Soñar de día.

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Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche. En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen, al despertar, descubriendo que han estado al borde del gran secreto. De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia y mucho más del mero conocimiento propio del mal.

Edgar Allan Poe. Fragmento de Eleonora. Cuento completo, aquí.

Son así, de veras.

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—Hay una tarjeta postal de tu madre. Están cerca de Malta, en un lugar llamado Gozo.
—Dámela —Maitland palpó la tarjeta con las manos—. Gozo… la isla de Calipso.
Retuvo allí a Ulises durante siete años y le prometió juventud eterna si se quedaba con ella para siempre.
—No me sorprende —Judith se inclinó mirando la tarjeta—. Si tuviéramos tiempo tú y yo deberíamos ir allí a pasar unas vacaciones. Mares oscuros como el vino, un cielo paradisíaco, rocas azules. Felicidad.
—¿Azules?
—Sí. Un defecto de impresión, sin duda. No pueden ser así.
—Son así, de veras.
Todavía con la tarjeta en la mano, Maitland salió al jardín, guiándose por la baranda de cuerda. Mientras se acomodaba en la silla de ruedas pensó que había otras correspondencias en las artes gráficas. Las mismas rocas azules y las mismas grutas espectrales podían verse en La Virgen de las rocas, una de las pinturas más peculiares y más enigmáticas de Leonardo. La madona sentada en un arrecife desnudo, junto al agua, bajo el oscuro alero de la boca de la caverna, era como el espíritu soberano de algún encantado reino marino, aguardando a los que llegaban a las costas rocosas de ese extremo del mundo. Como en tantos de los cuadros de Leonardo, todas las ansias y terrores característicos se encontraban en el fondo. Allí, a través de un pasaje entre las rocas, se veían los acantilados azules que Maitland había vislumbrado en aquella visión.

J. G. Ballard. La Gioconda del mediodía crepuscular (fragmento).

Cuadro: La virgen de las rocas. (1483 – 1486) Leonardo Da Vinci.

Bestiaire D´amour

Cumplo en este post con el pedido de Gaviota quien me propuso escribir un cuento y publicarlo aquí. Además tenía que, al final, nombrar a otros seis blogs para que hiciesen lo mismo pero, y estimo que Gaviota no se va a enojar por ello, voy a pasar de éste último punto. Para ser sincero, no me gusta obligar a nadie a que escriba lo que quizá no quiera escribir, así que dejo la puerta abierta para todo aquel que quiera sumarse y publicar algún relato de ficción. Éste que está aquí no ha sido corregido, así que se aceptan críticas de todo tipo y calibre. Eso es si llegan al final; soy consciente de que en los blogs la tendencia es la de no leer textos largos. De todos modos aquí está. (Y no te enojes Gaviota por no cumplir el segundo punto, no puedo hacerlo, es más fuerte que yo).

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No creyó que eso fuera posible. No, al menos, hasta esa mañana en que entró a su librería predilecta y la vio, allí, casi de perfil, hojeando un libro que no pudo identificar. Para él, entrar a una librería —y más aun a esa a la que consideraba su librería— significaba olvidarse del mundo, aislarse del ruido del entorno incluso, a veces, de sí mismo.

