vamos, que es entendible, uno no tiene un Lexus o un Porsche para que un gorrión te deje su firma sobre el capot recién encerado…

No tengo que dar ni dos pasos para encontrarme con otra vidriera rota. Allí un televisor encendido que nadie ha robado aún (prefieren llevarse los que están en sus cajas, por lo que veo. El que está encendido ya tiene uso) nos regala con algunas noticias que, al menos para mí, son poco menos que curiosas. «Es un dilema moderno para los ultra ricos: un yate espera, pero ¿cómo alcanzarlo de manera segura sin exponerse a las masas plagadas de gérmenes? Dilema para los que vuelan alto: cómo viajar de forma segura a su yate». Dice la primera de ellas y me digo que esa pobre gente debe estar pasándola realmente mal. Pero la noticia siguiente me conmueve sobremanera: Una pareja de Youtubers que había adoptado a un niño chino con autismo, lo devolvió luego de haber hecho una buena suma de dinero con él online, como se dice ahora. ¡Qué desgracia! Tener que devolver a tu hijo adoptado… también, tener la mala suerte de que te salga chino y autista… ¿Habrán devuelto también el dinero? Vaya uno a saber… pobrecita, lo que debe sufrir esa madre, se la ve tan compungida… Me pregunto si aún debería llamársele así, madre. No tengo ni idea, pero tal vez debería llamársele de otro modo.

Suena mi celular y lo maldigo. No hay modo de pasear por una ciudad o por donde sea sin que alguien te encuentre en cualquier momento y en todo lugar. Es L., quien me pide que camino a casa compre más cubrebocas y alcohol en gel. Y que no tarde demasiado (esto último lo dejo aquí para que vean el alcance del machismo actual). Por suerte encuentro una máquina expendedora que ahora ya no vende golosinas y refrescos (esos se consiguen, por lo visto, a pedradas en los cristales); sino que vende todo tipo de elementos de higiene. Veloces para los negocios los muchachos. Sigo en el teléfono y le pregunto a L. si no necesita una cama que se convierte en ataúd. Lo estoy viendo ante mí y parece útil. No repetiré sus palabras, sólo diré que no lo compré. Me excuso diciendo que sólo le digo lo que veo, las mujeres suelen comprar cosas que los hombres no. Diferentes visiones, que le dicen. OK, tampoco repetiré lo que dijo. ¿Un juguete con forma de coronavirus, hecho en China? Ése sí, para que juegue el perro. ¿Una bandera norteamericana o israelí para quemar? Parece que una empresa irakí le encontró la vuelta al asunto y está vendiendo un montón. Además están baratas. Que no, que nosotros no hacemos esas cosas. ¿Una bolsa con cierre para muerto, a sólo doscientos pesos? L. a veces tiene una boca… que para qué les cuento. Decidí cortar la comunicación e ir directo a casa.

Un último susto: un hombre apunta con un arma directamente a la cabeza de una mujer. El susto dura sólo un segundo: está tomándole la temperatura, cosa que está muy bien. La señora tiene que comprar sus Gucci y Gucci no quiere que sus clientes le ensucien los tejidos. Una mano lava a la otra, dicen.

Les dejo una galería con algunas imágenes que he juntado a lo largo de estos días. Todo parecido con la realidad es pura coincidencia. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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No sé qué es lo que quiero, pero quiero más.

Consumo

“Todo lo que se come de más se quita del estómago de los pobres”. Dijo alguna vez el Mahatma Ghandi. Se refería, claro está, a una sencilla ecuación económica: Si sólo comemos lo necesario, no necesitamos comprar tantos alimentos, por lo tanto, si TODOS actuamos de esa manera, habrá menos demanda, lo cual significa que la oferta de productos será mayor y, como todos saben o deberían saber, a mayor oferta y menor demanda, el precio baja; por lo tanto, la gente de menores recursos puede acceder a más y mejores alimentos.

Ahora bien, el párrafo anterior es sólo tangencial con respecto al tema que quiero tratar hoy. El cual es la publicidad actual. Últimamente he visto una gran cantidad de publicidad de los mismos productos de siempre, pero ahora todas ellas –no importa del producto que se trate–, tienen algo en común: todas ellas nos prometen una compra limpia y ecológica.

Antes, cada publicidad nos hablaba de las virtudes de un producto, ahora no solo eso; sino que también nos dice que estamos ayudando al planeta. Sabiendo que en la actualidad la ecología es un tema importante, nos quieren hacer creer que además de comprar, estamos siendo buenos ejemplos de individuos sociales y responsables.

