Cada uno es lo que es…

 

Thoreau 103

 

De mi adorado Thoreau, dos notas tomadas de sus diarios que se encuentran íntimamente relacionadas. ambas son de 1840 y sólo las separan diez días. La primera es del 1 de julio, la segunda, del 11:

«Ser un hombre es hacer el trabajo de un hombre. Nuestro recurso es siempre el esfuerzo. Podríamos decir perfectamente que nuestros esfuerzos son un éxito. El esfuerzo es la prerrogativa de la virtud. La tarea recompensa al trabajador, no el patrón. La laboriosidad es su propio salario. no dejemos que nuestras manos pierdan un ápice de su destreza afanándose por una mezquina recompensa, pues sabemos que nuestro auténtico esfuerzo no puede verse frustrado, ni nuestras ganancias escatimadas salvo por no habérnoslas ganado».

«El hombre determina lo que dice, no las palabras. Si una persona mediocre usa una máxima sabia, me parece que no puede interpretarse de otra manera que aplicándola a su mezquindad, pero si un sabio hace una observación manida, tendré en cuenta qué interpretación más amplia admite».

En pocas palabras: la dignidad del hombre está en sus propias manos y de nada ni de nadie más depende. La segunda cita expande este concepto al trabajo intelectual; de allí que haya considerado que ambas estaban íntimamente relacionadas. Esto no es más que otra idea recurrente en este sitio: la idea de la responsabilidad personal de cada uno de nuestros actos y de nuestros pensamientos. Somos lo que somos por nosotros mismos y a nadie podemos culpar por ello. Si estamos conformes con lo que somos, pues estupendo; si no, pues será cuestión de poner manos a la obra.

 

Thoreau 100

El oficio de escribir.

PAVESEEstoy leyendo, entre otras cosas, El oficio de vivir, de Cesare Pavese. Es una lectura ideal para estos momentos en que mis tiempos son caóticos y mi concentración se ve mermada por diversos motivos. El oficio de vivir reúne los diarios del escritor italiano donde abundan las notas sobre literatura, historia, sexo y lo que sería la suma de todos estos componentes: la vida en sí. Como todo volumen de diarios, puede entrarse por cualquier sitio y dejarlo y volverlo a tomar en cualquier momento; pero, a diferencia de otros textos similares que he leído, El oficio de vivir es tan intenso que uno sabe que en cualquier página que lo habrá encontrará algo de valor; algo que lo hará pensar o que lo llenará de asombro. Por ejemplo, leo en la página 159, anotación al 3 de mayo:

“La parte que sufre en nosotros es siempre la parte inferior. Como también la parte que goza. Solamente la parte serena es superior. Sufrir, lo mismo que gozar, es ceder a la pasión. La única diferencia es que el placer se parece a la serenidad y por eso engaña y hace perder más tiempo, mientras sufrir constriñe enseguida por reacción a endurecerse y estar en tensión.

En resumidas cuentas, para transformar el placer en serenidad hace falta que éste se haya convertido en tedio. También el dolor, para convertirse en creativo, debe hacerse antes tedio”.

Inmediatamente después, en la entrada al 4 de mayo, Pavese continúa desarrollando la idea:

“Hacer algo que no sea un fin en sí mismo (como, por el contrario, sufrir y gozar) sino en vista de una obra, proporciona serenidad porque interrumpe el tedio sin comprometernos en la cadena sufrida de sensaciones y sentimientos, y permitiéndonos en cambio ver desde lo alto (serenidad) un organismo que acata leyes de nosotros (nuestra obra). 

De todo el trabajo humano, y en consecuencia también del arte, el elogio más grande es que nos consiente vivir con serenidad, es decir, huir del determinismo e imponer nosotros una ley a la materia y contemplarla desinteresadamente en su acción”.

Hace unos días, un texto de Marguerite Duras despertaba en mí algunas reflexiones sobre la escritura; hoy la enriquezco con esta idea de Pavese: el acto de escribir como huida del mundo en sí y, por ende, como una forma de evitar la pasión; la cual es siempre hija del sufrimiento o del gozo. Huir de ellos es encontrar la serenidad y escribir (o crear cualquiera de las formas del arte) es la mejor manera de hacerlo.

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La cosa más deseable, según Susan Sontag

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Hoy, luego de una charla sobre la costumbre de llevar un diario y sobre la utilidad y el encanto de éstos, busqué estas notas de la entrañable Susan Sontag; uno de esos autores que se me hace imprescindible revisitar cada tanto. Según su hijo, los diarios de Susan Sontag no eran unos diarios al uso: la autora los usaba como libro de anotaciones sobre ideas, listas, propósitos… Es decir que Sontag entendía los diarios como una bitácora donde todo tenía cabida y lugar; lo cual es el modo correcto de llevar un texto de estas características (en inglés, además, hay una distinción extra entre el Diary y el Journal, términos ambos que nosotros traducimos, a falta de términos más precisos, como diarios).