Pero ello no fue posible esa mañana. Ella estaba ahí y opacaba con su sola presencia a la abigarrada serie de anaqueles y mesas llenas de libros. Ella era el epicentro de una pequeña onda sísmica que lo golpeó, sin que él pudiera evitarlo, a la altura del pecho. «¿Qué puedo decirle? ¿Cómo hago para acercarme?» Su natural timidez comenzaba a hacer de las suyas, es decir, comenzaba a apoderarse de sus actos y de sus palabras o, mejor dicho, de la ausencia de éstas, de esa carencia que se hacía notar físicamente como si tuviese un puñado de arena en la garganta. De forma instintiva, como si hubiese sido robado en ese mismo instante, comenzó a palpar sus bolsillos. En el delantero derecho los encontró: dos caramelos ácidos, de fruta, de esos que usaba en reemplazo de los cigarrillos. Metió uno de ellos en su boca y el papel en el bolsillo. También se obligó a acercarse a ella, aunque no lo hizo de forma directa. Caminó haciendo un breve recorrido en U mientras la observaba por el rabillo del ojo. El cabello ondulado le caía sobre los hombros y le tapaba parte del rostro, pero lo que él había visto, cada vez desde un nuevo ángulo, le iba pareciendo más y más bello «no puede ser tan linda»se dijo y notó que sus palabras sonaban casi inocentes; pero al mismo tiempo supo que ésa era la palabra exacta. ¿Para qué perderse en falsas metáforas o sinónimos inadecuados? Ella no era bella. Bella podía ser una cosa cualquiera que estuviera ahí y que sólo sirviese de adorno. Ella era algo más: ella era linda. Ella respiraba, latía, exhalaba un suave perfume que él podía sentir porque se había acercado sin dejar de mirarla y sin darse cuenta y ella, ahora, lo estaba mirando. 

Se detuvo en seco, en esa misma baldosa en la que había dado el último paso. «Rápido, tonto; decí algo. Algo, lo que sea.» Por fortuna, ella sonrió y se adelantó lo suficiente como para dejarle el paso libre. Él abrió la boca para darle las gracias y seguir su camino, insultándose una y otra vez, pero se sorprendió cuando se oyó decir:

—¿Foucault, eh?…Las palabras y las cosas… ¿Estudias filosofía?

—Filosofía y letras, sí. —Dijo ella con suavidad.

—Si me permitís… —Continuó él pasando la yema de los dedos por los lomos de los libros que se encontraban en el estante frente a ellos hasta que se detuvo en uno de lomo color azul—. Esta edición es la mejor. Además tiene un estudio preliminar excelente.

—Sí, lo estuve viendo antes. Pero es muy caro.

—Ah… eso sí. ¿No tenés la tarjeta de cliente habitual?

—No. Ni siquiera sé qué es eso. En la universidad trabajamos con muchas fotocopias; no ahorra espacio pero ahorra dinero.

—Si sos cliente de esta librería ta dan una tarjeta con la que te hacen descuentos del veinte por ciento en las compras futuras por seis meses. Si querés te la presto.

—¿Y te permiten hacer eso?

—No. Pero si lo compro yo, es decir, como si fuera para mí… «Bien, idiota, seguí así, vas bien. Y qué bonita es… ¿Bonita? ¿Y dónde quedó lo de linda? Bueno, es lo mismo. Es linda y bonita, eso es seguro.» Ella seguía mirando los dos volúmenes, sopesando posibilidades, sacando cuentas a toda velocidad.

—Sí —Dijo enseguida—, aun así sale un  poco más que éste, pero no mucho. ¿En serio no tenés problema?

—En absoluto —Dijo él tomando el volumen de lomo azul—. ¿Me das un minuto así busco algo para mí?

—Seguro. ¿Qué estás buscando?

—No lo sé —Se encogió de hombros y ella rió ante aquel gesto. Él casi se desmaya al verla sonreír y, como toda respuesta, rió también y señaló una mesa de novelas recién editadas—. Nada por aquí —Dijo luego de echar un vistazo rápido. Se encaminó hacia los estantes de novelas clásicas pensando qué decir a continuación. Era consciente de que debía pensar lo que tenía que decir, pensarlo y rogar que ella (tan linda, por cierto; tan bonita que le quitaba el aliento) continuara el diálogo de alguna manera fluida, ágil, llevadera. Se acercó a los estantes de autores españoles e hispanoamericanos. Iba a sacar del estante una novela de Javier Marías cuando oyó una voz, a sus espaldas, que lo llamaba por su nombre. Era Miguel, el dueño, encargado, consejero y guía de la librería.

—Tengo algo para usted —Dijo mientras lo llamaba con un gesto de la mano y su eterna sonrisa bajo los también eternos (y pasados de moda), anteojos de carey negros. Se acercaron al mostrador donde Miguel buscaba y revolvía hasta que, satisfecho, sacó una bolsa de nylon y, de ella, un libro que ofreció orgulloso—. ¿Se hizo espera, no? lo recibimos ayer.

