Nunca nadie.

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Se oían pasar los automóviles por la ruta que se encontraba a unos sesenta metros de la casa donde pasábamos esos días en la espera de no sabía muy bien qué (algo así como una respuesta o una decisión de ella con respecto a algo). Ella dormía a mi lado y las luces de los autos, al pasar, iluminaban la habitación durante unos pocos segundos, los cuales yo aprovechaba para verla dormir. Lo hacía casi como una niña, con una mano sobre la cara, los dedos índice y mayor sobre el puente de la nariz y el resto abierto como un abanico sobre sus mejillas. Nos habíamos dejado el uno al otro tres o cuatro veces, pero siempre volvíamos a estar juntos apenas dos días después. Ella me había mentido desde el principio y casi desde el principio yo lo noté; sin embargo no me importó en lo más mínimo. Ella no entendía cuando yo quería protegerla y yo no entendía cuando ella elegía y defendía a quienes la dañaban y criticaba duramente a quienes la querían. Todo era demasiado extraño; demasiado retorcido, demasiado imperfecto. Excepto su piel; sus labios; sus pechos; su sexo. Excepto ella y yo en esa cama o en el asiento trasero de la camioneta o en el motel de la vieja Edith. Fue una tarde cualquiera cuando tomamos conciencia de nuestra dualidad imperfecta e insoslayable: mientras sobre la almohada nuestras cabezas discutían y lloraban por turnos y se contradecían una y otra vez, nuestras piernas fueron anudándose de la manera más sutil y complicada que pueda pensarse. Nuestros brazos buscaron nuestras caderas con la plasticidad de serpientes experimentadas y, cuando al final nos dimos cuenta de lo que sucedía no pudimos menos que reír abiertamente y aprovechar la circunstancia para dejarnos ir y volver a besarnos como un principio inevitable y a volver a entregarnos al más primitivo de los placeres de esa misma inevitable manera. Ambos sabíamos que al día siguiente íbamos a lastimarnos. Ambos sabíamos que ella iba a mentirme y que yo iba a hacerme el tonto; que yo iba a decir algo inapropiado y que ella iba a criticarme por eso que yo había dicho y por otras cosas que podrían haber sucedido o no. Era una relación enferma, eso es seguro; pero aun así y a pesar de todo eso yo sentía que nadie antes tuvo nunca esa piel, esos labios, esos pechos, ese sexo; y creo que nunca nadie los tendría.

George Eastlake, A veces las abejas mueren en el aire.