La plácida isla, el océano infinito.

europa después de la lluvia max ernst

Max Ernst, Europa después de la lluvia (1940-42)

“Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de los oscuros océanos del infinito”

P. Lovecraft

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No iba a escribir sobre lo ocurrido en París en el día de ayer, supongo que todos estamos bajo el mismo estado de estupor y desorientación que estos hechos producen; pero ante un mensaje que recibí a la diez de la noche, encendí la TV para ver qué era lo que estaba ocurriendo y eso me hizo cambiar de opinión al respecto; así que aquí estoy, dispuesto a hablar tangencialmente de lo que vi y de lo que pienso sobre lo ocurrido en la capital francesa. Como dije, lo que me hizo cambiar de parecer fue lo que vi en la TV y lo que vi no fue un programa informativo sobre los atentados, sino que fue un informe sobre grupos islámicos extremistas en Siria quienes contando con el apoyo de Rusia atacaban la capital de ese país. Las imágenes mostraban, claro está, lo mismo que decía el locutor (obsérvese que los noticieros actuales usan al locutor como alguien que describe lo que muestra la imagen, es decir, su función es la de reforzar lo que se está viendo, impidiendo de este modo cualquier pensamiento crítico por parte del televidente); es decir: vehículos y armas de procedencia rusa manejados por hombres encapuchados que disparaban vaya uno a saber a qué o a quién, porque las imágenes sólo los mostraban a ellos. De inmediato me dije “esto no es información, esto es propaganda”. Y recordé eso que escribí hace muy pocos días, el pasado cuatro de este mes, cuando se le otorgó el Nóbel de literatura a Svetlana Alexievich: “[Alexievich] fue premiada porque critica a Rusia y eso es todo”. ¿Casualidad o causalidad? Vaya uno a saber. Y antes de que me acusen de andar creyendo en teorías conspirativas o cosas por el estilo, paso a aclarar lo que pienso personalmente de todo esto.

Para empezar, sintetizo mi postura: Nunca vamos a saber qué es lo que realmente ocurrió. Y ahora me explico. Hace más de ciento treinta años Friedrich Nietzsche nos enseñó que no existe algo como la verdad per se, sino que ésta es una construcción de los sistemas de poder. Hoy, como todos sabemos, el poder pasa por los grandes o medianos imperios; el mayor de todos, Estados Unidos, seguido por Rusia, Israel, Inglaterra, China, Alemania.  Ellos son quienes crean la verdad en este momento histórico. Pensemos, por ejemplo, en el ataque a las Torres Gemelas, el cual fue la gran excusa para la invasión norteamericana a Irak ¿Cuántos terroristas irakíes formaron parte del grupo atacante? Ninguno, la mayoría eran árabes y el resto, egipcios. ¿Qué lazos unían a Osama Bin Laden con Sadam Husein? Ninguno, de hecho, eran enemigos ¿Entonces cómo es que todo el mundo relaciona a Irak con los atentados a esos edificios y a Osama Bin Laden? Tal vez sea porque una mentira repetida mil veces hace una verdad (frase de Josep Goebbels, ministro de propaganda alemán durante la segunda guerra mundial).

Un buen ejercicio intelectual cuando ocurren hechos, como el que estamos tratando, es preguntarse: ¿A quién beneficia todo esto? En este caso los beneficiados directos son, precisamente, los verdaderos países terroristas de este momento histórico: Estados Unidos e Israel (quienes tienen ahora la excusa perfecta para invadir Siria, lo cual quieren hacer desde hace tiempo) y Europa en general, con Alemania a la cabeza. Fíjense lo que va a ocurrir: en los próximos días todos estarán hablando del tema (no podrán obviarlo, los medios  se encargarán de meterlo hasta en el café del desayuno), nos reventarán las pantallas de Facebook y Twitter con cintitas negras, mensajes de condolencias y cruces varios de noticias y opiniones y, mientras todo esto ocurre, quedarán en el olvido la foto del niño ahogado en las costas de Turquía o las constantes migraciones de refugiados hacia Europa, migraciones que aún ocurren en este mismo momento pero que los medios se encargan de no mostrar (creando, así, una nueva verdad: las migraciones terminaron con aquel niño ahogado).

Digamos que tal vez fueron unos dementes musulmanes, o que tal vez haya un movimiento geopolítico detrás de estos ataques; es posible que, tal vez, haya sido la avanzada de una civilización extraterrestre dispuesta a invadirnos, no lo sé y nunca lo sabremos; porque la verdad no existe, la verdad es una construcción del poder; y el poder, claro está, no quiere que sepamos lo que hace.

Todas las mañanas

todas las mañanas del mundo

Hace algunos años, cuando el VHS era novedad, trabajé en un videoclub. El propietario que viésemos las novedades del mes, para así poder recomendar con más acierto a los clientes; pero en seguida me cansé de tal costumbre. La razón fue que gran parte de las llamadas novedades eran malas películas de acción, sobre todo de esas a las que llamo de chinitos voladores. Ustedes ya saben de qué hablo: el héroe en cuestión derriba sólo con sus puños y pies a todo un ejército de maleantes hasta que, al final, se enfrenta a otro como él pero más grande, más malo, más feo, más fuerte… y lo vence tras varios minutos de cruenta batalla donde todo a su alrededor termina destrozado. Bien, paso de ello, aunque alguna película buena hay, obviamente.

El punto es que en aquel lugar me dediqué a ver todo el cine europeo que pude, y allí tomé contacto con una película francesa llamada Tous les matins du monde, es decir, Todas las mañanas del mundo. Lenta, delicada, cuidada hasta el menor detalle, Todas las mañanas… cuenta la historia de Marin Marais y su relación con su maestro, Monsieur de Sainte-Colombe y es el reverso exacto de ese cine pochoclero del que hablé al principio.

El encuadre de cada fotograma recrea la pintura del siglo XVIII. más abajo les dejaré algunas capturas (me disculpo de antemano por la calidad de algunos de ellos, se hace lo que se puede).

Lo reconozco: me enamoré de esta película y, como nadie la alquilaba («es muy lenta» era el argumento más usado para no llevarla), la compré y pasó a formar parte de mi videoteca de entonces. De poco me valió, en algún momento, durante los seis años que viví en EE.UU. alguna mano mágica la hizo desaparecer junto a varias cosas más. Cuando regresé, los videoclubes ya alquilaban el formato DVD, lo cual hizo mucho más difícil encontrar películas como Todas las mañanas… y similares. También la busqué en la red, pero nada. por un momento tuve la sensación de haber pasado a un universo paralelo; no solo no encontraba la película, tampoco encontraba a nadie que la hubiera visto (de esto último me salvó un sobrino, a quien se la había prestado y quien también quedó prendado de ella). Hasta que cierto día (¡Loado sea el Señor de la Red!) alguien, un buen samaritano, un amigo del alma (esos que pululan por el mundo pero que no conocemos físicamente), un compañero de aventuras neuronales (y que se llama Hernán Sandoval), la subió completita y subtitulada a Youtube.

Por supuesto, tardé en descargarla lo que tarda el programa en hacerlo y, por una hora y cincuenta minutos fui el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra, en compañía del eterno Gerard Depardieu, la exquisita Anne Brochet y el increíble Jean-Pierre Marielle. Éste último logra una actuación que roza la perfección. ¿Cómo logra decir tanto con tan poco? Un personaje casi inmóvil a lo largo de toda la película nos transmite cada sensación a través, tan solo, de unos precisos gestos faciales.

Y después le dan el Oscar a cualquier salame cuya única virtud es la de haber participado en una mega-superproducción. Pero eso sí: de Hollywood.