¡Ya, cállese!

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Discutir o debatir cualquier tema, hoy, es una tarea casi imposible. La mediocridad general y la falacia de que todos tienen derecho a opinar hace que cualquier argumento se vea invalidado por frases que nada tienen que ver con el tema central pero que tienen la virtud de acabar con la discusión de manera instantánea. Por ejemplo, J dice: «La economía de mercado es perjudicial para el sistema democrático» y de inmediato H le espeta: «¡Pero usted de qué habla si le quedó debiendo cien pesos al de la tienda de la esquina!». Punto. Se acabó la discusión. No hay modo de hacerle entender a H que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Se terminó. Y mejor no hablar de temas viscerales como la religión, el fútbol o similares. Dice M: «Fue un hermoso gol» a lo que G responde: «Usted mejor no hable que su equipo hace diez años que no sale campeón». Chau, se terminó todo. Cierren las puertas y apaguen la luz, ya no hay nada que pueda agregarse.
La lógica pasa por el sinsentido. Hoy, como dice Discépolo en Cambalache, lo mismo un burro que un gran profesor. Bajo la idea de que «todos tienen derecho a opinar» más esa otra tontería de «todos estamos destinados a grandes cosas» y terminando con la suprema gansada de «todos son completos en sí mismos» cualquier cantante de boleros se cree Mozart y cualquiera que lee un horóscopo se cree Carl Sagan.
Como dice Montaigne en sus Ensayos: La creencia es como una impresión en el alma, la cual, cuando más blanda y menos resistente, más fácil se deja imprimir cualquier cosa.
Y así nos va.