Días de Infancia – José Pablo Feinmann

dias de infancia

Días de infancia es la tercera entrega de la saga de Joe Carter, ese Boogie el aceitoso cruzado con Clint Eastwood, John Wayne, Edgard Hoover y algún otro que el lector sumará a su buen gusto y entender. Porque Joe Carter es eso: la suma que Feinmann (y cualquiera de nosotros, lectores intertextualizadores, si se me permite el neologismo) quiera o querramos darle al personaje. Feinmann usa (y seamos sinceros: a veces abusa, al menos en esta tercera entrega) de sus referencias a la cultura popular norteamericana. Éste es, quizá, uno de los puntos débiles de la novela: la constante referencia al cine, al comic, a la música norteamericana de mediados de siglo XX. El problema radica en que esas citas deben tener su espacio lógico dentro de la trama general, cosa que pocas veces Feinmann logra llevar adelante con fluidez (tal vez la excepción -lógica, por otra parte- sean las referencias al comic, ya que el Joe Carter que se nos presenta aquí, tal como el título de la novela nos lo dice, es el de la infancia, donde la avidez por se tipo de lecturas es inevitable). El texto es bastante más extenso que las dos primeras novelas de este personaje: 500 páginas contra apenas 200 de Carter en New York o Carter en Vietnam, además está narrado en forma de monólogo, lo cual le permite a Feinmann extenderse a lo largo de páginas y páginas en tópicos que deberían ser tratados en forma un poco más breve. En cierto momento parece que el subconsciente del mismo Feinmann le avisa de que algo así está sucediendo (lo cual parece ocurrir un poco tarde, porque esto ocurre cerca de la página 400), ya que el mismísimo Joe Carter le dice al personaje femenino (Jennifer(: «Bueno, basta ya, me aburres con tu cultura«. El capítulo siguiente es una muestra del mejor Carter, pero después recae otra vez en algunas páginas donde las referencias se hacen algo tediosas. Quienes seguimos a Feinmann sabemos de su amor por las viejas películas americanas y por su fascinación con Sinatra o con Mandrake el mago; pero como ya lo dije antes: si esas referencias no se introducen de un modo fluido, se vuelven pesadas, hacen más lenta la lectura y se corre el riesgo de caer en lo inverosímil (algo de eso ocurre cuando Jennifer le habla de filosofía a Joe, un chico casi analfabeto y tosco como una roca). La novela se mueve por carriles previsibles y lógicos, con una violencia constante pero menos explícita que en Carter en New York, por ejemplo; salvo algunos momentos que tornan a estas páginas en una gloriosa oda al salvajismo. Porque, vamos, hay que ser sinceros, eso es lo que estamos buscando, en definitiva. Violencia y violencia a lo Carter: injustificada (desde nuestro punto de vista, el de los mugrientos latinos), cínica, divertida, lenta, dolorosa, cruel, satisfactoria. Pero está bien, Días de infancia no es lo mismo que las dos primeras novelas de Carter, es el compendio y la síntesis de su infancia y su justificación en tanto ser (caramba, qué poder tiene José Pablo que ya estoy escribiendo como él). Días de infancia es una buena novela de entretenimiento, aunque no del todo pasatista o vacía de cierto contenido extra. Lógicamente, ésta no es La sombra de Heidegger ni La crítica de las armas, ni pretende serlo, pero alguna substancia podemos aprovechar entre tanto homenaje y decorado hollywoodense.

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Un hombre es… Parte III

Ahora, el pensamiento filosófico es deseable que sea autónomo. Y no solo el pensamiento filosófico… el suyo también, el mío también. En general, es conveniente, es recomendable que nuestro pensamiento sea autónomo, es decir, que sea nuestro, que no seamos pensados por el sistema (por darle este nombre, así, en general a la cosa). Digamos, hay un enorme sistema que nos piensa, que piensa todo por nosotros, entonces nos ahorra la terrible tarea de pensar. A esto, Heidegger lo llama «vivir en estado de interpretado». Casi toda la gente de este mundo vive en «estado de interpretado». Les voy a dar un ejemplo de «estado de interpretado»: La «ideología Taxi». Generalmente uno sube al taxi y el taxista argentino tiene una característica muy peculiar, que es que uno sube y él le empieza a hablar (ésto es muy muy argentino) pero le empieza a hablar de lo que escucha por la radio, entonces a penas dice dos palabras uno ya sabe que radio escucha. Entonces uno puede decirle: «Mire, no siga hablando porque yo se que usted me va a decir esto, esto, esto y esto. ¡Ah!, dice el taxista, ¿cómo lo sabía?… Y, lo sé porque eso es lo que dicen en la radio que usted escucha, entonces usted no está diciendo sus ideas, está diciendo las ideas de la radio que escucha. Usted no está hablando, está siendo hablado. Usted no está pensando, está siendo pensado. Usted vive en «estado de interpretado». Sus ideas no son suyas. Lo que usted dice no le pertenece.
Entonces, esta cuestión de vivir en «estado de interpretado», Heidegger la va a llamar: «La existencia inauténtica». La existencia inauténtica es ante todo aquella que es incapaz de dar cara a la finitud del hombre. La existencia inauténtica es aquella que vive en exterioridad. Vamos a dar dos, tres elementos de la existencia inauténtica: la avidez de novedades, por ejemplo, la gente vive devorada por la avidez de novedades, es decir, salta de una cosa a la otra… Qué hay de nuevo en literatura, qué hay de nuevo en ropa… por eso, digamos, la moda es un ejemplo total de la avidez de novedades, cambia constantemente, justamente para posibilitar y promover el consumo. La avidez de novedades. Después está también lo que hay que leer, lo que hay que ver, etc, etc. Todo esto tiene que ver con la existencia inauténtica. Es decir, son sujetos sujetados por el poder.

Extracto del programa de T.V: Filosofía aquí y ahora, del filósofo José Pablo Feinmann.

Ésta es la síntesis de lo que expuse ayer a modo de ejemplo y de lo cual internet está desbordada. Separé los posts debido a que uno de ellos era más abstracto (esas palabras que están más arriba), mientras que el otro, el de ayer era un poco más liviano. El tema, tratado filosóficamente,  no es sencillo (y eso que no transcribí la parte correspondiente al libro del mismo autor La filosofía y el barro de la historia), y la parte transcripta fue la más adecuada que encontré para un post de estas características.

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