Sino dedícate a otra cosa…

 

En mis derroteros dominicales por el famoso Audi (el mercado de pulgas local) en busca de libros y publicaciones varias, a veces me topo con cosas que no conozco (la mayoría, por supuesto) o que sólo he visto de pasada, como suele decirse. De mis últimas adquisiciones —un ejemplar de la revista Proa— les traigo un breve texto de Jorge Valdano, ex jugador de fútbol y escritor. Todo el número de Proa está dedicado al fútbol y a la literatura, pero no hablaré de ello porque, en líneas generales, los textos son bastante pobres (en Argentina esta comunión es muy común. Yo sigo sin entenderla y sin poder apreciarla, por lo visto). El texto de Valdano nos lleva de la manos a una época anterior, donde los valores eran otros (un tema que he tratado mucho últimamente) y, me atrevería a decir, mejores.

 

Vakdano

 

La vieja ética

Hubo un tiempo en que equivocarse en un pase significaba mucho, para mal. Yo empecé mi carrera profesional en Rosario, ciudad implacable con los malos jugadores. En uno de mis primeros entrenamientos, le di una pelota al Mono Obberti, viejo ídolo de Newell´s y mío, pero el pase no fue bueno. El Mono no hizo ni el menor esfuerzo por alcanzarla, me miró como si me hiciera un favor, y dijo: «Nene, al pie, y sino dedícate a otra cosa». Ahora, cuando un futbolista falla el envío por tres metros, el compañero lo aplaude, no vaya a ser que el pasador se deprima. Otra variante sobre aquella estética del fútbol, la cuenta Di Stéfano en su excelente libro Gracias, vieja, al recordarnos que antes, cuando se marcaba un penal, no se festejaba. Daba vergüenza gritar como loco el aprovechamiento de semejante ventaja. Eso es, daba vergüenza.

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De merecimientos y dignidades

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«No te bajan la tapa del inodoro y te van a bajar la luna» Dijo una mujer hace un tiempo en una red social, haciendo gala de ironía mal empleada. «¿Y no será que no te mereces ni una cosa ni la otra?» Le respondí yo, lo cual la hizo enojar muchísimo. En las redes sociales suele suceder que, cuando una persona se enoja, te hecha de su casa para siempre, así que ni siquiera tuve la oportunidad de explicarme. Como decidí dejar Facebook por un tiempo indeterminado, dejaré mis reflexiones por aquí.

Para empezar, me resulta bastante molesta esa costumbre actual que tienen muchas personas, la cual consiste en creer que la vida, el mundo y la sociedad les debe mucho, muchísimo. Esas personas —como la mujer del comentario primero—, creen que por el mero hecho de existir ellos merecen lo mejor de lo mejor y que todos los demás estamos aquí para satisfacer sus necesidades. Sobre todo, claro, en materia de amor o relaciones personales. Olvidan que las relaciones implican un «ida y vuelta» que se realimenta y que necesariamente debe incluir a las dos partes. Estas personas, por el contrario, creen que ellos están aquí para recibir y nunca para dar; por eso se permiten esas malas ironías sobre la necedad de los otros.

A lo que apunto es que si alguien quiere que le bajen la luna debería, en principio hacerse digno de tal cosa. ¿Qué es eso de andar pidiendo lo que ni siquiera merecemos? Todos queremos salir con la reina o el rey de la fiesta, nunca con el lacayo; pero para eso hay que estar a la altura de las circunstancias. De nada sirve gritar “¡Injusticia!” o “¡Me discriminan”! cuando no nos eligen para bailar o para jugar el partido del domingo. El que quiera celeste, que le cueste.

Volvernos dignos, si vamos al caso, no es demasiado complicado; sólo requiere algo de trabajo de nuestra parte: aprender algunos versos o, mejor aún, aprender a escribir algunos versos; caminar derecho; saber hablar y sobre qué hablar; ser amable, atento, educado; aprender algunos acordes; aprender la diferencia entre ser gracioso o ser un tonto y saber que un romántico no es un señor que usa una camisa con jabot y que canta boleros, sino una cosa más íntima y profunda.

Por cierto, no hay obligación alguna en trabajar en uno mismo; quien no quiera hacerlo, que no lo haga; pero que después no se queje cuando no le bajen la luna, ni la tapa del inodoro. No hay que olvidar que los demás están aquí para completarnos, no para satisfacer nuestras necesidades infantiles.

Siguiendo el (propio) norte

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Arnold Butler; más conocido como “i’M (a) moTHa+ fUcken aRT-iSt” (puro slang afroamericano intraducible) se vio, cierto día, ante una disyuntiva bastante común en estos tiempos, en los pretéritos y seguramente en los futuros: su novia lo puso, como dice el dicho popular “entre la espada y la pared”. La jugada le salió mal y está bien que así haya sido.

artist 00 Cómo me convertí en un maldito artista.

Ex-novia: Soy yo o el arte.

A. B.: Excelente. Elijo al arte.

Ex-novia: ¡Vete a la mierda! Nadie respetará esa basura que pintas

A. B.: Ve a decirle esa mierda a una persona común. ¡YO SOY UN MALDITO ARTISTA!

 

 

 

 

 

 

Más allá del nivel artístico que cada uno encuentre en las obras de Arnol Butler, lo que quiero destacar es la actitud ante la estúpida actitud de la mentada ex-novia. Ésa es la respuesta correcta para esa clase de personas. Recuerdo haber escuchado una historia de características similares (ficcional, pero igualmente válida): Un hombre requería de amores a una hermosa dama, ésta le dice que será suya si él espera durante cien noches debajo de su ventana. El hombre, entonces, se sienta cada noche, soportando el frío, la lluvia, la soledad; en un banco del jardín, bajo la ventana de la mujer amada. En la noche número noventa y nueve, se levanta y se va.

