Cartografía de la tragedia

Hace unos días un amigo me prestó el libro sobre Francis Bacon de Luigi Ficacci, publicado por Taschen (en realidad fue un intercambio: yo le presté el mío de Max Ernst. Nos queremos mucho pero creo que ambos preferimos tomar rehenes en esta cuestión de préstamos librescos. Sólo por las dudas, claro). Bacon es un pintor que me interesa muchísimo y agradecí ese préstamo, ya que incluye muchas obras que no conocía. Una de ellas, que pasé de largo la primera vez que leí el libro es la siguiente:

 

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Bacon trabaja mucho con trípticos y es posible que por ello, además de que en el cuerpo del texto no hay ninguna referencia a esta obra, no le haya prestado la atención que le prestaría después. Cuando vi el título: Tríptico inspirado en la Orestíada de Esquilo no pude menos que volver a tomar mi volumen de las Tragedias y releer un poco la Orestíada (la única obra que se conserva completa de Esquilo). No hace mucho hablé de ese libro y también releí esa torpe entrada.

Más allá de mi torpeza o no, lo cierto es que las páginas 16 y 17 del libro de Taschen se volvieron una cita constante a lo largo de los días, al igual que el volumen de Esquilo. La pintura, ahora, es otra; ya me es imposible verla como la primera vez. Ahora cada parte del tríptico me lleva de la mano a una de las tres partes del drama griego y esa sangre del primer panel ya no es una mancha roja cualquiera; es la sangre de Agamenón y la de todos los seres humanos que han pisado esta tierra. El segundo panel es el caos primordial en el que todos estamos sumidos y el tercer panel no es menos tranquilizador, aquí no hay finales felices. En ambos extremos de la obra hay puertas entreabiertas. En los dramas griegos no podían mostrarse crímenes o asesinatos en escena, ello siempre ocurría puertas adentro. Francis Bacon, entonces, coloca puertas en el primer y en el último panel. No hay escapatoria.

En lugar de la reproducción del principio, dejo aquí una fotografía de la obra para que pueda considerarse mejor el color y el tamaño y la proporción. (Cada panel tiene 198cm. por 148 cm.; lo que daría un aproximado de 4,5 metros de ancho por 2 de alto).

 

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Anarquistas eran los de antes

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Varias veces he nombrado aquí al estupendo ensayo de Borges Kafka y sus precursores. Para ir directo al grano, diré que en ese ensayo Borges postula que cada lectura modifica a las posteriores pero, más importante, también a las anteriores. Se me ocurre un ejemplo que tal vez sea banal, pero que servirá: Cuando asistimos a una representación de Hamlet y aparece el fantasma del padre de ese personaje ¿Vemos y sentimos lo mismo que un espectador del teatro isabelino? Sin saber con exactitud qué es lo que sentían aquellas personas, podemos asegurar que las sensaciones y pensamientos son muy, pero que muy diferentes. En el siglo XXI, luego de haber visto decenas de películas de terror, luego de haber leído muchos cuentos y relatos de fantasmas y aparecidos, no vemos en ese espectro más que un atajo dramático o, tal vez, una mera curiosidad psicológica (¿Es real el padre de Hamlet o sólo es producto de la imaginación de los personajes?).

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Con esto quiero señalar, ahora, un aspecto personal de lo antedicho. Es decir que quiero contarles cómo esto es una realidad palpable para mí, no sólo una bella idea en un ensayo de Borges. Me explico. Sigo leyendo, como dije hace pocos días, con no poca fascinación, a Esquilo. Esta vez le toca a Agamenón (primera parte de La Orestea); tomo el libro, lo abro donde lo dejé la noche anterior y leo:

“Alguien dijo que las deidades no se dignan siquiera cuidarse de los mortales que pisotean el honor de lo inviolable. Ése no era un nombre piadoso. La maldición se revela en los frutos de las ilícitas osadías de quienes se muestran más orgullosos de lo que es justo, cuando en exceso sus casas rebosan sobrepasando la medida óptima. Tenga sin daño la riqueza, de modo que pueda bastarle, quien por su suerte ha logrado la sabiduría, pues no es un baluarte la riqueza para el varón que por buscar la saciedad da un puntapié grandioso altar de la Justicia, para hacerla desaparecer”.

¡Maravilloso! Pero no puedo dejar de ver en ese pasaje a todo el conglomerado neoliberal que nos rodea y nos ahoga. Claro, Esquilo habla del poder y del exceso de poder; habla de la hybris que impulsa a todo aquel que se deja arrastrar por la desmesura del dinero. Es cierto, un imbécil con poder es igual ahora que hace dos mil quinientos años.

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Continúo con la lectura y dos páginas después me encuentro con esto:

“Cosa grave es la voz de unos ciudadanos que sienten rencor. El gobernante paga la deuda cuando la maldición del pueblo se cumple”.

Diablos; menuda representación de un estado de revuelta popular… Luego, tan solo unas pocas líneas adelante, encuentro lo siguiente:

“Prefiero un bienestar que no provoque envidia. ¡Nunca sea yo destructor de ciudades! ¡Ni, prisionero, vea mi vida sometida a otro!

¿Pero no es ésta la síntesis del pensamiento anarquista? “Ni mandar ni ser mandados”, dice esta corriente filosófico-política ¿De dónde me sale esto de un Esquilo anarquista?
Como dije al principio (en realidad lo dijo Borges, ya lo sé): No puedo ni podré leer a los clásicos tal como fueron escritos; sólo puedo acceder a ellos a través de los ojos de un lector del Siglo XX (que es donde me formé) o del Siglo XXI (el cual es el que habito). Sea como fuere, leer a Esquilo es un placer exquisito; encontrarme con un Esquilo anarquista o socialista es algo que excede la mayor de las alegrías.

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Para modernos, los clásicos

Las suplicantes

Las suplicantes

Leo una obra de teatro. En ella dos hermanos se enfrentan (uno defiende a su ciudad, el otro la tiene sitiada) y se dan muerte mutuamente. Los líderes de la ciudad deciden enterrar con honores a uno de ellos mientras que al otro lo condenan a ser arrojado fuera de la ciudad para que se lo coman los animales salvajes. Su hermana se opone y, contra todo consejo, decide enterrarlo, a pesar de que ello puede acarrearle una dolorosa pena. Me gusta mucho esa “vuelta de tuerca”. Me gusta mucho esa mujer que se opone a todo el espectro político (luego, varias mujeres la apoyarán en esa decisión).

Leo otra obra del mismo autor. En ésta, la visión feminista es más marcada. Un grupo de muchachas, las que quieren ser desposadas a la fuerza, huye de su país y busca refugio en un país vecino. Allí son acogidas y protegidas contra lo que se considera como un abuso de fuerza por parte de los hombres. Incluso el consejo reunido para ver si se les brinda ese refugio decide, también, dejar en claro que cualquier persona que dañe o someta a cualquiera de estas muchachas será duramente castigado.

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Siete contra Tebas

Lo que más me maravilla es que esas dos obras, tan modernas en cuanto a temática, fueron escritas hace dos mil quinientos años. Se tratan, respectivamente, de Siete contra Tebas y Las suplicantes, de Esquilo. Acabo de comprar un volumen de sus Tragedias y no puedo dejar la lectura, maravillado por la riqueza de sus temas y la profunda humanidad con la que trata uno de los asuntos más complejos del alma humana: el poder y sus consecuencias.

Como dijo alguien bien informado: Para modernos, los clásicos. ¡Loor a Zeus!

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