—Ahh… pero qué bueno Miguel; ¡Fantástico! Muchas gracias…

—De nada; ya sabe que estamos aquí para ayudarle en lo que sea.

—A ver qué es —Dijo ella tirándole de la manga de la camisa. Él giró la muñeca da la mano izquierda para que la portada del librp fuera visible. Sonrió al ver la expresión escéptica de ella. La portada le había parecido totalmente anodina. Un color raro, entre el verde y el azul, dos triángulos negros a modo de punteras, un escudo pequeño, centrado, con las iniciales LKR, el título —Le Bestiaire D´amour—, el nombre del autor —Richard De Fournival— y el año —1860— de la edición original. Luego leyó la cinta de papel que envolvía al libro: “Inmerso plenamente en el género de los bestiarios medievales, es el de Fournival quizás el más lírico y bello. Escrito a mediados del s.XIII sustituye la enseñanza moral o religiosa anterior por un anhelo amoroso no exento de ironía”.

—Acá te consiguen cualquier cosa. Si es algo medio raro sólo tenés que tener paciencia, pero te lo consiguen. Perfecto Miguel, llevo estos dos —Miguel tomó el libro que acababa de entregar y, cuando tomó el ejemplar de Las palabras y las cosas, le guiñó el ojo, cómplice, experimentado, siempre amable. Por un acuerdo tácito él pagó por los libros y, al salir de la librería, señaló hacia la esquina opuesta. Le parecía, ahora, que sus palabras salían más veloces, más firmes, más seguras.

—¿Puedo invitarte a tomar un café? O quizá un helado…

—No —Dijo ella y para él el mundo comenzó a desmoronarse parte a parte, pieza a pieza, como si hubiera estado construido con esos bloques de colores que suelen usar los niños para jugar—. Para café hace mucho calor y para helado es muy temprano. ¿Te parece algo intermedio? Digamos algo para tomar, algo fresco. Eso sí, invito yo.

—De ninguna manera —Se sentía feliz y entero otra vez—. No vas a ahorrar dinero en un libro para después gastarlo en bebidas.

—Ya veremos —Dijo ella y dejó zanjada la cuestión.

No hace falta describir todo lo que se dijeron en esa hora y fracción que estuvieron sentados frente a una mesa en la calle peatonal, a un par de cuadras de la librería. los lugares comunes del amor son, al mismo tiempo, todos iguales y todos diferentes. Reían por cualquier nimiedad, estudiaron los gestos y los rasgos uno del otro, fingieron sorpresa y algún interés por temas que nada les importaban, jugaron a ser más interesantes o misteriosos de lo que eran o suponían ser.

—¿Y qué pensás hacer cuando termines de estudiar?

—Escribir. Escribir mucho. y posiblemente dar clases; al menos al principio. ¿Y vos?

—Yo me conformaría con ser tu Bestiaire D´amour —El francés de él era correcto, pero no mucho más. Ella se sintió halagada y algo avergonzada. Bajó la mirada y pronunció las palabras en francés, pero lo que salió de su boca fue algo así como «bestiag damugh». Rieron ambos, pero quien más parecía disfrutarlo era ella. Dos gruesas lágrimas le corrían por las mejillas y se las secó con el dorso de la mano.

—Decilo otra vez —Dijo ella.

Bestiaire D´amour…

—Bestiiarr Damugg… —Y ahora las amplias carcajadas fueron compartidas—. No hay caso, mi francés es terrible.

—No te preocupes, el mío también.

—Deberíamos inventar un lenguaje nuevo. Un lenguaje propio, que sólo entendiéramos nosotros solos.

—¿Y cómo se diría Bestiaire D´amour en ese lenguaje?

—Así —Dijo ella, y lo besó. Lo besó como se besa la primera vez, con miedo, con ternura, con pasión, con ansias, con el alma en los labios.