El camino que nos corresponde

 

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El arte siempre ha sido el espejo donde la humanidad puede verse reflejada y desnuda, aunque no quiera hacerlo. Todas las formas artísticas que se precien de tal sirven, de manera inevitable, a este propósito aun cuando la intención del artista haya sido sólo estética, su sensibilidad hará que de alguna manera se cuele en la obra un fragmento de desnudez humana.

En general tendemos a considerar dentro de este esquema a las artes clásicas, como la literatura, el teatro y la pintura; y tendemos a dejar afuera de la ecuación a las nuevas formas como el cine o la televisión. En esta última no hay mucho material de donde agarrarse, es cierto; pero cuando aparece, no hay que dejarlo pasar.

Eso ocurre con las series de TV, por ejemplo. Hay muchas series que merecen la categoría de obra de arte y otras tantas la merecen por, al menos, algunas escenas. Una de esas escenas es la que acabo de ver en el capítulo doce de la quinta temporada de House Of Cards, serie de carácter político donde un siempre brillante Kevin Spacey da vida a un siniestro y descarado Presidente de los Estados Unidos. En esta escena, el Presidente es interpelado por algunos miembros del senado y luego de contraatacarlos, se dirige a la cámara y lanza el siguiente discurso:

(Nota necesaria: en teatro existe una figura llamada romper la cuarta pared. Esto ocurre cuando uno de los actores se dirige al público de manera directa para aclarar algún punto de la trama o algo por el estilo. En el decorado teatral existen tres paredes físicas, mientras que la cuarta, la que separa al público de los actores, es imaginaria. De allí, entonces, esa idea de romper la cuarta pared cuando el actor le habla al público. Kevin Spacey usa esta idea a lo largo de todas las temporadas de la serie. Sobre todo la usa cuando quiere explicar o insultar al público. En este caso, ustedes verán; sólo les pido que imaginen que el presidente de su país les está hablando de manera privada a ustedes, en persona)

 

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«No lo nieguen. Les encantó. No necesitan que yo represente anda. Sólo necesitan que me pare, que sea el hombre fuerte, el hombre de acción. Son adictos a la acción y a las consignas. No importa lo que diga ni lo que haga mientras haga algo. Ustedes disfrutan de la aventura. Y, sinceramente, no los culpo. Con tanta tontería e indecisión en sus vidas ¿Por qué no alguien como yo? No me disculpo. No me importa si me aman o me odian mientras yo gane. La baraja está trucada, las normas están manipuladas. Bienvenidos a la muerte de la Era de la Razón». Para certificar el genio de esta escena, Spacey hace una pausa y termina: «El bien y el mal ya no existen. Sólo existe estar adentro… y estar afuera». Y allí vuelve a la escena, dejándonos a nosotros afuera.

Como he dicho, el arte sirve para que la humanidad se vea desnuda en ese espejo. Eso es lo que hizo Kevin Spacey en su papel del corrupto Frank Underwood: nos trató de imbéciles, se rió de nosotros y luego, con cierto desprecio, nos dejó fuera del juego. ¿Y qué hacemos con esto? ¿No podremos aprender del arte y de lo que refleja ese espejo?

Tal vez sí; tal vez el artista nos está empujando a hacer algo, a vengarnos de todos los Frank Underwood, más allá del país que sea. Tal vez podamos aprender a votar o ser nosotros mismos los agentes del cambio. El arte nos señala el camino, ésa es su función. Actuar es la nuestra.

 


Como suele suceder, luego de escribir todo lo anterior encontré el fragmento del que hablo. No importa, creo que ver el video luego de haber pensado en ello puede ser más efectivo.  La parte que destaco comienza a 0:42 minutos. Lamentablemente, se corta dos segundos antes de lo que me hubiese gustado, ya que cuando Spacey deja de mirar a la cámara (es decir, cuando deja de mirarnos) es cuando se siente el desprecio del actor por su público; es decir, del político por sus pueblo.

 

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La sociedad condenada

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En una de sus más bellas novelas, La rebelión de Atlas, Ayn Rand escribe “Cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando repares que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte que tu sociedad está condenada.”

Bueno, si hablamos de sociedades condenadas, creo que no hay muchas que puedan quedar por fuera de este diagnóstico. Las cuento y veo que tal vez me sobren dos dedos, cuanto mucho.

¿Hay algo que el dinero no compre?

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Michael J. Sandel, filósofo norteamericano, Profesor de la Universidad de Harvard y autor de varios libros sobre política, democracia y, sobre todo, justicia (es reconocida su serie de clases sobre este tema, la cual se puede ver completa en el sitio www.justiceharvard.org, plantea esta pregunta en un número de The Atlantic. Sandel dice que casi todo está en venta, y enumera algunos ejemplos:

· Una mejora en la celda de la prisión. En Santa Ana (California) y otras ciudades, presos no violentos pueden pagar por disfrutar de un espacio más limpiio, silencioso, donde el resto de los presos no puedan molestarles. Ese Upgrade cuesta unos 90 dólares por noche.