“Creo que…

(A) Que no hay dios personal o vida después de la muerte
(B) Que la cosa más deseable en el mundo es la libertad de ser fiel a uno mismo, es decir, Honestidad
(C) Que la única diferencia entre los seres humanos es la inteligencia
(D) Que el único criterio de una acción es su efecto último en hacer a la persona feliz o infeliz
(E) Que está mal privar a un hombre de la vida [comentarios ‘f’ y ‘g’ están desaparecidos.]
(H) Creo, además, que un Estado ideal (además de ‘g’) debe ser de carácter fuerte y centralizado con control gubernamental de servicios públicos, bancos, minas, transporte + y subvenciones de las artes, un salario mínimo satisfactorio, ayuda a los discapacitados y anciano[s]. La asistencia del Estado a las mujeres embarazadas sin distinciones como las de hijos legítimos + ilegítimos”.

Con estas palabras extraídas de su diario personal Susan Sontag apuntaba ya -a la edad de 14 años- su pasión por la listas. Unas listas que escribía meticulosamente sobre todo lo que tenía que leer, escuchar, intentar o evitar ser… y en las que ya podía observarse su innegable apego a la transformación personal, a su propia auto-revisión y a un carácter estricto en cuanto a cómo quería desarrollarse y quién pretendía ser. “Honestidad” e “inteligencia” fueron dos de los vocablos más mencionados en sus discursos y, tanto en sus textos como en su implicación social, Sontag demostró ambas cualidades en cada acción emprendida. De allí que se haga imprescindible, entonces, volver una y otra vez a sus palabras.

Kafka. Diarios y dibujos

Franz Kafka, además de los típicos datos y observaciones que habitualmente suelen incluirse en los diarios y donde también escribió las historias que luego fueron publicadas y recibidas como parte de ese canon occidental que no lo reconoció en vida, dejó una parte importante de una afición que le desagradaba mostrar, más aun, que los fragmentos que iba escribiendo: sus dibujos; los que reflejan casi la misma angustia que sus escritos. Algunos de ellos han hecho su camino hacia las portadas de sus libros, pero otros han sido olvidados como parte de la obra del autor, que acaso tiene que verse completa y en el contexto de la Praga que habitó, esa de la que dijo que nunca lo dejaba ir, “esa querida pequeña madre, con garras afiladas”.

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el pensador .

 El pensador

“Progresivamente, intentaré agrupar lo que hay en mí de indudable, luego lo creíble, luego lo posible, etc. Es indudable mi avidez por los libros. No tanto por poseerlos o leerlos como por verlos, por convencerme de su permanente existencia en los estantes de una librería. Si en alguna parte hay varios ejemplares del mismo libro, cada uno de ellos me alegra. Es como si dicha avidez partiese del estómago, como si fuese un apetito descaminado. Los libros que yo poseo me dan menos gusto; en cambio me alegran ya los libros de mis hermanas. El deseo de poseerlos es incomparablemente menor, casi inexistente.” (Diarios)

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“Esta tarde, mientras estaba acostado en la cama, alguien hizo girar rápidamente una llave en la cerradura; durante un instante tuve cerraduras por todo el cuerpo, como en un baile de disfraz; aquí y allá, con breves intervalos, abrían o cerraban una de las cerraduras”. (Diarios)

Gustav Janouch describió en su libro Conversaciones con Kafka, que cuando alguna vez sorprendió al escritor a medio garabato, Kafka inmediatamente lo destruiría en pedacitos para que nunca nadie pudiera ver su trabajo, con un obvio resultado de sorpresa en su interlocutor las veces que ocurrió. La explicación lo hace una actitud más razonable:

«Estos dibujos son los remanentes de una pasión vieja y enraizada. Por eso trato de esconderlos de ti… No está en el papel; la pasión está en mí. Siempre quise aprender a dibujar. Quería ver y poder aprehender lo que había visto.»

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Cuadernos de Lanzarote I. José Saramago

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Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Así comienza el conocido soneto de Francisco de Quevedo; y así me siento cuando leo algún libro de un autor que ha logrado colarse en mi alma un poco más allá de lo que habitualmente puede hacerlo alguien escribiendo un buen libro. Me refiero a esos autores a los que uno, sin conocerlos personalmente puede considerar como a “un amigo”. No son muchos los que logran llegar a tales niveles, sí los son aquellos que pueden agradarnos y a los que, incluso podemos seguir por años y por cientos y cientos de páginas. A lo que hago referencia es a una cualidad diferente, superlativa; una cualidad difícil de explicar (bueno, algo así como la amistad misma, ¿no?).
Cuadernos de Lanzarote I es, precisamente, la oportunidad de ingresar a la sala de estar del escritor/amigo. Adentrarnos, aunque sea brevemente, en sus quehaceres y sus pensamientos diarios; en sus más y sus menos, en sus gustos y sus pareceres. Quien ha leído toda la obra de ficción de su autor favorito, unos diarios pueden saberle a poco: pero ése no es mi caso. Si bien no van a ser mis libros predilectos, estos cuadernos o diarios son un buen complemento del resto de su obra. Y más ahora que ya no lo tenemos con nosotros y que, de manera inevitable, deberemos recurrir a la relectura como única forma de “conversar con los difuntos”.

