Recuperando el andar

Morelia (1)

Desde hace dos días he recuperado una buena costumbre que, por circunstancias diversas había dejado de practicar: el simple acto de caminar, de caminar sin rumbo ni meta fija, dejándome ir por donde mis pasos quisieran llevarme, ir por una calle cualquiera y volver por otra. Perderme. Preguntar para dónde queda «el centro», pero haciéndolo de manera general, sólo para que señalaran y dijeran «hacia allá», nada más que eso, nada de direcciones exactas, cosa de perderme otra vez si era necesario. También he notado que ese deambular (jugar a ser aquel viejo flanneur del que hablé alguna vez) me es absolutamente necesario y que produce cambios notables en mí, y que había olvidado cuánta falta me hacían. Morelia, además, es una ciudad preciosa y caminar por sus calles es un placer añadido; cada calle, cada esquina, tiene su particular encanto y sus propios colores, sus ritmos que cambian de una a otra aunque estén a cien metros de distancia. Sus avenidas, sus edificios de piedra rosa, sus patios interiores, sus innumerables plazas, su gente, todo invita a andar y andar y andar sin querer detenerse. Por último, por diversas razones que no vienen al caso detallar, este deambular de estos últimos dos días me saben a despedida; aún a mi pesar. Creo que pronto volveré a otro deambular, uno que requiere pasos más largos y más constantes. Cuando comencé a viajar dije que dejaría mucho o todo librado al azar, y el azar manda. Será cuestión, entonces, de comenzar a andar.

Algunas fotos de Morelia. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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