Dignidad, suele llamarse esa actitud.

Les dejo una breve galería de Butler. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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Un grito en el desierto. Víctor Hugo Morales (Política I)

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                                                                                                                                                                    Dignidad. Ésa es la palabra que sirve de eje a este breve pero importante texto de Víctor Hugo Morales, periodista, locutor y relator deportivo uruguayo, radica ya hace muchos años en Argentina. El libro fue publicado originalmente en 1998 y hoy se reedita sin cambio alguno. esto, que podría parecer un dato secundario es, por el contrario, algo de vital importancia. Un grito en el desierto es un análisis socioeconómico de la Argentina de fines del siglo XX, esa Argentina que desembocaría en la triste y dolorosa crisis del año 2001 y la misma que hoy recorre Europa en mayor o menor grado según unos pocos grados de longitud este u oeste. Víctor Hugo (como se lo conoce popularmente) evita toda exposición erudita y se adentra en la médula misma del problema central del neoliberalismo: la destrucción del entramado social, la destrucción del sistema de producción, la destrucción de las redes solidarias (y hasta del mismo espíritu de solidaridad en sí), la destrucción del sistema educativo y hasta la destrucción de los valores morales. Todo ello acompañado especularmente por su contrapartida utilitaria: división social (ensanchamiento de la brecha entre ricos y pobres, inseguridad, etc.), desfasaje económico hacia el sistema especulativo, alto porcentaje de ausentismo escolar, egoísmo basado en imposible acceso a las necesidades básicas.

Pregunta básica: ¿Qué crea el neoliberalismo? Pues nada. Ésa es la única respuesta válida. Al neoliberalismo le conviene la más absoluta pobreza en la mayor proporción posible de habitantes. De ese modo se consigue mano de obra barata y, mejor aún, desesperada. De ese modo el empleado trabaja más horas, hace un trabajo más pesado, acepta un sueldo menor y, además no se queja. El miedo a perder esa única fuente de ingresos lo hace pasible de un sistema que todos suponemos erradicado: la esclavitud. «Mire amigo, ésas son las condiciones de trabajo. si no le gusta hágase a un lado que hay dos millones de personas que están deseosas por hacerlo. Y algunos incluso por menos…». Trabajo esclavo. Trabajo infantil. Abuso, no sólo económico sino también sexual (¿cuántas jefes o dueños han usado el poder del miedo a perder un trabajo para que una joven o una mujer se le entregue a sus deseos?). Todo ello da vueltas una y otra vez sobre el mismo punto: la dignidad humana y su destrucción (uso y repito esta palabra con intención. Pocas veces estuve tan seguro de que no cometo un error al incluir el mismo término todas las veces que crea necesario) programada. No hay página en este libro que no gire en torno al término dignidad, ya sea de manera directa o evocándolo a través de ejemplos o de la exposición de la misma realidad.

Hoy, mi amiga Claudia Snitcofsky (aquí iba a escribir casualmente pero decidí que el término no era correcto, ya explicaré por qué) me pasó el siguiente enlace:

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202 Millones. Un simple número. Doscientos dos millones. 202.000.000. Como les resulte más claro. Y eso sin contar los trabajadores esclavos, los subempleados, los desempleados “falsos” (en el Censo Nacional Argentino, en aquella década del noventa si una persona había trabajado cierta cantidad de horas mensuales no se lo consideraba como a un desempleado) y ni hablar de aquellos que ni siquiera figuran en las estadísticas).

Ahora me permitiré un par de notas personales. Sé que el post se me ha ido de las manos y que ya es demasiado extenso para el gusto general de la blogósfera; pero es lo que hay y se me impone como una necesidad imperiosa. Para empezar, debo reconocer que la lectura de Un grito en el desierto no me fue sencilla; por el contrario, en muchos momentos fui presa de una profunda angustia porque yo mismo he sido una de esas víctimas de las que se habla aquí. Hacia el final del libro, VHM relata la partida hacia el extranjero de toda una familia, partida al extranjero que es la única salida posible para poder salvar eso de lo que venimos hablando desde el principio: su dignidad. El libro fue publicado en 1998. Por aquel entonces yo era gerente de un restaurant de muy buena categoría. Estuve más de un año sin cobrar mi sueldo. Vivía sacando “vales” (pequeños adelantos) cada quince días o algo así. Cuando el restaurant quebró (aun tengo, como recuerdo de mi indemnización, tres cheques que nunca pude cobrar y que nunca podré hacer) me llamaron de otro, donde ya conocían mi trabajo. Nunca me pagaron. A los tres meses me fui de allí y sólo pude cobrar yendo todas las semanas y recibiendo lo que me daban. Luego de ello, estuve siete meses sin trabajo. Fue entonces que tuve que irme a trabajar a otro lugar, el que, como muchos ya saben, fue los Estados Unidos (nada menos). Mi amiga Claudia Snitcofsky también fue una de ellas y es por eso que no es una casualidad que Claudia me envíe enlaces como el de más arriba: ella también hoy siente como propia esa lucha por aquellos que hoy están pasando por lo mismo que pasamos nosotros hace quince años. No importa en qué parte del planeta, no importa la raza o el sexo o la edad o el nivel educativo. No importa nada. La lucha por la dignidad del hombre debe ser la que señale nuestro rumbo, es la única manera de sentir que no todo está perdido.

Nota posterior. Ya que esto está largo, voy a hacerlo más largo aún. Es un documental de 43´. Ahí está.