La pasión irracional

 

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Una de las imposibilidades de hoy en día es la de poder intercambiar ideas u opiniones con alguien que piense diferente. La mediocridad se ha enquistado en tal modo en el modo de ser de las sociedades que ya es imposible sostener una idea sin que se corra algún tipo de peligro, incluso físico. Muchos de ustedes recordarán que al asumir la presidencia Mr. Donald Trump se vieron muchos casos de intolerantes que atacaban a inmigrantes o incluso a nacionales descendientes de otras razas o religiones. ¿Esto fue algo casual o inesperado? De ninguna manera; los intolerantes siempre estuvieron allí, sólo que antes estaban contenidos por el poder de las leyes (al menos hasta cierto punto); pero al asumir uno de ellos, los demás se vieron desatados.

Algo similar ocurrió en Argentina en los últimos años. El odio que despertaron los Kirchner no es gratuito, estuvo siempre allí, latente, hasta que al fin se hicieron con el poder y es entonces que se desata en toda su estúpida y cruel amplitud.

 

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No fueron los Kirchner y tampoco fue Trump quien dividió a la sociedad; ésta siempre va a estar dividida y eso no es algo intrínsecamente malo. Lo malo es que un grupo se sienta con derechos por sobre el otro y que crea que la violencia (siempre ejercida por ellos, por supuesto) es la solución. Recuerdo para ello las palabras de Bertrand Russell: «Las opiniones que se sostienen con pasión son siempre aquellas para las cuales no existe un buen terreno intelectual; de hecho, la pasión es la medida de la falta de convicción racional del poseedor». O también, del mismo Russell: «El problema de la humanidad es que las personas inteligentes están llenas de dudas mientras que los imbéciles están llenos de certezas».

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El círculo de la historia

Margaret Bourke-White. Bread Line during the Louisville flood, Kentucky - 1937

Margaret Bourke-White. Bread Line during the Louisville flood, Kentucky – 1937

La fotografía de Margaret Bourke-White es un clásico del período conocido como La gran depresión. En realidad se trata de la inundación que tuvo lugar en Louisville en 1937 y la imagen se ha transformado en icónica al señalar la contradicción propia de toda publicidad y de todo sistema político. La leyenda del cartel publicitario del fondo dice: «No hay estilo de vida como el americano», mientras en la parte superior del rótulo puede leerse «El nivel de vida más alto del mundo»; frente a él, una larga cola de personas espera para recibir una hogaza de pan.

Estas contradicciones sociales son moneda corriente en cada texto de historia que se precie, pero siempre se las considera dentro del marco de lo inevitable del devenir histórico y uno lee esas páginas con menor o mayor desagrado y sigue adelante, adentrándose en los vericuetos de las diversas corrientes humanas.

¿Pero qué ocurre cuando la historia no nos habla desde una página de un libro sino que la encontramos aquí, a la vuelta de la esquina? La Historia, apoyada en una pared cualquiera no nos dice «Esto sucedió»; sino «Esto sucede» y las sensaciones ya no son ni podrán ser las mismas.

 

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La foto anterior es de hace un par de días y muestra a una familia pobre, que pide limosnas en una calle de México mientras que al fondo se ve un ajetreado centro de acopio de comida para las víctimas del terremoto que asoló la ciudad. Está muy bien, claro, que la sociedad coopere para ayudar a las víctimas de la reciente tragedia ¿Pero qué sucede con aquellos que son víctimas diarias de ese terremoto constante que es el capitalismo? ¿Y cuántas personas de las que hoy donan a manos llenas (y lo publican en las redes, claro) pasaron ayer al lado de un pobre sin extender la mano para dejar caer siquiera una moneda? ¿Se es más invisible o se tiene menos hambre o necesidad por la miseria diaria que por el desastre azaroso? ¿Y qué pasará mañana cuando la capital mexicana se levante otra vez sobre sus pies? ¿Seguirán diciendo «Estos son pobres porque quieren»?

No, no hace falta esperar a que eso ocurra. Eso mismo es lo que ya están diciendo algunas personas en las repugnantes redes sociales. Como antes, como siempre, parece que así como hubo, hay y habrá ciudadanos de primera y de segunda clase.

Mientras tanto la historia sigue apoyada en la pared y con su dedo índice dibuja en el aire la forma de un círculo que parece ser eterno.

Pobreza americana.

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El pasado viernes se llevó adelante, en Estados Unidos, el llamado Black Friday, lo cual no es otra cosa que un día en que las grandes cadenas venden todo a un precio más bajo. Lo que puede verse en estos casos es realmente repugnante. Les dejo un par de videos aquí abajo para que vean a lo que se llega en casos de descerebramiento grave. Ver a miles de personas desesperadas por comprar lo que sea (la mayor parte de las veces lo que no necesitan) es algo tan patético, tan idiota que me cuesta no reírme de ello o de ellos; pero el asunto es más grave que gracioso. La idea americana es una: comprar, comprar, comprar. Si es necesario pisar a alguien, se lo hace. Si es necesario golpear a alguien, también. Sólo hay que aprovechar a comprar de manera compulsiva lo que sea, pero antes de que otro cualquiera se lo quite de las manos.

