El arco o la ballesta

 

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Los movimientos sociales o culturales son siempre bienvenidos si partimos de la idea de que todo movimiento implica evolución y que, por el contrario, todo conservadurismo implica un anclar las cosas en un solo y único estado, sin permitir modificación alguna sobre ellas. Está muy bien, entonces, adentrarse en el camino del movimiento y del cambio, pero siempre y cuando pongamos en funcionamiento, para ello, las capacidades críticas que tenemos como especie y no solamente el deseo personal o las conveniencias particulares, que más bien parecen propias de la animalidad que de la humanidad de la que decimos formar parte.

Esto viene a colación porque, últimamente, he notado un acentuado deseo de imponer ciertas normas artificiales —cuando no delirios absolutamente personales— al conjunto de la sociedad, como si se pudiese establecer por ley lo que no puede ser ni siquiera considerado por costumbre. Ahora cualquiera pretende que su postura personal sea considerada en igualdad de condiciones con la lógica, la ciencia, la moral o la justicia según su buen parecer y bajo la premisa absurda del «Yo soy igual que todos y la opinión de uno es igual a la de cualquiera». Bajo esta fachada de igualitarismo (el cual parece fabricado en un jardín de infantes más que en una universidad) encontramos, generalmente, las verdaderas razones de su existencia: una victimización constante, una notable incapacidad para la superación personal, una patética necesidad de obtener la lástima ajena.

 

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Es fácil reconocer a estas personas: hablan siempre desde el yo, nunca desde la abstracción y, por supuesto, prefieren las anécdotas a los razonamientos. Es por eso que haría falta recordarles, antes de cada debate o cruce de palabras, aquella sentencia de Samuel Johnson: «El testimonio es como una flecha disparada desde un arco largo; la fuerza de la misma depende de la fuerza de la mano que la arrojó. El argumento es como una flecha disparada por una ballesta, que tiene siempre la misma fuerza, aunque la haya disparado un niño».

Dediquémonos, entonces, a las ballestas y sus flechas certeras y, cuando veamos a alguien acercarse con un arco largo, dejémoslo pasar de largo, rumbo al arenero donde juegan los niños del jardín de infantes.

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¡Ya, cállese!

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Discutir o debatir cualquier tema, hoy, es una tarea casi imposible. La mediocridad general y la falacia de que todos tienen derecho a opinar hace que cualquier argumento se vea invalidado por frases que nada tienen que ver con el tema central pero que tienen la virtud de acabar con la discusión de manera instantánea. Por ejemplo, J dice: “La economía de mercado es perjudicial para el sistema democrático” y de inmediato H le espeta: “¡Pero usted de qué habla si le quedó debiendo cien pesos al de la tienda de la esquina!”. Punto. Se acabó la discusión. No hay modo de hacerle entender a H que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Se terminó. Y mejor no hablar de temas viscerales como la religión, el fútbol o similares. Dice M: “Fue un hermoso gol” a lo que G responde: “Usted mejor no hable que su equipo hace diez años que no sale campeón”. Chau, se terminó todo. Cierren las puertas y apaguen la luz, ya no hay nada que pueda agregarse.
La lógica pasa por el sinsentido. Hoy, como dice Discépolo en Cambalache, lo mismo un burro que un gran profesor. Bajo la idea de que “todos tienen derecho a opinar” más esa otra tontería de “todos estamos destinados a grandes cosas” y terminando con la suprema gansada de “todos son completos en sí mismos” cualquier cantante de boleros se cree Mozart y cualquiera que lee un horóscopo se cree Carl Sagan.
Como dice Montaigne en sus Ensayos: La creencia es como una impresión en el alma, la cual, cuando más blanda y menos resistente, más fácil se deja imprimir cualquier cosa.
Y así nos va.

Achicando el círculo.

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Hablé ayer de cierto hastío o cansancio provocado por políticos o religiosos. Pensaba hoy hablar de uno de esos temas, pero lo dejaré para más adelante. Hoy quiero aclarar un poco lo que debí haber dicho ayer. Para empezar, el cansancio por esos temas está potenciado por la mediocridad que se encuentra en la población en general. Los políticos y religiosos son harina de otro costal, no es nuevo que estas personas viven de la miseria ajena; pero que sean los mismos miserables quienes los aplaudan, potencien apoyen y defiendan me parece la quintaesencia del patetismo. Intentar discutir con alguien de cualquiera de estos temas es adentrarse en un terreno plagado de lugares comunes, conceptos mal entendidos o, lisa y llanamente, maledicencia o estupidez.

