De derechos y obligaciones

El año pasado los doctores del Jackson Memorial Hospital de Miami se encontraron ante un dilema al que nunca habían hecho frente. Una ambulancia llegó con un hombre de 70 años en estado crítico, inconsciente, quien luego de ser ingresado se vio que en su pecho había un mensaje inesperado que detenía el proceso normal de cuidados y reanimación. Tatuado en tinta oscura, en inglés, bajo su cuello: Do Not Resuscitate. –No resucitar–; y debajo, su firma.

 

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En el Jackson Memorial empezaron por intentar reanimarlo lo necesario para poder confirmar si el tatuaje reflejaba lo que quería. El hombre, que llegó solo y del que no se conocía el contacto de familiar o amigo alguno, tenía un historial clínico complejo: problemas cardiacos, de pulmón, diabetes. No lograron sacarlo de la inconsciencia.

Ante la encrucijada, decidieron pedir consejo. Llamaron a un médico especialista en bioética. Kenneth W. Goodman. Él analizó el caso y les recomendó que lo dejasen morir. Goodman consideró que el tatuaje había tenido que ser “muy deliberado”. El hospital dejó fallecer al hombre del tatuaje.

Recuerdo el caso de Ramón Sampedro entre otros muchos menos conocidos. La pregunta que subyace es: ¿Cómo y dónde trazar la línea entre la libre opción a morir y la obligación moral de un equipo médico? ¿Cuándo el juramento hipocrático choca de manera indefectible con la decisión personal del derecho a morir? ¿Dónde trazaríamos nosotros mismos nuestra propia línea?

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El ángulo adecuado

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Si bien todos estamos de acuerdo con Sartre cuando dice “El infierno son los otros”, me atrevo a decir que deberíamos plegarnos a la idea de Italo Calvino: “Vivimos en el infierno de los vivos, pero hay un camino mejor: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno y hacerlo durar, y darle espacio”.

Ambos tienen razón, lo que cambia es la postura, la mirada, la opción de vida. La decisión final, como siempre, es nuestra.