Llamado a silencio

 

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«La salvación sólo es posible mediante la imitación del silencio. Pero nuestra locuacidad es prenatal. Raza de charlatanes, de espermatozoides verbosos, estamos químicamente ligados a la palabra». Dijo Emile Cioran en Silogismos de la amargura. 

Cioran, un pesimista irredento (sin ir más lejos sólo hay que ver los títulos de sus libros: el nombrado Silogismos de la amargura, Del inconveniente de haber nacido, Breviario de podredumbre, por ejemplo) suele ser un observador detallado de la realidad. Otro pesimista irredento Arthur Schopenhauer, dijo: «La cantidad de ruido que cualquier persona puede soportar sin alteraciones está en proporción inversa a su capacidad mental».  Y la verdad es que cuando uno se ve obligado a escuchar el ruido propio de cualquier ciudad moderna (y poco a poco de la naturaleza también, el hombre no deja resquicio sin molestia) se ve que estar de acuerdo con estas ideas es algo más bien inherente a nuestra persona; es casi una necesidad.

Me pregunto, entonces, si estos filósofos tan pesimistas no son llamados así por nuestra necesidad de justificarnos, cuando en realidad lo único que hacen es decir las cosas tal como son. Que no nos guste o no nos convenga a nosotros no significa que no tengan razón, después de todo.