Susan Sontag, Diario

Dentro de la enorme amplitud que nos brinda la literatura, cada uno tiene, sin duda, sus preferencias; algunos preferirán la poesía, otros las novelas (y dentro de éstas cualquiera de sus subcategorías), otros preferirán los ensayos y otros los textos históricos o biográficos. Para mí, los diarios son una fuente inagotable de placer. Sé que los diarios escritos por autores reconocidos son escritos con el fin de que sean leídos en algún momento; aunque sea después de su muerte (como en el caso de Bioy Casares, por ejemplo). Es decir que soy consciente de que esos diarios no son en un cien por ciento escritura despojada de la mirada del lector; es decir, escritura condicionada de antemano. Pero aun así, encuentro en los diarios cierta libertad, al menos, temática, ya que no de tono y estilo. Leer un diario de un autor que apreciamos nos permite adentrarnos, entonces, en parte de su privacidad; en parte de esa vida que ya conocimos a través de su ficción (la cual, si hilamos fino, bien sabemos que nos es totalmente ficción); pero no nos vayamos por las ramas, cosa que los que me conocen saben que hago con suma facilidad. Entonces vuelvo a la tierra y sólo digo Susan Sontag. Eterno amor platónico borgeano, y algunos fragmentos de sus diarios.

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El miedo a la vejez surge del reconocimiento de que no se está viviendo ahora la vida que se quisiera. Equivale en un sentido a insultar al presente.

Escribo para definirme; un acto de creación propia; parte del proceso de llegar a ser; en diálogo conmigo misma, con los escritores vivos y muertos que admiro, con los lectores ideales.

Sola, sola, sola. El muñeco del ventrílocuo sin el ventrílocuo. Tengo la mente agotada y el corazón dolido. ¿Dónde está la paz, el centro?

Quiero ser capaz de estar sola, de que me parezca reparador; no una mera espera. Hipólito dice bienaventurada la cabeza que se ocupa de algo más que de su propio descontento.
Sentimentalismo. La inercia de las emociones. No son ligeras, optimistas: soy sentimental. Me aferro a mis estados emocionales. O ¿son estos los que se aferran a mí? Arte = un modo de ponerse en contacto con la propia locura.

Mis faltas: —censurar a otros por mis propios vicios —convertir mis amistades en aventuras —pedir que el amor incluya (y excluya) todo. Cuando detecté envidia, me abstuve de criticar; no sea que mis motivaciones fueran impuras, y mi juicio poco menos que imparcial. Fui benevolente. Era maliciosa sólo sobre los desconocidos, la gente que me era indiferente. Parece noble. Pero, por lo tanto, rescaté a mis “superiores”, a aquellos que admiraba, de mi desagrado; de mi agresión. La crítica quedaba reservada sólo para los que estuvieran por “debajo” de mí, a quienes no respetaba… empleé mi poder crítico para confirmar el status quo.

El “deseo” intelectual es como el deseo sexual. 6,085 ejemplares se han vendido de Contra la interpretación 1,915ejemplares quedan de la primera edición.

Otro texto clave: La deshumanización del arte de Ortega.

Cada época tiene un grupo de edad representativo, -el nuestro es la juventud-, el espíritu de la época es estar en la onda, ser deshumanizado, juguetón, sensación, apolítico.

Mi perspectiva no está refinada, es insensible: este es mi problema con la pintura. Otro proyecto: Webern, Boulez, Stockhausen. Comprar discos, leer, trabajar un poco. He sido muy perezosa. No conceder entrevistas hasta que no parezca tan clara + experta + directa como Lillian [Hellman] en The Paris Review

No se aprende de la experiencia; porque la sustancia de las cosas siempre está cambiando.

La única transformación que me interesa es la transformación absoluta; aunque sea minúscula. Quiero que el encuentro con una persona o una obra de arte cambie todo.

Mi mayor deleite de los últimos dos años ha provenido de la música popular (los Beatles, Dionne Warwick, las Supremes) + la música de Al Carmines [actor, compositor, director, reverendo]

En el próximo apt. tendré muchas plantas, agrupadas.

Un problema: la precariedad de mi escritura –es exigua, de una oración a otra– demasiado arquitectónica, discursiva.

Los textos son objetos. Quiero que afecten a los lectores; pero de todos los modos posibles.

Llego todas las noches a las 2:00 o 3:00. El NYTimes es mi amante.

Me gusta sentirme tonta. Así es como sé que hay algo más en el mundo que yo.

Susan Sontag