Diez consejos para escribir de Zadie Smith

 

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Me gustan los consejos de escritores, aunque bien se sabe que, a la larga, no sirven para nada. En general lo que sucede con estas listas de consejos es que se les reconoce su validez, pero después resulta que ponerlos en práctica no es algo que uno consiga con facilidad. De todos modos, como dije, me gustan porque me dejan entrar en la «cocina» de esos autores que me gustan y de algún modo puedo ver qué es lo que hacen cuando escriben esos libros que tanto me gustan.

Zadie Smith, la notable narradora inglesa puede, sin duda, brindar algunos consejos con plena conciencia y uno debe reconocer que la mujer algo sabe sobre llevar una historia y cómo entretener a un lector a lo largo de varios cientos de páginas (hago un pequeño ejercicio de memoria y me parece que ninguna de las novelas que leí tiene menos de 450 páginas).

En síntesis: sirvan o no, aquí están los diez consejos que Zadie Smith nos brinda para escribir. El resto, claro, nos corresponde a nosotros.

 

1. Cuando aún seas un niño, asegúrate de leer muchos libros. Pasa más tiempo haciendo esto que cualquier otra cosa.
2. Cuando seas adulto, intenta leer tu propio trabajo como lo leería un extraño o, incluso mejor, como lo haría un enemigo.
3. No romantices tu «vocación». Puedes escribir buenas oraciones o no puedes. No hay un «estilo de vida del escritor». Lo único que importa es lo que dejas en la página.
4. Evita tus debilidades. Pero haz esto sin decirte que las cosas que no puedes hacer no valen la pena. No enmascares la duda de ti mismo con desprecio.
5. Deja un espacio de tiempo decente entre escribir algo y editarlo.
6. Evita los grupos. La presencia de una multitud no hará que tu escritura sea mejor de lo que es.
7. Trabaja en una computadora que esté desconectada de internet.
8. Protege el tiempo y el espacio en el que escribes. Mantén a todos alejados, incluso a las personas que son más importantes para ti.
9. No confundas los honores con los logro.
10. Di la verdad a través de cualquier velo que se presente, pero dila. Resígnate a la tristeza de toda la vida que viene de nunca estar satisfecho.

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Cuestión de estilo.

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El Juez Arthur Gilbert, del Tribunal de Apelaciones de California, considera que la papelería legal podría ser más interesante si se escribiera en los estilos de autores famosos. Propuso, con impecable humor, algunos ejemplos (las traducciones son mías, así que disculpen la osadía):

Ernest Hemingway:

Estaba ocupado e inconmovible. Miré por la ventana en la que el viento movía la parte superior de los árboles y muy por debajo, la calle, blanca de luz de sol, y los coches avanzando poco a poco. Pude sentir que aquí no había nada bueno, no había nada que uno pudiera hacer. Pilar, mi secretaria, me miró y sus ojos me dijeron que esto era tan malo como cuando los toros corren hacia ti y no hay ningún lugar para subir y tú sabes que vas a ser pisoteado pero sabes que hasta que lo hagan se puede vivir una buena vida, una vida corta, pero feliz. Y cuando le pregunté sobre el archivo me dijo: “¿Qué archivo, inglés?” Yo sabía que los toros estaban sueltos y no había ningún sitio donde ir; no hubo ayer, no habría mañana, pero eso fue entonces y ahora estamos aquí, Señoría. Hubo un tiempo en que todo era bueno, pero ahora es un momento en el que todo es malo y puede que alguna vez sea bueno otra vez, y si no se puede, es una jodida lástima.

T.S. Eliot:

Treinta días para responder.
Ha sido el mes más cruel.
Muerte, decadencia agonizante, una descripción adecuada.
Mi cerebro, seco, ahora no resplandece,
El solicitante, después de haber sido anestesiado sobre una mesa
Esperó la respuesta.
Pido alivio,
No con una explosión, sino con un gemido.

James Joyce:

El tiempo está OhayúdameDios creptando YodijeSíohsísísísísísísí! necesito alivio ahoradesdeignominioso defecto por defecto la culpa-d de toda culpa es mía ohayúdameelatrapadoenelprocedimiento. Alivio.

