El cansancio de lo superfluo

 

Alejandro Magno

 

«Es concebible que Alejandro Magno —por todos los éxitos militares de su juventud, por toda la excelencia del ejército que entrenó, por todo el deseo que sintió de cambiar el mundo—, se hubiera detenido en el Helesponto y nunca lo cruzara; pero no por miedo, no por indecisión, no por debilidad de voluntad, sino por sentir las piernas demasiado pesadas».

Franz Kafka

Lo bello de leer a Kafka en fragmentos como el anterior es que nos dice todo con tan pocas palabras que uno siente, primero, que no aprenderá a escribir nunca. Segundo, luego de limpiarse un poco esa desazón primera, ya se adentra en el texto en sí y se deja guiar por las palabras perfectamente acotadas de Kafka y reconoce o, mejor aún, siente, que probablemente tenía toda la razón. Uno siente la futilidad de la obra de Alejandro, el sinsentido de la búsqueda del poder absoluto, lo trivial de querer ser el emperador más grande de la historia. Uno siente, también, que Kafka aquí se hermana con Diógenes y que esas piernas pesadas son el equivalente al «Hazte a un lado, que estás tapándome el sol».

Por cierto, si alguno quiere argumentar que Alejandro quedó en la historia precisamente gracias a su obra; me apresuro a decir que Diógenes también quedó en la historia (y mucho más que Alejandro, si vamos al caso. Hay que ver cuánto se lo cita a cada uno, por ejemplo) y lo hizo sin la necesidad de matar a nadie ni de arrasar territorios a diestra y siniestra. Tan sólo necesitó un par de frases y, sobre todo, mucha coherencia. A cada cual, sus armas.

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El poder de los cuervos

 

cuervos

 

A los cuervos les gusta insistir en que un solo cuervo es suficiente para destruir el cielo. Esto es indudablemente cierto, pero no dice nada sobre el cielo, porque el cielo es solo otra forma de decir: la imposibilidad de los cuervos.

Franz Kafka

Franz Kafka sobre Picasso

Conversaciones con KafkaDel estupendo Conversaciones con Kafka, de Gustav Janouch (amigo personal del escritor checo y compañero de muchas tardes de paseos y charlas varias), extraigo este fragmento:

«Asistí con Kafka a una muestra de pintores franceses en la sala de exposiciones del Graben. En ella había cuadros de Picasso: bodegones cubistas y mujeres de color rosa con unos pies enormes.
—Es un deliberado deformador —opiné yo.
—No lo creo —dijo Kafka—. Picasso únicamente registra las deformaciones que todavía no han penetrado en nuestra conciencia. El arte es un espejo que «adelanta» como un reloj… a veces».

 

Si bien Kafka parece hablar de la imposibilidad de comprender a las nuevas formas artísticas (al menos hasta que nos acostumbramos a ellas o aprendemos el significado o la intencionalidad discursiva del artista), no puedo menos que ver en esas palabras también una prefiguración de la muerte. El artista, parece decir Kafka (y esta es una lectura totalmente personal que hago de sus palabras) se adelanta a todos los tiempos y esa deformidad que se nos muestra en la tela no es otra cosa que nuestro futuro inevitable. El arte nos habla del ahora, pero también de nuestra eternidad, sea ésta lo que vaya a ser en ese tiempo indefinido.

La otra mitad

Mucho se ha hablado y escrito sobre la importancia de las madres en la vida de las personas en general y de los artistas en particular. Todos conocemos una amplia variedad de poemas y canciones que las tienen como objeto directo de una visión beatífica, impoluta, incorruptible. Poco se ha hablado, en cambio, de la injerencia de los padres a este respecto; sin embargo, he encontrado que la presencia ─pero por sobre todo, la ausencia─ de éstos es un signo de importancia capital en la vida de muchos autores. Tal vez el más famoso ejemplo sea el de Franz Kafka; quien en su Carta al padre comienza:

“Querido padre:
Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe qué contestar, en parte por ese miedo que me provocas, y en parte porque son demasiados los detalles que lo fundamentan, muchos más de los que podría expresar cuando hablo”.

Manuel_del_Cabral

Otro ejemplo, menos conocido, es el de Manuel del Cabral; poeta dominicano que escribiría en su poema Carta a mi padre:

¿Qué más quieres de mí? ¿Qué otras cosas mejores?
Padre mío,
lo que me diste en carne te lo devuelvo en flores.