Es un lugar muy común oír la expresión “Yo no discuto de política o religión” (suele completarse la tríada con el fútbol). ¿Y por qué no discutir, precisamente, de temas tan importantes? El problema no está en los temas en sí; sino en los oponentes. Todo el mundo está convencido o más que convencido de que es él quien tiene razón y con eso es suficiente. No cabe la más mínima posibilidad de que el otro pueda tener algún argumento válido o alguna idea que enriquezca los puntos de vista, no. El otro es siempre un ignorante que no entiende nada. Eso de ignorante no es gratuito; es el insulto preferido de quienes suelen participar de estas discusiones que deberían ser un ámbito de enriquecimiento y de debate (¿tal vez habría que cambiar de términos y dejar de llamarlo “discusión”?

La clase media suele ser la peor de todas. La clase media es, hoy, aquella que ha logrado cierto nivel de vida que le permite acceder a comodidades varias, las cuales se traducen en la posesión de objetos: el primero de ellos, la TV; el segundo la computadora y el acceso a internet y luego vienen, de ser posible, el auto y los demás aparatos domésticos. Estoy seguro de que uno puede medir el nivel intelectual de los habitantes de una casa midiendo el tamaño de la TV. Generalmente la proporción es directamente inversa: a mayor tamaño de la TV menor la capacidad intelectual de sus propietarios. Lo mismo ocurre con internet: a mayor tiempo frente a la pantalla, menor capacidad crítica. Y así nos va. Impedidos de comunicarnos si no es por medio de mensajitos inocuos o de salas de chat que nunca pueden transmitir las cadencias y las inflexiones de nuestra maravillosa voz, vamos alejándonos los unos de los otros, vamos separándonos físicamente y vamos dejando de discutir, dialogar o debatir, términos todos que entre personas adultas y bien entendidas son casi sinónimos, porque lo que prima es el compartir con el otro, no el meter un gol de media cancha con un pseudo argumento; quienes así se comportan ni siquiera tienen en cuenta que, en una discusión, gana más el que pierde, porque al menos aprende algo.

Definiciones de un amigo

Lucho Bruce es un amigo personal al que invité a escribir en Falsaria y con el que comparto buenos momentos de charlas (a los que se suma M. mi hermano y, generalmente, anfitrión de esas veladas) y discusiones eternas. Ayer publicó un diccionario al que le dio el título de Definiciones para confirmar si soy tan estúpido o no, título que no comparto porque sé de manera fehaciente que estúpido no es y que dicho título se debe a su natural y excesiva autocrítica. Diccionarios de autor hay varios, los más famosos deben ser los de Gustave Flaubert, Diccionario de lugares comunes; y el de Ambrose Bierce, Diccionario del diablo (sobre el que comencé a escribir un post hará cosa de un mes y quedó en la nada por falta de empeño. Ya llegará).

Por ahora, entonces, les dejo el Diccionario de Lucho Bruce, llamado así hasta que su autor le encuentre un título mejor y se digne a engrosarlo un poco.

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Lucho Bruce en persona

Diccionario:

POLÍTICA: El arte de mentir y que todos se den cuenta.

ARTE: Lo que hallamos siempre en aquello que no entendemos.

MUJER: Si tiene “ovarios”, marimacho; si tiene “tetas”, puta.

HOMBRE: Si tiene cerebro, “reaccionario”, si tiene pene grande, “ganador”.

JOVEN: Individuo que posee el derecho a ser boludo y de que todos se lo festejen.

ADULTO: Individuo que es tan boludo como los jóvenes, tan renegado como los viejos y no sabe “de que va la cosa”.

VIEJO: Individuo que carece del derecho de ser sabio porque lo tildan de “renegado”.

NIÑO: Definición de mono en estado de locura y evolución.

PERRO: El único ser vivo sobre el planeta que besará tus lágrimas cinco segundos después de que le diste una patada.

GATO: Se hace el canchero porque no tiene la nobleza del perro ni la fiereza del tigre.

CHATEAR: Putear a un barrabrava a traves de un «Blindex».

RESPETO: Nos acordamos de lo que es cuando lo exigimos del otro.

TELEVISOR: Aparato que posee un aparatito que sólo lo posee el macho Alfa.

DINERO: Lo que hace que tu cara de mandril luzca como la de Judd Law, parezcas de 30 cuando tienes 60 y manejes un coche que no te mereces.

HAMBRE: El dolor mas intenso que sufre la humanidad – cuando es tu panza – la que está vacía.