William Faulkner:

Benji había tomado el archivo y se fue con él a lo largo de la cerca y lo perdió a través de los espacios en la cerca donde las flores se arrugan. Eso es lo que dijeron. Empecé a llorar. Caddie, que olía como los árboles, y Quentin, que sólo olía, llegaron a encontrar el archivo, pero no gemí hasta que madre gritó a Dilsey por traerme un pastel barato de la tienda. Dilsey me llevó a la cama. Quentin dijo a Caddy que tuvo que responder. Tenía que encontrar el archivo. Caddy no sabía que Benji había tomado el archivo y Benji no podía saber que había tomado el archivo, ya que esto está escrito desde el punto de vista de Benji, cuyo coeficiente intelectual es de 17.

Las necesidades de un escritor.

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Lo que necesitáis, jóvenes escritores, no es más que la vida misma, nada más que la belleza y depravación de la tierra; es el campo de mi padre y la inaudita perseverancia de mi madre, es la lucha de vuestras almas a la que tiene que arrastraros vuestra propia hambre y vuestra propia depravación, es el ansia de fama que atormentaba a un Verlaine o un Baudelaire en los «campos elíseos». Lo que tenéis que tener no son seguros de enfermedad y becas, premios y becas de estímulo; es la falta de hogar de vuestras almas y la falta de hogar de vuestra carne, el desconsuelo cotidiano, la desolación cotidiana, la helada cotidiana, el dar media vuelta todos los días, un pan solo cotidiano que en otro tiempo hicieron surgir criaturas tan maravillosas y miserables como Wolfe, Dylan Thomas y Whitman, ciudades, paisajes, es decir, logros frente al polvo, el mensaje de una existencia atormentada, incorregible, que se devora de hora en hora para crear poesías nuevas y poderosas. Lo que necesitáis está por todas partes, donde uno se levanta y muere, donde la lluvia lava la piedra y donde el sol se hace tormento.
— Thomas Bernhard. Citado pro Patricio Pron

La cita de Thomas Bernhard con la que abro la entrada hace referencia más que nada a la necesidad de incentivo; es decir a la necesidad moral; por decirlo de algún modo; pero eso no es privativo de los escritores, sino que es válido para todo artista que se precie de tal. Ahora, entrando a un terreno meramente práctico, tal vez una de las grandes ventajas que tiene la escritura por sobre otras disciplinas artísticas es que no necesita de instrumentos o soportes como una tela o un escenario; un escritor se las arregla con unas hojas y un bolígrafo o un lápiz y ya, nada más necesita para poner manos a la obra. Moralmente sólo se necesita la vida; prácticamente sólo es necesario un poco de papel. En síntesis: no hay excusa alguna para no trabajar.

Nota: la traducción de la cita no me parece de las mejores y en un momento pensé en retocarla un poco; pero luego preferí dejarla así como está, ya que al menos tiene la virtud de trasladar la prosa de Bernhard con ese ritmo algo atropellado que lo caracteriza. Thomas Bernhard no se preocupaba mucho por las aliteraciones o las cacofonías; si debía repetir diez veces en una página una misma palabra lo hacía y punto; eso era todo. Tal vez haya alguna enseñanza allí.

MetaPsicoModa.

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Sé que es un lugar común criticar a Paulo Coelho y a Alejandro Jodorowsky; pero hay que reconocer que ellos se han ganado ese espacio por esfuerzo propio. El problema no es que existan escritores como ellos (siempre los hubo y los habrá; si no recordamos a los Coelho y Jodorowsky del siglo XIX, por ejemplo, es porque el tiempo se encargó de ponerlos en el olvido, el cual es el sitio que se merecen) sino que lo que resulta pesado en demasía son aquellas personas que, al enterarse de que uno es un apasionado de la lectura o de que escribe algunas cositas aquí y allá, sacan a relucir a estos dos defenestradores de páginas como si fuesen ases y nos miran con ojos desorbitados cuando decimos un simple “no me gusta”. A veces hasta se tiene la sensación de que a continuación deberíamos decir “lo siento”, como si hubiésemos acabado de insultarles a la madre.

Como siempre, lo mejor es citar a un grande de verdad; como casi siempre en mi caso, la cita que acompañaría a este tema de manera perfecta es de Jorge Luis Borges: “Si no te gusta un libro, no lo leas; si no te gusta leer, no lo hagas. La lectura no es una moda, es una forma de felicidad y no debe obligarse a nadie a ser feliz”. Eso mismo: la lectura no es una moda.