Estas cosas, comprende, ya no puedo callarte.
Yo, como el alfarero con su arcilla en la mano,
lo que me diste en barro te lo devuelvo en arte.
[…]
Qué más quieres, no pudo
hacerse licenciado mi corazón desnudo.
Era mucho pedirle, padre mío, ¡no sabes
lo grave que es a veces
un hombre que en el pecho le entierran viva un ave!

elias canetti

Un caso paradigmático puede ser el de Elías Canetti; En 1912, cuando tenía siete años, murió de manera fulminante su padre, que no había llegado a los 31. Acababa de visitar a sus pequeños hijos en su habitación, y había bromeado con el menor. Luego bajó a desayunar. Al rato se escucharon unos gritos espantosos, y Canetti quiso saber qué pasaba. “Ante la puerta abierta del comedor, vi a mi padre tirado en el suelo“, quien contó en la primera parte de su autobiografía, La lengua absuelta:
En esas páginas confesó que, desde ese momento, la muerte de su padre se convirtió “en el centro de todos y cada uno de los mundos por los que iba pasando“. Y se refirió a otro episodio que tuvo también que marcarlo de manera drástica. Tuvo en los meses siguientes al terrible episodio que dormir en la cama de su madre, que no dejaba de llorar. “No podía consolarla, era inconsolable. Pero cuando se levantaba para acercarse a la ventana yo saltaba de la cama y me ponía a su lado. La rodeaba con mis brazos y no la soltaba. No hablábamos, estas escenas no se desarrollaban con palabras. Yo la sujetaba muy fuerte, y si se hubiera tirado por la ventana habría tenido que arrastrarme con ella“.

Podrían sumarse los nombres de Horacio Quiroga y Juan Rulfo; pero creo que éstos casos merecen un lugar aparte, debido a la tragedia mucho mayor que signó la vida de estos dos escritores (no sólo se vieron afectados por la muerte de su padre, sino que también sufrieron la muerte de hermanos, esposas, amigos, padrastros).

¿Cuántas páginas se habrán escrito a la sombra de padres perdidos, de ausencias que marcaron a fuego los dolores de hombres que por estar situados en una época en donde precisamente por ser hombres no podían hablar de ello de manera clara y directa? ¿Cuántas historias, metáforas, elipsis habremos leído sin saber que hacían referencia a esa figura entrañable que general e injustamente se muestra como ejemplo despótico o cruel pero que muchas veces es el eje central de nuestras vidas?

Kafka. Diarios y dibujos

Franz Kafka, además de los típicos datos y observaciones que habitualmente suelen incluirse en los diarios y donde también escribió las historias que luego fueron publicadas y recibidas como parte de ese canon occidental que no lo reconoció en vida, dejó una parte importante de una afición que le desagradaba mostrar, más aun, que los fragmentos que iba escribiendo: sus dibujos; los que reflejan casi la misma angustia que sus escritos. Algunos de ellos han hecho su camino hacia las portadas de sus libros, pero otros han sido olvidados como parte de la obra del autor, que acaso tiene que verse completa y en el contexto de la Praga que habitó, esa de la que dijo que nunca lo dejaba ir, “esa querida pequeña madre, con garras afiladas”.

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el pensador .

 El pensador

“Progresivamente, intentaré agrupar lo que hay en mí de indudable, luego lo creíble, luego lo posible, etc. Es indudable mi avidez por los libros. No tanto por poseerlos o leerlos como por verlos, por convencerme de su permanente existencia en los estantes de una librería. Si en alguna parte hay varios ejemplares del mismo libro, cada uno de ellos me alegra. Es como si dicha avidez partiese del estómago, como si fuese un apetito descaminado. Los libros que yo poseo me dan menos gusto; en cambio me alegran ya los libros de mis hermanas. El deseo de poseerlos es incomparablemente menor, casi inexistente.” (Diarios)

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“Esta tarde, mientras estaba acostado en la cama, alguien hizo girar rápidamente una llave en la cerradura; durante un instante tuve cerraduras por todo el cuerpo, como en un baile de disfraz; aquí y allá, con breves intervalos, abrían o cerraban una de las cerraduras”. (Diarios)

Gustav Janouch describió en su libro Conversaciones con Kafka, que cuando alguna vez sorprendió al escritor a medio garabato, Kafka inmediatamente lo destruiría en pedacitos para que nunca nadie pudiera ver su trabajo, con un obvio resultado de sorpresa en su interlocutor las veces que ocurrió. La explicación lo hace una actitud más razonable:

«Estos dibujos son los remanentes de una pasión vieja y enraizada. Por eso trato de esconderlos de ti… No está en el papel; la pasión está en mí. Siempre quise aprender a dibujar. Quería ver y poder aprehender lo que había visto.»

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