Antología, sus pétalos

 

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En alguna parte leí que, si se conoce la etimología de una palabra, se retiene mejor el significado y es casi imposible olvidarlo. Exactamente eso fue lo que me sucedió cuando conocí el origen de la palabra antología: del griego ανθολογία, antologia, de  άνθος, ántos, «flor» y λέγιεν, légein «recoger»; de ahí que el término antología signifique «recoger flores».

El término se acuñó en Grecia, en el siglo I a.e.c., cuando Meleagro de Gadara llamó antología ―que equivaldría a «ramillete de flores» o «guirnalda de flores» a una recopilación de composiciones poéticas actualmente conocidas como epigramas; es decir, versos cortos que, con precisión y agudeza, expresan un solo pensamiento, comúnmente festivo o satírico.

En sus inicios, antología sólo se refería a recopilaciones poéticas, pero con el transcurso de los siglos llegó a convertirse ―según el DRAE―, en una «colección de piezas escogidas de literatura, música, etcétera». Y este etcétera incluye desde cuentos, canciones, frases y recetas de cocina, hasta otras más sutiles, de valor sentimental, como describe aquel poema de Pablo Neruda: «Cada uno de ellos fue una victoria / Juntos fueron para mi toda la luz / En una pequeña antología de mis dolores».

Si hoy se pueden «antologar» dolores, se debe a que la palabra antología, de significar un simple pero lindo florilegio, se convirtió en sinónimo de recopilación, selección o colección; hoy es el acto de compilar aquello digno de ser destacado. No olvidemos la frase «digno de antología».

Tomado de la revista Algarabía

La máscara de nosotros

 

Entramos a un comercio, el dependiente nos saluda amablemente y salimos de allí con lo que fuimos a buscar. Nos cruzamos en la calle con un conocido y cruzamos saludos casuales sin detener la marcha. Llegamos a casa y abrazamos a nuestras parejas y besamos a nuestros hijos o a nuestros padres y nos sentamos a comer todos juntos. Nos miramos al espejo mientras nos lavamos los dientes y una cara conocida nos mira desde el fondo de ese mismo espejo…

 

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Aunque, en sus inicios, estuvieron asociadas al culto religioso, las máscaras griegas luego formaron parte de las actividades artísticas desarrolladas con el teatro. Se usaron por primera vez por el dramaturgo Tepis, como un elemento para caracterizar a los personajes que escenificaban dramas de política, religión o de la vida cotidiana dentro de una obra. Generalmente, las máscaras utilizadas eran de naturaleza inmóvil, es decir, con una mueca fija de tragedia o risa. Así, dentro de una misma obra, los actores en escena podían interpretar varios personajes o variar sus rostros para cambiar el estado de ánimo de alguno de ellos e, incluso, demostrar el rango de un rol.

Las representaciones teatrales de la cultura griega se diferenciaron por tener tres estilos diferentes, los que influían en los tipos de máscaras. Las máscaras de la comedia soliendo ser toscas y ridículas, se construían con una sonrisa, deformando los gestos o los rasgos del personaje; en cambio, las de la sátira, eran más fantásticas y con fisonomías zoomorfas, por ser un género más divertido; mientras, que las de la tragedia, representaban diversos personajes, como jóvenes, viejos o mujeres, que una manera muy trágica o severa, sin abandonar la belleza que las caracterizaba, dándole un toque especial al espectáculo. Así que además de su capacidad de hacer resonar la voz del actor, las máscaras griegas permitían al espectador identificar a cada uno de los personajes dentro de un drama. Sin duda una buena herramienta.

 

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Si nos adentramos por un segundo en la etimología, vemos que la palabra «máscara» nos llega desde el árabe «más-hara» y ésta de «sáhara» (el burló) y de «sahir» (burlador). En suma: una ficción, una impostura, un ardid para burlar la realidad. Pero más me interesa la etimología de la palabra «persona», que proviene del latín persona, la cual no era otra cosa que la máscara que se usaba en el teatro. Somos, entonces, y en tanto personas, una máscara constante, una representación de lo que realmente somos. Y eso no está nada mal, claro que no; vivir en sociedad no significa someter a los demás a nuestros caprichos (lo que ocurriría si nos despojáramos en toda máscara, si pudiésemos hacer tal cosa, además); sino conducirnos en el límite justo entre una máscara y la otra. Lo suficiente como para que esa cara que nos mira desde el fondo del espejo no nos avergüence en ningún momento.

 

La sorprendente etimología de “miniatura”

miniatura 03Estaba escuchando un segmento de la serie de PBS “Civilizaciones” y me sorprendió escuchar a un historiador de arte mencionar de paso que la palabra “miniatura” es utilizada por profesionales para referirse a los colores utilizados en una obra de arte en lugar de su tamaño. Una página web de Oxford University Press lo explica: «Tiene sentido que esta palabra miniatura se derivaría de la palabra latina mínima, que significa la más pequeña. Solo tiene sentido, pero está mal. Miniatura es una de esas palabras extrañas que tiene una etimología que desafía la lógica. La verdad es que antes de que las cosas pequeñas fueran llamadas miniaturas, cierto tipo de pequeño retrato se llamaba de esta manera. Antes de eso, se reproducía el arte de iluminar esas hermosas letras y figuras a mano. Los libros antiguos se llamaban miniaire en italiano. Este arte de miniaire fue nombrado a su vez por el color rojo, el cual fue especialmente popular para su uso en la producción de este arte.

miniature 01El color rojo generalmente se producía mediante el uso de un tipo particular de plomo rojo y era el nombre latino de esta mina roja lo que le daba su nombre al color porque el plomo se llamaba minio. Por lo tanto, etimológicamente, la miniatura y el mínimo en realidad ni siquiera tienen una pequeña relación entre ellos.

En síntesis: La palabra miniatura, derivada del latín minium, plomo rojo, es una pequeña ilustración utilizada para decorar un manuscrito iluminado antiguo o medieval; las ilustraciones simples de los primeros códices han sido miniaturizados o delineados con ese pigmento. La escala generalmente pequeña de las imágenes medievales ha llevado en segundo lugar a una confusión etimológica del término con minucias

La etimología de los nachos

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Según el Oxford English Dictionary, los nachos llevan el nombre de una persona: Ignacio “Nacho” Anaya. A principios de 1940, “Nacho” Anaya era dueño de un restaurante conocido como El Moderno en Piedras Negras, México, al otro lado de la frontera de Eagle Pass, Texas, Estados Unidos. Alrededor de 1943 Anaya comenzó a servir un plato de totopos fritos rematados con pimientos jalapeños y queso derretido, llamándolo “plato de Nacho especial”. De allí a que al platillo se lo llamara directamente “nachos” no hubo más que un pequeño y exitoso paso.

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