Son así, de veras.

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—Hay una tarjeta postal de tu madre. Están cerca de Malta, en un lugar llamado Gozo.
—Dámela —Maitland palpó la tarjeta con las manos—. Gozo… la isla de Calipso.
Retuvo allí a Ulises durante siete años y le prometió juventud eterna si se quedaba con ella para siempre.
—No me sorprende —Judith se inclinó mirando la tarjeta—. Si tuviéramos tiempo tú y yo deberíamos ir allí a pasar unas vacaciones. Mares oscuros como el vino, un cielo paradisíaco, rocas azules. Felicidad.
—¿Azules?
—Sí. Un defecto de impresión, sin duda. No pueden ser así.
—Son así, de veras.
Todavía con la tarjeta en la mano, Maitland salió al jardín, guiándose por la baranda de cuerda. Mientras se acomodaba en la silla de ruedas pensó que había otras correspondencias en las artes gráficas. Las mismas rocas azules y las mismas grutas espectrales podían verse en La Virgen de las rocas, una de las pinturas más peculiares y más enigmáticas de Leonardo. La madona sentada en un arrecife desnudo, junto al agua, bajo el oscuro alero de la boca de la caverna, era como el espíritu soberano de algún encantado reino marino, aguardando a los que llegaban a las costas rocosas de ese extremo del mundo. Como en tantos de los cuadros de Leonardo, todas las ansias y terrores característicos se encontraban en el fondo. Allí, a través de un pasaje entre las rocas, se veían los acantilados azules que Maitland había vislumbrado en aquella visión.

J. G. Ballard. La Gioconda del mediodía crepuscular (fragmento).

Cuadro: La virgen de las rocas. (1483 – 1486) Leonardo Da Vinci.