Quienes llegan hasta este sitio provienen de diferentes partes del mundo, así que cada cual debería prestarle atención a las publicidades de su país; estoy seguro de que, en líneas generales, se encontrarán con ejemplos parecidos a lo que ocurre aquí en Latinoamérica: las baterías Duracell nos aseguran 650 fotografías (como duran más, se desperdician menos), las petroleras nos aseguran menor contaminación, al igual que la industria automovilística; Starbucks nos promete que, con cada taza de café accedemos a un café natural y que, además, siempre pagan lo adecuado a los proveedores de Sudamérica. Los detergentes, cremas, desodorantes y otros productos de limpieza (además de eliminar el 99,98% de los gérmenes, el cual es tema para otro post), se hacen a base de elementos biodegradables, etc., etc., etc.

Las publicidades, como siempre, sólo tratan de engañarnos. La realidad es que las mejores baterías son las recargables (cuestan cuatro veces más, pero duran entre 20 y 30 veces lo que una batería común); con respecto a los automóviles, lo mejor es usarlos en la justa medida, es decir cuando es necesario y es bien sabido que ya la tecnología les permitiría comercializar autos realmente ecológicos; y así podemos seguir con todos y cada uno de los productos que vemos día a día.

El objetivo de la publicidad es hacernos comprar todo y de todo, aun aquello que no necesitamos; así que aquí es cuando entra a cobrar sentido aquella frase de Ghandi con la que comencé el post. No sólo deberíamos aplicarla a los alimentos, sino a todo aquello que nos rodea en estos tiempos modernos. Comprar estrictamente lo necesario y en la menor cantidad posible.

Pobreza americana.

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El pasado viernes se llevó adelante, en Estados Unidos, el llamado Black Friday, lo cual no es otra cosa que un día en que las grandes cadenas venden todo a un precio más bajo. Lo que puede verse en estos casos es realmente repugnante. Les dejo un par de videos aquí abajo para que vean a lo que se llega en casos de descerebramiento grave. Ver a miles de personas desesperadas por comprar lo que sea (la mayor parte de las veces lo que no necesitan) es algo tan patético, tan idiota que me cuesta no reírme de ello o de ellos; pero el asunto es más grave que gracioso. La idea americana es una: comprar, comprar, comprar. Si es necesario pisar a alguien, se lo hace. Si es necesario golpear a alguien, también. Sólo hay que aprovechar a comprar de manera compulsiva lo que sea, pero antes de que otro cualquiera se lo quite de las manos.

Alguno dirá que esto es competencia de los yanquis y que es asunto de ellos, así que nada debería estar haciendo yo aquí: pero el asunto no es tan sencillo. El capitalismo, como todos sabemos, es la doctrina económica global en estos momentos y esto que vemos aquí es la consecuencia última del sistema en su funcionamiento extremo. La pregunta que debemos hacernos es ¿es esto lo que queremos para nosotros? ¿Es esto lo que queremos para nuestra sociedad, para nuestra ciudad, para nuestro país? Insisto en que la cuestión no es gratuita, ya que tengo la sensación de que eso es lo que estamos creando en las nuevas generaciones. No hay más que  ver el modo de actuar de los niños y jóvenes de hoy en día, presos de medios electrónicos que les hacen perder la noción de toda realidad y, peor aún, de toda norma de respeto hacia el otro (No hablemos, mejor, de cómo tratan esos niños a sus propios padres ¿por qué nos asombramos cuando golpean a un compañero en la escuela y se graban con sus celulares?). A esos niños puede vérselos babeando ante cualquier tontería; tontería que luego no usarán y que está destinada a formar parte de una pila enorme de otras tonterías compradas porque la publicidad así lo indicó. Black Friday, hasta el nombre ya le queda adecuado.

Nota: cuando estaba terminando de escribir esto y mientras buscada datos precisos, encuentro una página llamada Black Friday Death County, donde veo que han sido siete los muertos y noventa y ocho los heridos de este año, el cual lo pone al tope de las listas (¡Y cómo les gustan a los yanquis los “Top Ten”!). También veo los diferentes tipos de daños: personas acuchilladas, golpeadas en la cabeza por TV enormes, rociadas con gas pimienta, atropelladas por automóviles… Como dije antes: me reiría si no fuera tan patético.

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Resignificar todo, hasta la basura.

