Yo, yo y, después, yo

Visito las ruinas de Tulúm; una de las pocas ruinas mayas que se encuentran a orillas del mar. El sitio es de una belleza poco común; por lo general las ruinas mayas se encuentran enclavadas en lo más profundo de la selva y la original ubicación de éstas que piso ahora hace que todo parezca, hasta cierto punto, irreal. Los senderos suben y bajan por las pendientes rocosas; el sol golpea fuerte y hay pocos sitios donde guarecerse a la sombra. Al doblar en un recodo veo a las cuatro muchachas que les presento en la fotografía.

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Aclaro unos detalles para ponerlos en perspectiva. A espaldas de las muchachas se encuentra el Mar Caribe; frente a ellas se encuentran las ruinas. De hecho, exactamente frente a ellas se encuentra el mayor edificio de esta zona arqueológica. Entonces me pregunto: ¿Qué diablos están fotografiando? (Para ser sinceros, no me dije “qué diablos”, dije algo parecido; ustedes entienden).

Voy a ser sincero: no tengo nada en contra de las selfies. Al menos en un primer momento, claro. La selfie o autofoto es algo útil y lógico (¿Para qué otra cosa sirve el disparador automático después de todo?). Cuando no hay nadie que pueda tomarnos una instantánea y queremos recordar un sitio en particular, podemos disparar la cámara hacia nosotros mismos; nada de malo hay en ello. Pero el punto es que en esos casos lo importante es lo que nos rodea. Es decir, si quiero guardar un recuerdo de mi presencia en unas ruinas, o en cualquier otro sitio, puedo tomarme una selfie pero siempre y cuando sean las ruinas (o lo que sea) el punto central de la foto, no yo.

Y es ahí donde ya la cultura selfie pasa a ser, para mí, sencillamente odiosa. Ahora lo que importa es el yo y nada más que el yo. Me pregunto ¿Qué les mostrarán esas muchachas a sus padres, a sus amigos o qué verán ellas mismas dentro de unos años? Nada más que su bonito rostro con un pedacito de celeste del cielo o del mar; foto que podrían haber tomado en cualquier playa o incluso frente a un cartel publicitario ¿qué más da? Lo importante para ellas es su yo, yo y yo; lo importante para ellas (y para todo el mundo atrapado en la cultura selfie más banal) es salir en primer plano, levemente detrás de su ego.

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Por cierto, esto es lo que entiendo por una buena y lógica selfie

El elitismo del «yo».

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Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a un concierto de música clásica en donde se ejecutaron fragmentos de varias obras por demás conocidas entre las que se incluían a Mozart (un aria de La flauta mágica), Donizetti, Rossini, Saint-Säens y hasta una sinfonía completa de Beethoven. No voy a hablar del concierto en sí, el cual fue correcto y poco más, sino de la actitud de dos de las personas que nos acompañaban. Llamémoslas A. y C.. Desconozco las razones, pero el teatro estaba lleno de personas de origen humilde, la mayoría de ellos campesinos y algunos otros habitantes de los pueblos aledaños a Morelia. Muchos de los hombres ni siquiera se sacaron el sombrero de paja y muchas de las mujeres acomodaban con prolijidad sus amplias faldas en el estrecho espacio que la butaca les permitía. Al salir del concierto A. y  C. coincidieron el algo: en que era una pena que el público estuviera compuesto «por gente así», refiriéndose, claro está, al origen humilde de los hombres y mujeres que allí estaban y a que «esa gente», seguramente no podía apreciar lo que se le estaba brindando. L. y yo nos miramos sin saber si intervenir o no y tácitamente los dejamos continuar con sus pseudo argumentos elitistas. En un momento, ante un comentario mío sobre el aria de La Reina de la noche, C. me interrumpe y comienza a darme datos sobre esa pieza y sobre Mozart en sí. Todos esos datos, sin excepción, eran falsos o erróneos. Todos. Así que preferí callarme hasta que se sintió satisfecho y luego me puse a bromear con L. sobre cualquier otra cosa hasta que al fin llegamos a casa y pudimos despedirnos de A. y C..

i-love-yoVoy a tomar un par de segundos para presentar a A. y a C.; quienes no son malas personas en absoluto, pero que comparten un mismo y pesado defecto: son personas que tienen conocimientos de todo, absolutamente de todo. Es así que pueden hablar de política, gastronomía, arte, ciencia, medios, turismo, geografía y, sobre todo, de negocios (no sé si han observado que estas personas, en general, quieren ser grandes, muy grandes empresarios. Casi sin excepción ése es su sueño mayor). A. tiene la pésima costumbre de hacer mucho ruido cuando come y agranda todo lo que le sucede como si la realidad no fuese suficiente; C. se siente en la necesidad de aclarar todo lo que dice su interlocutor aunque para ello deba recurrir a datos inventados o totalmente falsos. Eso no sería más que un accidente momentáneo en la vida de los que los rodean; pero cuando dos personas que no saben ni comer con corrección o que no saben siquiera lo que es un dato duro la jueguen de elitistas o moralistas con tufillo a oligarquía mal entendida la cosa se me torna insoportable.

Como decía un amigo sureño: Quieren cagar más alto de lo que les da el culo. Y no voy a pedir1296672352_0 disculpas por la grosería; a veces las cosas hay que decirlas como son, en directo y con todas las letras. ¿Cuál es el problema de que mil campesinos asistan a un concierto de Mozart o de Beethoven? Si estas personas que las juegan de ilustradas tuviesen un poco más de letras y de lecturas sabrían que La flauta mágica, precisamente, fue escrita para el público humilde; para esa clase que asistía al teatro más económico y popular. Si al menos prestaran atención al coro de Beethoven de su archifamosa novena sinfonía y su mensaje de hermandad y amor al prójimo no andarían sintiéndose mejores que los demás sólo por vivir en una ciudad y no tener que levantarse con el sol para salir al campo a ensuciarse las uñas con la tierra o para ordeñar a una vaca o a una cabra.

El ego, como todos sabemos, es un mal endémico; pero el ego del imbécil pretencioso es un cáncer, un cáncer social que cada día expande más y más su territorio. Ahora cualquier tonto con una conexión a internet y por el simple hecho de vivir en una democracia cree que puede discutirle a un doctor, a un profesor, a un artista o, peor aún, cree que tiene derecho a señalar a una persona humilde y expulsarlo de un concierto porque es una pena que en ese sitio haya «gente así».