Alguno dirá que esto es competencia de los yanquis y que es asunto de ellos, así que nada debería estar haciendo yo aquí: pero el asunto no es tan sencillo. El capitalismo, como todos sabemos, es la doctrina económica global en estos momentos y esto que vemos aquí es la consecuencia última del sistema en su funcionamiento extremo. La pregunta que debemos hacernos es ¿es esto lo que queremos para nosotros? ¿Es esto lo que queremos para nuestra sociedad, para nuestra ciudad, para nuestro país? Insisto en que la cuestión no es gratuita, ya que tengo la sensación de que eso es lo que estamos creando en las nuevas generaciones. No hay más que  ver el modo de actuar de los niños y jóvenes de hoy en día, presos de medios electrónicos que les hacen perder la noción de toda realidad y, peor aún, de toda norma de respeto hacia el otro (No hablemos, mejor, de cómo tratan esos niños a sus propios padres ¿por qué nos asombramos cuando golpean a un compañero en la escuela y se graban con sus celulares?). A esos niños puede vérselos babeando ante cualquier tontería; tontería que luego no usarán y que está destinada a formar parte de una pila enorme de otras tonterías compradas porque la publicidad así lo indicó. Black Friday, hasta el nombre ya le queda adecuado.

Nota: cuando estaba terminando de escribir esto y mientras buscada datos precisos, encuentro una página llamada Black Friday Death County, donde veo que han sido siete los muertos y noventa y ocho los heridos de este año, el cual lo pone al tope de las listas (¡Y cómo les gustan a los yanquis los “Top Ten”!). También veo los diferentes tipos de daños: personas acuchilladas, golpeadas en la cabeza por TV enormes, rociadas con gas pimienta, atropelladas por automóviles… Como dije antes: me reiría si no fuera tan patético.

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Los hombres invisibles.

ÁfricaEn un artículo publicado el 24 de este mes en el diario argentino Página/12, el filósofo Jose Pablo Feinmann ilustró su texto con un acápite que no me dejó indiferente y que no pude evitar relacionarlo con un artículo de Amnistía Internacional que leí hace unos minutos. El acápite es el siguiente:

“Sartre les habla a los europeos. Ya no somos el sujeto del razonamiento –les dice–, somos el objeto. Europa es objeto. El sujeto mora en las colonias. En el lenguaje y en la praxis revolucionaria de los colonizados. Ahí está, ahora, el humanismo. Ahí, ahora, se escribe la ‘historia del hombre’.”

El texto de Sartre al que se hace referencia es el que el filósofo francés escribiera en 1961 como prólogo para el libro del filósofo nacido en Martinica (en aquel momento colonia francesa) Franz Fanon Los condenados de la tierra. Y en él dice cosas como las que siguen: “Ustedes (les dice a sus coterráneos), tan liberales, tan humanos, que llevan al preciosismo el amor por la cultura, parecen olvidar que tienen colonias y que allí se asesina en su nombre”. Sigo: “Hay que afrontar un espectáculo inesperado: el ‘striptease’ de nuestro humanismo. Helo aquí desnudo y nada hermoso: no era sino una ideología mentirosa: la exquisita justificación del pillaje”. Sigo: “El europeo no ha podido hacerse hombre sino fabricando esclavos y monstruos”. Más: “Nuestras víctimas nos conocen por sus heridas y por sus cadenas: eso hace irrefutable su testimonio. Basta que nos muestren lo que hemos hecho de ellas para que conozcamos lo que hemos hecho de nosotros mismos”. Y por fin: “Es el fin, como verán ustedes: Europa hace agua por todas partes. ¿Qué ha sucedido? Simplemente, que éramos los sujetos de la historia y ahora somos sus objetos”.

En el artículo de Amnistía Internacional se lee que, en lo que va del año ya han muerto más de 1600 africanos en el Mar Mediterráneo y sólo a lo largo de la semana pasada la cifra fue de 1100. Kate Allen, Directora de Amnistía Internacional Reino Unido, acotó: “El equivalente a cinco aviones de pasajeros llenos de gente se hundió el fin de semana pasado, y estamos sólo a inicios del verano. De haber sido turistas, en vez de migrantes, imaginen la reacción.” Alguien en Twitter dijo algo parecido, pero de manera más concisa y certera: “El impacto de 1000 muertos en el Titanic nos dura 100 años. Mil muertos en un barco patera un fin de semana. Tenemos neuronas clasistas.”

Europa, hoy, es el objeto de la historia, los sujetos están en la periferia. Europa ha vivido y crecido alimentándose (y sigue haciéndolo) de esa periferia; de África y de América. Lo menos que pueden hacer es demostrar algo de humanidad; algo de empatía con el resto de la gente que habita este mundo y que tiene tanto derecho a habitarlo y subsistir dignamente como ellos.

Nota: El libro de Franz Fanon fue publicado en 1961, en aquel momento los Estados Unidos se estaban consolidando como potencia mundial, pero no era lo que es hoy: la potencia hegemónica; así que eso que Sartre le decía a los europeos “Ustedes […] parecen olvidar que tienen colonias y que allí se asesina en su nombre.” Hoy habría que decírselos, también, a los Estados Unidos. Toda potencia colonizadora es responsable por las desigualdades económicas y sociales y, por ende, humanitarias. Nadie es inocente.