Apreciación estética

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Claude-Joseph Vernet fue un pintor francés que nació y vivió en el Siglo XVIII. Pude ver un notable cuadro de él en el Museo Soumaya, en la Ciudad de México, hace poco tiempo (es el cuadro con el que ilustro esta entrada, ya que no pude encontrar ninguna imagen del que se va a hablar más adelante). Sus paisajes marinos son, tal vez, lo más conocido de su obra, pero también, alguna vez, pintó por encargo un retrato de San Jerónimo. Al respecto, Thomas Byerley y Joseph Clinton Robertson, en The Percy Anecdotes, dicen: “Vernet relata que él fue empleado una vez para pintar un paisaje, con una cueva, y San Jerónimo en ella. En consecuencia pintó el paisaje, con San Jerónimo a la entrada de la cueva. Cuando entregó el cuadro, el comprador, que no entendía nada de perspectiva, dijo: «El paisaje y el entorno están bien hechos, pero San Jerónimo no está en la cueva.» «Entiendo, señor.» Replicó Vernet. Por lo tanto tomó el cuadro y volvió la sombra más oscura, de modo que el santo pareció sentarse más adentro. El caballero tomó el cuadro; pero de nuevo le pareció que el santo no estaba lo suficientemente dentro de la cueva. Entonces Vernet borró la figura y se la dio al caballero, que pareció perfectamente satisfecho. Entonces, cada vez que recibía visitas, las cuales se mostraban extrañadas al ver el cuadro que se les mostraba, su propietario decía: «Aquí ves una pintura de Vernet, con San Jerónimo en la cueva.» «Pero no podemos ver al santo.» Solían responder los visitantes. «Discúlpenme, caballeros —contestaba el poseedor—, está allí; lo he visto parado a la entrada, y después más atrás; y estoy por lo tanto seguro de que él está en ella».

Bueno, supongo que estaremos de acuerdo en nadie podría decir lo contrario…

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El monito sabe de estética.

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Cuando se habla de la evolución o del propio Darwin hay que saber tomar distancia del debate popular, el cual parece un remedo de aquel viejo juicio de Scopes versus el Estado, en la década del 20 (también conocido como Scopes Monkey Trial). En ese sentido, la generalidad todavía está discutiendo si el hombre puede descender del mono; cosa que, como se sabe, Darwin nunca dijo. Si así lo hacemos podremos encontrar muchas ideas sobre las cuales trabajar. Una de las que me parece más fascinante es la idea del ideal estético. Tan importante le pareció este punto a Darwin que hasta escribió todo un libro sobre el asunto (La expresión de las emociones en el hombre y en los animales). En él Darwin trabajará comparando las emociones, los gestos y las expresiones de personas y animales. Los ejemplos que nos brinda Darwin en ese texto, dada su importancia, deberían ser copiados textualmente; pero eso haría a esta entrada más extensa de lo necesario. Valga, como síntesis, una frase concluyente, en la que Darwin afirma: “Con todos estos ejemplos creemos que queda probado que la tendencia instintiva a adquirir un arte no es sólo peculiar del hombre”. Anteriormente ya le había dado la vuelta al mismo razonamiento, planteando que no sólo había un arte y un sentido de la belleza animal, sino que muchos de los sentimientos humanos eran ecos o recuerdos de emociones más primitivas.

Menudo golpe para el Gran Ego Humano. No solo no somos el centro del universo: ni siquiera nuestros sentimientos o nuestro sentido estético es privativo de nuestra especie. Somos una especie más, mejor en algunos aspectos, mucho peor en otros; pero sólo somos eso: una especie más entre tantas.

Lo que importa.

Celeste

Supongamos, querido lector, que estamos recostados en el césped de un jardín, charlando de esto y de aquello, cuando uno de los dos hace un comentario casual sobre lo bello que es el celeste del cielo. El otro mira un instante hacia lo alto, como si no hubiese notado que allí estaba, desde siempre, esa esfera que nos rodea y confirma la belleza de ese celeste terso y ubicuo. Ahora, ese otro pregunta: ¿Cómo podemos estar seguros de que ese celeste que vemos en el cielo es el mismo para los dos? Traten de responder a esta pregunta y verán la dificultad que implica. De nada vale señalar un objeto de color celeste y hacer la comparación, siempre diremos que es celeste y estaremos de acuerdo en ello, pero es que así lo reconocemos porque así lo hemos aprendido; entonces la pregunta permanece: ¿Cómo podemos estar seguros de que ese celeste que vemos en el cielo es el mismo para los dos? No hay caso, es imposible saberlo. Lo único que podemos decir es que ambos estamos de acuerdo en que el cielo, sea como fuere que el otro lo vea, es celeste.