Nunca es tarde

Nunca es tarde

Cada tanto las noticias nos acercan casos puntuales de ancianos que terminan su carrera universitaria o de abuelos que a avanzada edad han comenzado, por ejemplo, a aprender a leer y escribir. Esos casos son presentados como ejemplos a seguir y, en cierto sentido, lo son y muy dignos de aplauso. Pero también hay algunos ejemplos que son más puntuales y directos para aquellos quienes ya estamos corriendo contra reloj y que aún no hemos publicado o que estamos recién en vías de hacerlo. Hace poco una persona muy querida me acercó esta infografía que muestra algunos ejemplos de escritores que empezaron a escribir o a publicar a una edad que muchos ya consideran como tarde o, tal vez, algo peor. Allí tenemos, entre otros, a Amy Tan, Raymond Chandler, Stieg Larsson, y al más grande de todos: José Saramago. Faltan algunos otros que también comenzaron a escribir pasadoos los 50, como Laura Ingalls Wilder, quien publicó La casa de la pradera a los 64 años; el Marqués de Sade quien comenzó a escribir a los 40 años pero publicó su primer libro, Justine, a los 51 años; Giuseppe Tomasi di Lampedusa, quien empezó a escribir a los 58 años, luego de asistir a un premio literario y que tardaría dos años en terminar y publicar El gatopardo; o Isak Dinesen, quien publica un volumen de relatos a los 50 años, poco antes de publicar su famoso Memorias de África.

Sí, estamos de acuerdo y valga el dicho popular: Nunca es tarde. ¿Dónde hay una hoja de papel?

Aprender, esa humilde tarea.

Desde hace un tiempo, el cual podríamos fijar de manera imprecisa a finales del siglo pasado, y por meros motivos comerciales, se ha puesto de moda el publicar cualquier cosa que un escritor de fama haya escrito, o dicho. Así encontramos, de manera casi constante, con nuevas publicaciones de diarios, reportajes, diálogos, ponencias, discursos, cartas y cualquier otro texto dejado por un escritor o artista. Mucho pesa en ello, a veces, la avaricia de los herederos de estos escritores; es así como la señora María Kodama publicó textos de Borges que él expresamente había prohibido que vieran la luz (o que volvieran a verla, ya que muchas veces se trataba de libros o notas de su juventud; textos de los cuales renegaba con todo derecho) o como la publicación de Laura, la novela inacabada de Vladimir Nabokov que publicó su hijo hace una década atrás, o poco menos.

Borges

Todo esto viene a cuento porque hace un par de meses me encontré en una librería con un nuevo libro de Jorge Luis Borges. Con la inevitable faja roja y la inscripción “Borges inédito”, allí estaba El aprendizaje del escritor, volumen que reúne, en tres capítulos, unas transcripciones de un seminario que Borges diera en la Universidad de Columbia en 1971. Debo ser sincero: no dudé ni un segundo. A pesar de que un par de veces me “clavé” comprando libros como éste (Museo, de Borges, publicado con el permiso de María Kodama fue uno de ellos), un nuevo Borges siempre es una promesa de, al menos, algún hallazgo o algún momento de placer.
Para mi sorpresa, El aprendizaje del escritor resultó ser un magnífico libro. Como dije, se trata de la transcripción de un seminario, es decir, puro lenguaje hablado. Para seguir sumando agradables sorpresas, Borges brindó aquellas charlas con la compañía de Norman Thomas di Giovanni, el reconocido traductor de Borges al inglés. En el primer capítulo di Giovanni lee el cuento El otro duelo y luego vuelve a leerlo mientras Borges lo analiza fragmento a fragmento, haciendo las aclaraciones que le parecen pertinentes. Al final, se suman las preguntas de los estudiantes. El segundo capítulo se ocupa, del mismo modo, de algunos poemas (quien dice que un poema no puede o no debe ser analizado, que lea estas páginas y se desayune de cómo trabaja un poeta en serio. No todo es inspiración y dos metáforas bonitas). El tercer y último capítulo se ocupa de la traducción. Allí Borges y di Giovanni, luego de que éste leyera un breve párrafo de un cuento, explican el modo en que trabajan juntos en lo que se bien puede ser considerada una clase magistral sobre el complejo tema de la traducción.
El aprendizaje del escritor, entonces, sería una buena y sencilla opción para aquellos que pretenden poner por escrito sus ideas y sus creaciones, aprender del mayor escritor de la lengua española de los últimos tiempos no es poca cosa.