· Los servicios de una indú como madre de alquiler. Las parejas que acuden a la India, la podrán encontrar por 8.000 dólares, un tercio menos del precio que tendrían que pagar en EE.UU.

· El derecho a cazar una especie protegida.  El rinoceronte negro vale 250.000 dólares. En Sudáfrica se han comenzado a vender permisos de caza sobre un cierto número de rinocerontes negros.

· El derecho a llamar a un doctor a su móvil. Cada vez hay más doctores en los Estados Unidos que conceden esa licencia mediante una cuota anual entre 1.500 y 2.500 dólares.

. El derecho a emitir hasta una tonelada cúbica de dióxido de carbono a la atmósfera. La Unión Europea concede a las empresas tal posibilidad por 10,50 dólares.

El derecho a emigrar a los Estados Unidos con tarjeta de residente. Se concede a aquellas personas que inviertan, al menos, 500.000 dólares, creando 10 o más fuentes de trabajo.

Vender el espacio de tu frente para hacer publicidad.  Una madre soltera de Utah que necesitaba dinero para educar a su hijo recibió 10.000 dólares de un casino online para permitir un tatuaje permanente en su frentte. Por tatuajes removibles se paga menos.

· Ser utilizado como “conejillo de indias” en tests de productos farmaceúticos. Una compañía de ese sector contrata personas por 7.500 dólares. La cantidad será mayor o menor en función de lo invasivo y doloroso que llegue a ser el test.

· Luchar en Somalía o Afganistán. Contratistas privados pagan 1.000 dólares o más. La cantidad depende de la cualificación, riesgo, etc.

· Guardar el puesto en la cola del Capitolio. Hay compañías que contratan homeless para que guarden ése espacio durante la noche para cederlo luego a alguien que quiere presenciar las sesiones. Se paga (a las compañías, vaya a saber lo que le llega a esos homeless que hacen la fila) entre 15 y 20 dólares.

Sandel luego plantea la pregunta importante, la pregunta básica y fundamental: ¿Por qué preocuparse si la sociedad avanza hacia la posibilidad de comprar y vender todo?

Por dos razones: Una es la desigualdad y la otra, la corrupción. En una sociedad donde todo está en venta, la vida se hace más dura para aquellos que apenas tienen medios. Si solo se tratara de yates, casas lujosas o coches deportivos, no tendría mucha importancia, pero al extenderse a servicios y bienes corrientes, las desigualdades crecerían. La segunda razón tiene más que ver con el poder corruptor que llegaría a tener un mercado sin límites. Acabaríamos comprando seres humanos, y no sólo órganos, sino servicios mercenarios para cualquier fin, de forma abierta. Daríamos un paso decisivo para considerar a los hombres como bienes de uso corriente, algo de lo que nuestra especie se liberó lentamente…

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Creo que poco puede agregarse a lo dicho por Michael J. Sandel. Sólo quiero destacar la idea de el poder corruptor de un mercado sin límites. ¿Qué tan lejos, o tan cerca de él nos encontramos?

Subterfugios eclesiásticos

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La historia es así: resulta que el Papa Paulo VI había solicitado un informe sobre el estado de corrupción imperante en la burocracia del Estado Vaticano; el informe fue realizado, pero ante el escandaloso contenido se lo guarda en un arca con dos llaves y se mantiene en una importante oficina. Por la noche alguien ingresa y bueno, supongo que se lo imaginan, el informe desaparece. Al día siguiente, en una conferencia de prensa, el portavoz vaticano Federico Alessandrini desmiente tal robo.
Y copio:
“Los enterados saben que allí, cuando se apresuran a declarar que no saben nada acerca de lo que se dice, significa que hay algo oculto de lo que están al corriente, aunque lo desmientan. Es lo que se llama reserva mental sobre una verdad distinta.. No siendo una mentira, tampoco es un pecadillo.” (El Vaticano contra Dios).

El subrayado es mío y creo que también debería haber subrayado la última frase. ¿No es brillante el modo en que algunas personas se las rebuscan para mentir y caer parados? Ahora, ¿Quién les dijo a los muchachos del Vaticano que ocultar la verdad sobre un asunto no es mentir, así, lisa y llanamente aún cuando lo llamen una verdad distinta? ¿Y qué sentido tiene la expresión –al menos en este ámbito– una verdad distinta? ¿Es que acaso un robo puede ser considerado como un delito y, al mismo tiempo, como un no-delito? (El aburdo de la expresión “no-delito” al que me veo obligado a recurrir pone en evidencia el absurdo de la expresión verdad distinta).  A no ser que ésa sea una nueva costumbre cristiana, eso, después de todo explicaría muchas cosas.
Perdón, ¿dije nuevas costumbres?