Hilario Ascasubi fue un político y poeta argentino del siglo XIX. Cuenta la leyenda que Ascasubi nació debajo de una carreta, en medio de la pampa. Cuando Borges retoma esta historia dice: “Más allá de la verdad histórica, conviene creer que esto fue así”. ¿Y por qué conviene creer que esto fue así? Pues porque esa imagen del nacimiento de Ascasubi cerraría la imagen mitológica del poeta gauchesco. No importa, después de todo, si eso fue verdad o no; pero para la belleza de la imagen conviene creerlo. Borges nos plantea, entonces, la idea de la estética como valor de verdad.

¿Y qué tiene que ver el celeste del cielo con Ascasubi y con Borges? Momentito que ya estoy llegando.

Acabo de leer un comentario de Danioska a una de mis entradas. En ese comentario, luego de contarme una anécdota, Danioska dice: “no tengo la certeza de que sea una historia cierta…”. De inmediato pienso: ¿y qué importa? No importa si esa anécdota es fiel a la verdad o no, lo que importa es que es estéticamente válida. La verdad, como todos sabemos, es una construcción. Una construcción del poder, dice Nietzsche, pero también una construcción de la estética, dice Borges. Si tomamos la base de ambas definiciones vemos que podemos crear una definición de verdad. De hecho, es lo que hacemos cada vez que escribimos un poema. Al escribir un texto poético estamos inventando una concepción nueva de la verdad, pero lo hacemos a través de metáforas, de símbolos, de imágenes. Nadie consideraría a un poema como una fuente de verdad; entonces, si un poema no es totalmente verdad eso significa que es, al menos, parcialmente mentira. La función del poema no es ser verdad, la función del poema es mostrarnos el camino a la verdad. Para ello no necesita más que abrir puertas y ventanas, dejar que el aire corra a su antojo y que desnude cada rincón de nuestra casa, de nuestro yo más íntimo. En síntesis: la estética como valor de verdad.

¿Qué importa si Ascasubi nació debajo de una carreta o no? ¿Qué importa si la anécdota de Danioska es estrictamente cierta? ¿Qué importa si el color que vemos en el cielo es el mismo exacto tono de celeste? Lo único que debe preocuparnos es que, recostados allí en el césped, compartimos un momento de verdad poética mucho más importante que cualquier definición; hombro con hombro, cielo con cielo, verdad con verdad.

El sentido estético de las abejas

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Fuzzy Bee, por Delilah Smith

Viendo un documental sobre el gran Richard Feynman, me encuentro con la siguiente historia del científico norteamericano quien, fiel a su costumbre, de todo hecho hace surgir preguntas y más preguntas en una cadena interminable. También nos enseña a ver las cosas de manera diferente y, sobre todo, a no considerar a nuestros modestos puntos de vista como fines últimos o como verdades absolutas. Es algo común oír hablar de “la sencillez de los grandes”; en este documental Feynman lo muestra y lo demuestra. La sencillez con la que explica todo, la constante sonrisa en su rostro, el placer que siente al compartir conocimientos, la tranquilidad con la que habla; todo es una notable muestra de paz interior y de empatía hacia quien se está dirigiendo; y ésa es otra enseñanza añadida.

Tengo un amigo que es artista y a veces toma un punto de vista con el que no me puedo poner de acuerdo. Él sostendría una flor y diría: “Mira lo bella que es”, con lo cual yo estaría de acuerdo.Y me dice: “Yo, como artista, puedo ver qué tan bella es; pero tú, como científico, la desarmas completamente en algo aburrido”. Y yo entonces pienso que él está un poco loco. Antes que nada, la belleza que él ve está disponible para otras personas y para mí también. Creo que, aunque mi gusto no sea tan refinado como el de él, puedo apreciar la belleza de una flor. Pero al miso tiempo veo mucho más de la flor de lo que él ve. Puedo ver las células en ella, las acciones complicadas, esas cosas que también tienen belleza. La estructura interna, los procesos, el hecho de que los colores de la flor evolucionan para poder atraer insectos al polen de ésta; lo cual es interesante porque significa que los insectos pueden ver el color; lo cual nos lleva, a su vez, a una interesante pregunta: ¿Acaso este sentido estético existe en formas menores? ¿Por qué sucede esto? Toda clase de preguntas interesantes en las que el conocimiento científico sólo añade a la excitación y forma de observar una flor; sólo añade, no entiendo cómo puede restar.

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Una profecía

Más bello que una cosa bella, es su ruina.

Salvador Dalí