GUERRA: No conozco ningún vencedor que se haya quejado de ella. Éstos festejan el triunfo, los vencidos lo sufren humillados, las pruebas de lo atroz se encuentra bajo la tierra, las fotos, los heridos, los humos de las bombas, los gritos de las hembras, el llanto tan en vano… Y los que las desatan, contando sus billetes.

MÚSICA: Si Dios –en el caso de que existiera –tuviera voz,  sonaría como nuestra melodía predilecta.

VINO: Lo bebemos para que las uvas no se transformen en pasas. ¿Que sería de este mundo lleno de pasas de uva y sin vino?

FRASES: Inventarlas es una manera de querer pasar por menos estúpido de lo que realmente somos.

PENSAR: Hábito altamente nocivo, altamente adictivo, altamente doloroso y peligrosamente demodeé.

INCULTURA: A veces se esconde detrás de títulos universitarios, Doctorados y Masters.

CRITERIO: Es como la elegancia, se tiene o no, no es cuestión de comprar.

VALENTÍA: Lo único que nos queda cuando estamos al borde del abismo.

TURISTA: Renegado de la belleza que lo rodea todo el tiempo aun en el lugar donde vive.

NOCHE: Sería perfecta si no existiera el día.

DORMIR: Cuando realmente lo estamos disfrutando hay que despertar.

REZAR: Seguir apretando el gatillo cuando se nos acaban las balas.

RELIGIÓN: Tomar un cargador de fusil en medio del combate y darse cuenta de que está vacío.

SEXO: Siempre el mejor es el que tuvimos aquel día…

MIEDO: No sentirlo es señal de estupidez, sentirlo es señal de saber perfectamente que necesitamos ganarle para poder seguir.

IRONÍA: Lo único que nos queda por decir cuando no podemos decir la verdad francamente.

ADULTEZ: Etapa de la vida donde te das cuenta de que todo lo que pensabas estaba equivocado y que lo que pensás ahora, seguramente, va a estar equivocado.

DEPRESIÓN: Una de las pocas enfermedades en la cual, quien la sufre, es castigado y no consolado.

MANOS: Si eres como yo, seguramente te tocaron en el reparto: suaves para trabajar, hoscas para acariciar, torpes para crear y dos para confirmar la ironía.

REÍR: Compulsión que nos ahorra la pena de llorar.

LLORAR: Compulsión que nos priva de la dicha de reír.

AMAR: Hace que nos consumamos para que los demás sean felices.

ODIAR: Hace que nos consumamos para que los demás vean que somos felices y ellos no.

VIDA: Si es buena, es la que viven los demás; si es mala, no pelees para cambiarla, las cartas están echadas.

MUERTE: Si es buena, es la que sufren los demás; si es mala, no pelees para cambiarla, las cartas están echadas.

 

Actualización: Más definiciones, acá.

Nadie vio Matrix

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Vi este libro en una vidriera de la calle Rivadavia y supuse que era una mera recopilación de artículos de algún periodista joven o de algún joven puesto a periodista, lo que me pareció bastante peor (deben reconocer que la portada del libro nos da esa sensación de manera casi inevitable).
Un par de días después y por absoluta casualidad, cae en mis manos un ejemplar de la revista Noticias en donde se publicaba un resumen del capítulo cinco del libro (capítulo que trata el tema de las relaciones Vaticano-EE.UU. o, más puntualmente, Benedicto XVI-George W. Bush). Entonces decidí comprar el libro y ver qué más traía consigo.
Y bien, luego de tres días de lectura (462 páginas) no puedo menos que recomendar fervientemente Nadie vio Matrix, aún cuando tenga algunas reservas al respecto. ¿Y por qué recomendarlo fervientemente, entonces? Pues porque aún si no estamos de acuerdo con todos los puntos que Graziano expone (o, como en mi caso, más que con los puntos expuestos mis reservas corren más por el lado del “cómo” fueron expuestas), el libro es un buen punto de partida para iniciar una investigación propia, es un buen punto de partida para discutir y, sobre todo, es un muy buen punto de partida para pensar; eso que tanta falta hace en estos días de cultura light y pseudopensamiento predigerido.
Algunas de las preguntas que Graziano trata en su libro son: ¿Qué es lo que en realidad ocurrió el 11 de septiembre de 2001? ¿Qué intereses económicos determinaron el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid? ¿Por qué era necesario derribar el partido de Aznar? ¿Cuál es la escandalosa verdad que se oculta tras los atentados del 7 y 21 de julio de 2005 en Londres? y muchas otras tanto o más interesantes que éstas.
Anímense y léanlo. Hasta podemos abrir un blog sólo para discutir cada uno de estos temas.