“Hemos creado un sistema que nos persuade a gastar dinero que no tenemos, en cosas que no necesitamos, para crear impresiones que no durarán, en personas que no nos importan”. Emilie Gauvreay.Tocados de basura (9)

En Etiopía, las tribus del valle del Omo utilizan los desechos de aquellos que se encuentran en la “civilización” para adornar su cuerpo.  Eric Lafforgue nos lo demuestra en su sesión fotográfica Tribes Turn Trash Into Jewellery. Relojes, corcholatas y prendedores viejos y oxidados adquieren un nuevo significado y sentido, transformándose en una posesión muy codiciada. En sus manos ya no son basura, sino que se convierten en hermosos tocados, pelucas de moda y accesorios que adornan todo su cuerpo. Cada vez con menos regularidad encuentran flores o elementos naturales para dar colorido a su vestimenta, en lugar de eso, la basura funciona a la perfección para crear cosas que nosotros nunca hubiéramos imaginado.

Tocados de basura (5)

“El consumismo promete algo que no puede cumplir: la felicidad universal. Y pretende resolver el problema de la libertad reduciéndolo a la libertad del consumidor”. Zygmunt Bauman.

El valle bajo del Omo fue declarado patrimonio de la humanidad en 1980 y en él habitan numerosas tribus, como los Bana, Dassanech y Mursi, las mismas que Eric Lafforgue fotografió. Estas tribus no desperdician nada, colectan todo lo que aparece cerca de sus tierras. Al igual que un nido, sus casas también están hechas con materiales que encuentran , tales como metal, madera o plástico. En sus atuendos, la meta es lograr construir un accesorio que brille y haga ruido cuando bailen. En la medida de lo posible, conseguir mejores piezas para adornar su cabeza y rostro es importante, pues mientras más adornadas estén, mayor es su confianza.

Tocados de basura (10)

“Quien cree que el crecimiento económico puede seguir para siempre en un mundo finito, es un loco o un economista”. Kenneth Boulding.

Eric Lafforge es un fotógrafo francés que retrata al mundo a través de su gente y sus tribus. Interesándose principalmente por los grupos minoritarios, aquellos que están casi extintos. Nació en 1964 y empezó su carrera de fotógrafo 42 años después en 2006. Después de publicar sus fotografías en las redes sociales, un viaje a Nueva Guinea cambió su vida profesional. Una editorial lo llamó para publicar sus fotografías en un libro; poco después, revistas como Time, National Geographic, CNN o la BBC, han publicado sus magníficas fotografías. En 2008, su trabajo con el pueblo de Papúa fue exhibido en el prestigioso festival de fotoperiodismoVisa en Perpiñán

Por último, una breve galería. Para ver las fotos en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Consume hasta morir.

Está bien, debo reconocerlo, otra vez le estoy robando material a Claudia Snitcofsky, y de admitir, también que me da mucho placer terminar este año con un post que hasta podría decirse que es de autoría compartida. Conocer a Claudia (aunque de manera indirecta, ya que no la conozco personalmente, sino a través de este medio extraño —internet— que a veces suele ser maravilloso) fue un de las mejores cosas que me pasó este año. Inteligente, sagaz, luchadora, humanista; el cruce de diálogos que hemos mantenido ha sido siempre fructífero y placentero. Se suma, así, al enorme grupo de amigos que encontré a través de éste medio en particular —el blog— y sobre el que hacer una lista sería ocioso. Ya me he encargado de decirles (a casi todos, creo, si me falta alguno, me disculpo) las razones por las cuales me siento agradecido por su compañía y por el intercambio de ideas y materiales y, no pocas veces, de apoyo personal sincero y desinteresado. Hecha las salvedades del caso, vamos al post que será muy breve.

En el reconocido programa de Conan O´Brien, se emitió un video donde se mostró a una gran cantidad de conductores televisivos promoviendo el mismo mensaje consumista. El video no tiene subtítulos, así que les dejo la frase que vana escuchar una y otra vez. Ésta dice: “It´s OK, you can admit it, if you bought an item or two or ten for yourself… a lot of people do it”. es decir: “Está bien, puede admitirlo, su usted compró uno o dos o diez artículos para usted… un montón de gente lo hace”. Sólo es eso una y otra y otra vez. No vale la pena analizar nada aquí, está todo tan a la vista, es todo tan vulgar que hasta un niño se da cuenta de que los medios están —más que nunca— cumpliendo una función para lo que no fueron creados: ser herramientas de las grandes corporaciones.

El enlace al artículo, aquí. Y el video, aquí:

¡Gracias, Clau!