Erik Satie (poema)

A raíz de la entrada anterior (la musa perenne) recordé la breve historia de amor que unió a Erk Satiey Suzanne Valadon y que, como dije, pueden leer aquí. También recordé que había escrito un poema a Erik Satie, con el cual cierro un librito que tengo por allí, aún inédito. Como siempre, considero que todo lo que escribo es un Trabajo en progreso, si me permiten la traducción literal de esa ajustada expresión inglesa. Aquí, entonces, les dejo mi pequeño homenaje a ese hombre inclasificable.

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Erik Satie
Helo aquí
al amo de las cosas pequeñitas
creando sus melodías con notas blancas
o negras
en escalas también breves
diminutas
coleccionando paraguas
y dibujos en pedacitos de papel
sus notas delicadas
sus animales fabulosos
sus instrumentos imposibles
sus paisajes imaginarios
y la más lúcida de las certezas:
«Me llamo Erik Satie, como todo el mundo».

Una vez
(y sólo una, como corresponde
al amo
de las cosas pequeñitas)
encontró el amor
o el amor lo encontró a él
en la piel y en las manos
de Suzanne Valadon.
Ella, con mano experta
abrió el saco inexperto de Satie
y desabotonó su alma inexperta
le pintó un retrato
y después
se fue para siempre.

Entonces él
escribió decenas de cartas de amor
que nunca se atrevió a enviar
y después la esperó por años
en aquel café en el que la conoció
se sentaba siempre a la misma mesa y siempre
dejaba
una silla vacía
Estoy esperando a alguien
solía decir
el amo de las cosas
pequeñitas.

Escribía melodías
(lento y doloroso)
con pocas notas y silencios
ensordecedores
escribía notas y dibujos
en pedacitos de papel
y también
la más lúcida
de todas las certezas:
«Me llamo Erik Satie, como todo el mundo».

 

El cartero llama dos veces XVII. Esa silla vacía

erik-satieHablar de las extravagancias de Erik Satie, el maravilloso compositor francés, requeriría una entrada demasiado extensa o varias más breves, en las que podrían hablarse de ellas sin que ninguna pareciera tener relación con las otras. Fueron tantas y tan diversas sus experiencias que no se podrían reunir en un solo texto sin que se creyera que todo es una fantasía sobre un personaje inventado. Hoy quisiera hacer mención de una de ellas; tal vez de la más íntimas y tristes; pero también de las que sea más comprensible para todos.

Satie murió en soledad, un primero de julio de 1925. Sólo entonces sus amigos pudieron entrar a la pequeña habitación en la que había vivido. Allí encontraron trece trajes idénticos de terciopelo gris; un centenar de paraguas también idénticos; unas cuantas cajas de puros que contenían prolijamente ordenados más de cuatro mil rectángulos pequeños de papel donde Satie había anotado meticulosas descripciones de paisajes imaginarios, personajes inverosímiles, dibujos, greguerías, órdenes religiosas inventadas, palabras sueltas, instrumentos musicales imposibles. En uno de ellos podía leerse: «Me llamo Erik Satie, como todo el mundo».suzanne-valadon Satie fue un solitario durante toda su vida, excepto por unos pocos meses, cuando entabló una relación amorosa con Suzanne Valadon, pintora y modelo francesa (quien también fue madre de Maurice Utrillo). Suzanne se mudó cerca de donde vivía Satie y éste le enviaba con el pequeño Maurice incontables ramos de flores y notas varias donde alababa los encantos de esa mujer amada. Suzanne pintó el retrato de Satie y se lo regaló, haciéndolo inmensamente feliz; pero al poco tiempo ella se iría sin dar explicación alguna y nunca volvería a ver al compositor.
Luego, durante más de treinta años, Erik Satie iría al bar donde la había conocido sólo por si ella regresaba. Tan profundamente lastimado quedó por aquel abandono que en el año 1893, considerando que aquel dolor perjudicaba no solamente a su salud, sino también a su arte, Satie acudió a la policía para pedirle protección contra aquel recuerdo que lo perturbaba.

portrait-of-erik-satieEntre los muchos papeles que sus amigos encontraron en aquella habitación, también se encontraron decenas de cartas que Satie le había escrito a Suzanne pero que nunca se atrevió a enviar. Sobre el escritorio, cubierta de polvo, se encontró la siguiente nota: “Aquí, sentado frente a mi escritorio, no he dejado, hasta este momento, de contemplar el retrato que Suzanne me hizo hace ya más de treinta años, durante nuestro idílico amor y que permanece inerte, junto a mi colección de paraguas, algunas de mis cartas dirigidas a ella y nunca entregadas; así como los dibujos que tanto me recuerdan a aquella tormentosa, aunque para nada despreciable etapa de mi vida. Por eso, quienes entren a esta casa tras mi cercana muerte, lo primero que se fijarán, además de lo anteriormente citado, cubierto por el polvo y la suciedad acumulada por el paso de los años, será en esta cuidadosa carta, necesaria para poder dejar en paz a mi pobre espíritu ya cansado y deteriorado ante tanto errante caminar”.

Cuando iba a ese bar, Satie siempre dejaba una silla vacía y no dejaba que nadie la ocupara, porque, decía, estaba esperando a alguien.